
Irresistible Adicción
Anna Alvarez · En curso · 93.5k Palabras
Introducción
Tras un divorcio que la dejó de pie, pero con el orgullo herido, ella ha aprendido que la vida no se detiene. Enfocada en reinventarse profesionalmente como organizadora de eventos y madre de una adolescente de dieciséis años; el romance no entra en sus planes. Menos aún si viene de la mano de un imponente hombre acostumbrado al control absoluto y a un mundo de lujos impecables.
El magnetismo entre ambos es inmediato, desatando un juego de seducción que desafía las inseguridades lógicas de una mujer real y el vertiginoso ritmo de vida de un millonario. Entre el caos de un nuevo comienzo y la intensidad de un deseo inesperado, ella tendrá que decidir si está lista para romper sus propias reglas y descubrir que las mariposas en el estómago se sienten igual a cualquier edad, o si son cosas de la adolescencia.
Nunca es tarde para un amor apasionado.
Capítulo 1
—Violet, el proveedor de las flores colocó las orquídeas blancas en el ala oeste en lugar de las principales —Georgina, mi asistente habla por el intercomunicador.
—Voy para allá. Que nadie toque los arreglos hasta que yo llegue —respondo de inmediato, ajustando el auricular inalámbrico mientras acelero el paso por los pasillos laterales del gran salón, luchando por no caerme sobre mi culo.
A mis cuarenta y dos años, he aprendido que en el negocio de la organización de eventos el pánico es el peor enemigo. Eso y lidiar conmigo misma. Tengo los pies hinchados dentro de unos tacones que empiezan a pasar factura, el estrés al límite y una faja implacable que me recuerda en cada respiración profunda que las curvas reales requieren cierto sacrificio. Sin embargo, no me detengo a quejarme porque me estoy jugando el prestigio de mi pequeña y nueva empresa en esta gala de alta sociedad; la oportunidad perfecta para demostrarle a mi exmarido que mi emprendimiento no era el "chiste" que él siempre aseguró.
Tropiezo un poco con mis tacones y maldigo entre dientes mientras cruzo el vestíbulo hacia el ala oeste; el teléfono en mi bolsillo vibra de forma insistente. Al sacarlo, una mueca de fastidio se dibuja en mi rostro al ver los mensajes en la pantalla. El primero, de mi ex: «Espero que tu fiestita no fracase porque no pienso cubrir los gastos este mes». Es un tema que debemos discutir. El segundo mensaje es precisamente de mi hija Bárbara, o Barbie como le gusta que la llamen. Acaba de cumplir dieciséis y está empezando el segundo de preparatoria: «Mamá, necesito dinero. Por cierto, no me despiertes cuando llegues».
«Tan dulce mi retoño».
Resoplo, guardo el dispositivo y respiro hondo. Facturas por pagar, una adolescente en plena rebeldía y un fantasma del pasado intentando verme caer. Ese era mi día a día, pero esta noche no iba a permitir que nada arruinara mi trabajo.
Resuelvo el problema de las orquídeas en tiempo récord, reubico al personal de servicio y me aseguro de que el catering de etiqueta esté impecable. Una vez que las puertas principales se abren y los invitados de la élite empresarial comienzan a inundar el salón, me permito dar un paso atrás, refugiándome cerca de una de las columnas de mármol para supervisar el ambiente desde la penumbra. Todo luce perfecto, sofisticado e impecable.
Entonces un hombre entra al salón, flanqueado por lo que parecen ser dos socios de negocios. No lleva un cartel que diga quién es, ni yo tengo idea de su nombre. Pero su sola presencia exige atención de una manera casi magnética. Viste un traje de sastre gris oscuro que acentúa un porte alto y atlético, y se mueve con una seguridad tan aplastante que resulta intimidante. Es, sin duda, el invitado más imponente de la noche.
A mitad del salón, mientras sus acompañantes le hablan, el desconocido se detiene. Como si hubiera sentido mi mirada, y gira la cabeza lentamente hacia la zona oscura donde yo me escondo para manejar todo. Nuestros ojos se cruzan a la distancia y puedo ver cómo sus cejas se contraen sutilmente. Su mirada, fija, intensa y peligrosamente cautivante, barre mi figura sin prisa, deteniéndose en mis curvas con una fijeza que me hace contener el aliento. En un salón lleno de vestidos de diseñador y mujeres jóvenes de pasarela, aquel hombre clava sus ojos en mí.
Entonces, el aire parece desvanecerse del lugar; mi cuerpo se revela de una manera inesperada. El calor sube por mis mejillas y mi pulso se acelera hasta poder escucharlo en mis oídos. Es una reacción que antes no había sentido por nada ni por nadie y por un segundo me pregunto si no estoy atravesando un bochorno menopaúsico ahora mismo.
«¡No, chica! ¿Cómo crees? ¿Menopausia? Si somos unos fetos aún». Mi conciencia increpa como si fuera un ente que solo llega para joderme la existencia. Niego y me concentro en mi trabajo, ignorando el hormigueo que me produce la mirada intrigante del hombre.
La velada se desarrolla con tranquilidad mientras me mantengo al margen de la misma, moviéndome por las esquinas del salón cuando es requerido y supervisando que nadie tenga las manos y copas vacías. Estoy parada junto a las puertas vaivén de la cocina cuando una figura se detiene frente a mí.
El hombre de mirada intrigante.
Se detiene a un paso de mí, invadiendo mi espacio con una fragancia a sándalo y madera que me obliga a enderezar la espalda contra la pared. De cerca es todavía más alto, y esa seguridad suya es casi asfixiante. Me mira de arriba abajo con total descaro, deteniéndose en mis curvas antes de clavar esos ojos azul grisáceo en los míos.
—¿Te dolió? —pregunta con su voz profunda, una vibración baja que me toma por sorpresa.
Parpadeo, completamente descolocada. «¿En serio un hombre vestido con un traje que cuesta más que mi auto va a usar esa frase barata conmigo?»
—¿Disculpe? —respondo, arqueando una ceja y cruzando los brazos, lo que sospecho que solo hace resaltar más mi escote.
—El tropezón —aclara él, y una sonrisa de medio lado, muy sutil pero cargada de picardía, aparece en su rostro—. Te vi casi correr hacia el ala oeste hace un rato. Juraría que ibas maldiciendo a alguien internamente con una intensidad que casi incendia la alfombra. Sentí curiosidad por ver si habías sobrevivido al desastre.
Un calor repentino me sube por el cuello. «Así que me había estado observando desde antes».
—Sobreviví, gracias por la preocupación —respondo, forzando mi mejor tono profesional de organizadora de eventos—. Solo era un problema con los arreglos florales. Como ve, todo está bajo control, ¿señor...?
Dejo la pregunta en el aire para que se identifique, pero él solo ensancha su sonrisa, divertido por mi falta de sumisión. En estas fiestas, las mujeres suelen tirársele encima a hombres como él; yo solo quiero que se mueva para poder revisar si falta algo en el buffet.
—Theron —suelta, dándome solo su nombre de pila, sin apellidos ni parafernalia—. Solo Theron. ¿Y tú eres...?
—Violet —digo, manteniendo las distancias—. Y si me disculpas, Theron, tengo un evento que supervisar. Los invitados deberían estar en la zona del bar principal, no acorralando al personal contra las columnas.
En lugar de ofenderse, el hombre suelta una carcajada corta y seca que me eriza la piel. Da medio paso más hacia mí, acortando la poca distancia que nos queda.
—Créeme, Violet, el bar no tiene absolutamente nada interesante esta noche —susurra, inclinándose un poco, solo lo suficiente para que sienta su calor.
—Theron, cielo —escuchamos entonces. —¿Qué haces aquí con la servidumbre? —Arqueo la ceja y me trago las ganas de decirle algo a la mujer exuberante que aparece y clava sus ojos verdes sobre mí y juraría ver el asco en los mismos.
«Oh no, dile algo a la perra». Me susurra la conciencia, pero la ignoro como de costumbre y, poniendo mi mejor sonrisa, asiento.
—Si me disculpa, tengo trabajo que hacer. —Con eso paso a su lado y me alejo de ellos, no sin escuchar cómo él murmura algo en tono frío y la respuesta quejumbrosa de la mujer.
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Nunca esperé que lo único de lo que no sabía nada fuera lo mismo que me abriera un mundo increíble y completamente nuevo.











