Capítulo 2 Capítulo 2: Espejos rotos.
Carol anudó la bolsa de basura con un bufido. Los encargados de la limpieza se llevarían un buen sermón; ella era la jefa de barra, no la cenicienta del club. Abrió la puerta trasera, lanzó la carga apestosa al contenedor.
Estaba lista para volver al club, cuando un ruido la detuvo.
Algo se movió tras el metal del contenedor. Una sombra demasiado grande para ser un animal.
Exhaló cansada… entró y salió del edificio, ahora con un balde de agua en manos. Nada espantaba mejor a los vagos y borrachos que un buen baño de agua fría.
Se acercó sigilosa, levantó el balde lista para lanzarlo y... se congeló.
—¿Brooke?
La joven apenas era reconocible con la escasa luz. Estaba acurrucada, temblando con violencia. No se veía frágil, sino… peligrosa. En su mano derecha apretaba el cuello de una botella rota, lista para atacar a cualquiera que se le acercara.
—Brooke, soy yo. ¿Qué te pasa?
Reconociendo la voz de Carol, Brooke despertó de su trance, soltando la botella. El cristal golpeó el pavimento, rompiéndose en mil pedazos que ella no pareció notar.
—Carol... él... murió.
Carol acortó la distancia, notando por primera vez las manchas oscuras que empapaban el suéter de la chica.
—¿Quién murió? — Temía escuchar su respuesta.
—Gabriel.
A lo lejos, el aullido de las sirenas se hizo más nítido, rebotando en las paredes del callejón. Carol no necesitó preguntar más. Agarró a Brooke por la muñeca y la arrastró hacia el interior del edificio.
Esquivando a los empleados, hasta llegar al sótano.
—Este almacén está olvidado. Nadie bajará aquí —susurró Carol, revisando que el pasillo estuviera despejado—. No hagas ruido. No enciendas luces. Mañana temprano vendré por ti y me contarás todo.
Brooke asintió con la mirada perdida. Antes de que Carol cerrara la puerta, un débil "gracias" escapó de sus labios.
Sola en la penumbra, Brooke sintió que las paredes se le echaban encima.
¿Le creería la policía? Imposible. En el pasado, la justicia le había dado la espalda y no pensaba permitir que los mismos barrotes se cerraran sobre ella otra vez.
— ¡Gabriel!, ¿en qué te metiste? — exclamo, para inmediatamente cubrirse la boca al recordar que no debía ser escuchada.
La sangre seca en sus manos empezó a picarle, recordándole escenas que había pasado años intentando borrar. Con un arranque de asco, se despojó de la ropa ensangrentada. Usó su única botella de agua para limpiarse, desesperada por quitarse la sangre de encima.
Fue entonces cuando un reflejo la atrapó.
En una esquina del almacén, un viejo espejo apoyado contra la pared le devolvió la mirada. Brooke se acercó a paso firme, encarando su propia imagen.
«Que patética te ves… ¿No podías dejarme tranquila ni siquiera ahora?» Brooke se acercó, encarando su propia imagen.
Odiaba la cara de esa persona más que a nadie. Sino fuera por ella su vida sería diferente. Tal vez no estaría aquí, tal vez nunca hubiera conocido a Gabriel, y tal vez él aún seguiría vivo.
Sostuvo el espejo con manos temblorosas. Se vio una última vez antes de estrellarlo contra el muro. Rompiendo la imagen que tanto despreciaba.
Prefería ser encontrada en lugar de ver ese rostro. El rostro de la persona que le robó el futuro.
—Te odio... hermana —susurró acurrucándose en el suelo frío.
Era casi mediodía cuando los golpes en la puerta sacudieron el almacén. Brooke se escondió tras unas cajas de madera, con el corazón martilleando contra sus costillas, hasta que la silueta de Carol cruzó el umbral.
—Dijiste que vendrías por la mañana.
—El jefe decidió hacer inventario. Mala suerte. Pero traje comida—Carol levantó una bolsa y Brooke se la arrebató.
—Te veo mejor —comentó observando a Brooke devorar unas frituras.
Brooke no respondió. Le ardían los ojos de tanto llorar a Gabriel y le estallaba la cabeza al haber recordado a su hermana. Carol recorrió el lugar, esquivando los vidrios del espejo roto hasta llegar a la ropa ensangrentada en el rincón. La movió con la punta del zapato, confirmando la sangre presente en esta.
Cuando la bolsa de comida quedó vacía, Carol sacó un periódico doblado y lo lanzó a los pies de Brooke.
—Es hora de que hables.
Brooke tragó grueso. En la portada, una foto granulada en blanco y negro de Gabriel encabezaba la sección de sucesos. El titular hablaba de un presunto asesinato.
—Está bien —susurró Brooke.
Le contó todo. Desde que despidió a Gabriel ese día, hasta su regreso al departamento, sus últimas palabras, y su propia huida. Carol escuchó sin parpadear.
—No sabía a dónde más ir —admitió Brooke—. Tal vez debería entregarme. Rezar para que me crean.
No era verdad. La cárcel era lo último que quería, pero necesitaba que Carol la validara o la detuviera.
—No puedes —sentenció Carol con una dureza que Brooke no esperaba—. Lee el artículo. Gabriel no era un ladrón de poca monta; era un traficante vinculado a la mafia más peligrosa de la ciudad. La policía cree que tú eres su cómplice. Y si la policía lo cree, los que mataron a Gabriel también.
Brooke sintió un escalofrío. Si la mafia la buscaba, la cárcel empezaba a parecer un refugio seguro.
—Quédate aquí hasta que todo se calme —continuó Carol—. Luego, vete de la ciudad. Desaparece. ¿Hay algo que pueda identificarte?
—No hay fotos mías en el departamento. Odio las cámaras, lo sabes. El alquiler estaba a nombre de él y siempre cobré en efectivo. No existo para el sistema.
Carol asintió, satisfecha, mientras revolvía la mochila de la chica.
—¿Desde cuándo te gusta leer? —preguntó sacando un libro gastado.
Brooke se lo arrebató con un gesto brusco. No podía explicar que era el último regalo de Gabriel.
La rutina con Carol era: un golpe secreto a la puerta, entrega de comida, y luego soledad hasta el siguiente día. Dos semanas de oscuridad, y el sonido sordo de la música del club vibrando en el techo. Brooke sentía que las paredes se cerraban sobre ella.
Por eso esa noche, Brooke cometió un error. Salió.
Se cubrió con una gorra, una capucha y un cubrebocas. El aire gélido de la calle le supo a gloria. Caminó unas cuantas manzanas, sintiéndose viva por primera vez en días, hasta que entró en una pequeña tienda de conveniencia.
Solo quería comida chatarra que no viniera de una bolsa de papel arrugada. Al llegar a la caja, sus anteojos se empañaron por el calor de su propia respiración contra la mascarilla. La ceguera momentánea la hizo tropezar con la única clienta del lugar.
Sus anteojos volaron al suelo. Brooke se agachó a tientas, pero otra mano se le adelantó.
Al colocarse las gafas, el mundo recuperó la nitidez y el corazón de Brooke se detuvo. Pensó que estaba frente a un espejo.
—¿Brooke?
La voz era como la suya. El rostro era como el suyo.
—¿Lilly? —el nombre salió como un suspiro herido.
—Sí... Brooke. Soy yo —la voz de Lilly se quebró.
Antes de saberlo Brooke estaba siendo envuelta en un abrazo. Su hermana Lilly, quien no veía hacía muchos años, la estaba abrazando.
Y Brooke solo pudo pensar…
«¿Por qué tuve que salir?»
