Capítulo 18 El ayuno del alma

El silencio de mi celda nunca se había sentido tan ensordecedor. Me encontraba sentado en el borde del jergón, con las manos entrelazadas y la cabeza gacha, tratando de encontrar en la oración la paz que yo mismo me había encargado de destruir. Han pasado apenas veinticuatro horas desde que vi a...

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