
Juegos Perversos: El pecado del Padre Gabriel
Ale Alarcon · Completado · 107.5k Palabras
Introducción
El gemido rasgó el silencio sepulcral, un sonido desesperado que no pedía perdón, sino más pecado. Bajo la luz temblorosa de una sola vela, el hábito marrón de la novicia estaba desgarrado, revelando la piel de de Isabella Carrington, la modelo que el mundo creía muerta. Sobre ella, con la respiración entrecortada y los ojos nublados por una lujuria que juró combatir, se encontraba Gabriel Calvelli, el seminarista a punto de ordenarse sacerdote. Sus manos, destinadas a bendecir, se aferraban a sus caderas con una fuerza posesiva, profanando el lugar sagrado con cada embestida.
Isabella no debería estar allí. Tras sobrevivir al atentado orquestado, usurpó la identidad de su hermana gemela, la devota Bella, y se refugió tras los muros del convento para orquestar su venganza. , se topó con Gabriel, su castigo... y su obsesión más oscura.
Gabriel sin saber que estaba cayendo en la red de una impostora que lo tentaba con los placeres del infierno. Lo que comenzó como un duelo de voluntades y castigos, se transformó en una serie de Juegos Perversos: encuentros furtivos en el confesionario, roces prohibidos durante la misa y noches de pasión desenfrenada donde los votos se rompían al ritmo de sus gemidos.
El asesino, acecha en el exterior y la verdadera Bella se debate entre la vida y la muerte, ellos se hunden en una espiral de deseo sacrílego. Ella necesita su protección, él necesita su cuerpo. Pero cuando los secretos de los Carrington colisionen, ambos descubrirán que el pecado más grande no es el que cometen en la oscuridad, sino el amor que está naciendo en medio del engaño.
¿Hasta dónde llegarán para saciar su sed de carne y venganza antes de que el cielo los condene o la verdad los mate?
Capítulo 1
La lluvia golpeaba los ventanales de la mansión Carrington con una violencia que parecía una advertencia, pero yo estaba demasiado ocupada mirándome al espejo como para escuchar al cielo. Me ajustaba un vestido de seda roja que costaba más de lo que una persona promedio ganaba en un año. Esa noche era mi gala de aniversario con Andrés, el hombre que, según las revistas, era el partido del siglo.
—No vayas, Isabella. Por favor.
La voz de Bella sonó desde el umbral de mi vestidor. Mi gemela, siempre tan pálida, tan envuelta en telas holgadas y con esa cruz de madera colgando de su cuello, parecía una sombra de mi propio reflejo.
—No empieces con tus sermones de convento, Bella —respondí sin mirarla, retocando mi labial carmesí—. Andrés me espera.
—No es por la religión, es por él —insistió, dando un paso al frente. Sus ojos, idénticos a los míos pero cargados de una paz que siempre me irritaba, estaban empañados—. He visto cómo mira tus cuentas, cómo susurra con sus socios. Isabella, Andrés no es de confianza. Siento una oscuridad en él que tú te niegas a ver por orgullo.
Me di la vuelta, soltando una risa amarga.
—Lo que sientes es envidia, hermanita. Envidia de que yo vivo en el mundo real mientras tú te escondes tras muros de piedra y rezos. Andrés me ama. Él es mi futuro.
—¡Él es tu perdición! —gritó ella, y fue la primera vez que la vi perder la compostura.
La discusión escaló en segundos. Palabras hirientes volaron de mi boca como dagas: la llamé cobarde, le dije que su vocación era un escape. Bella, herida y temblando, tomó las llaves que estaban sobre la cómoda. Mis llaves. Las de mi deportivo plateado.
—Necesito aire. Me voy al convento esta noche, no esperaré a mañana —dijo con la voz quebrada—. Quédate con tu lujo y tu hombre perfecto, Isabella. Espero que cuando abras los ojos, no sea demasiado tarde.
Salió de la habitación antes de que pudiera detenerla. Escuché el rugido del motor bajo la tormenta. "Que se vaya", pensé con el corazón latiendo con fuerza, "mañana se le pasará".
Dos horas después, el mundo se detuvo.
La llamada de la policía fue un estallido de estática y palabras que mi cerebro se negaba a procesar. Accidente. Kilómetro 14. Frenos. Hospital Central. Corrí como una loca, todavía vestida de gala, con el maquillaje corrido por el miedo. Cuando irrumpí en la sala de espera del hospital, el frío del aire acondicionado me caló hasta los huesos.
Estaba a punto de gritar su nombre cuando vi a Andrés. Estaba de espaldas, hablando por teléfono en un pasillo lateral, cerca de la unidad de cuidados intensivos. Me detuve en seco, ocultándome tras una columna, con el instinto de supervivencia gritándome que guardara silencio.
—...te dije que debía parecer un accidente, idiota —siseó Andrés al teléfono. Su voz no era la del prometido amoroso, era la de un depredador—. Los frenos fallaron, tal como planeamos. No importa quién iba al volante, el coche es de ella. Si Isabella está muerta, el camino está libre para nosotros. Sí, mi amor, pronto tendremos todo el control. Ahora cállate, tengo que fingir que estoy destrozado.
El aire se escapó de mis pulmones. Mis uñas se clavaron en las palmas de mis manos hasta hacerme sangre. El hombre con el que iba a casarme acababa de confesar que intentó asesinarme. Y había alguien más... una mujer al otro lado de la línea.
Andrés guardó el teléfono y se frotó los ojos con fuerza para enrojecerlos. Cuando se giró y me vio, su rostro pasó por un destello de terror absoluto antes de transformarse en una máscara de dolor. Me miró de arriba abajo. Yo llevaba el cabello revuelto y la chaqueta de cuero de Bella que había tomado al salir de casa en mi desesperación.
—¡Bella! —exclamó él, corriendo hacia mí y envolviéndome en un abrazo que me produjo náuseas. Me confundía con mi hermana—. Oh, Bella, es horrible... Tu hermana... Isabella tuvo un accidente. He estado rezando por ella, no puedo creerlo.
Me quedé rígida en sus brazos. Mi mente, entrenada para las pasarelas y el engaño de las cámaras, trabajó a una velocidad asombrosa. Si él creía que yo era Bella, yo tenía la ventaja. La modelo Isabella Carrington estaba "muerta" o agonizante para él. La santa Bella era inofensiva.
—Andrés... —susurré, imitando el tono suave y tembloroso de mi hermana—. ¿Qué pasó? Dime que ella está bien.
—Fue el coche, los frenos... la lluvia... —sollozó él sobre mi hombro. El asco que sentí fue casi insoportable.
En ese momento, un médico de bata blanca salió de las puertas dobles.
—¿Familiares de la señorita Carrington? —preguntó con gravedad.
Andrés dio un paso adelante, pero yo fui más ágil. Le puse una mano en el pecho para frenarlo, usando esa fragilidad fingida que Bella siempre tenía.
—Soy su hermana gemela —dije con voz entrecortada—. Por favor, doctor... Andrés es solo su prometido, pero yo... yo necesito verla. Somos una misma alma. Déjeme pasar primero, se lo ruego. El shock para él es demasiado grande.
El médico asintió con compasión, mirando el falso estado de desolación de Andrés.
—Pase usted primero, señorita. Está en la 402. Pero prepárese, su estado es crítico.
Caminé por el pasillo estéril, sintiendo la mirada de Andrés clavada en mi espalda. En cuanto crucé el umbral de la habitación y la puerta se cerró, el silencio me golpeó. El pitido rítmico de las máquinas era lo único que llenaba el espacio.
Allí estaba ella. Mi dulce, terca y devota Bella. Tenía la cabeza envuelta en vendajes y su rostro, mi propio rostro, estaba lleno de rasguños y moretones. Estaba conectada a un respirador, una muñeca rota por la ambición de un hombre que yo había metido en nuestras vidas.
Me desplomé al lado de su cama, tomando su mano fría entre las mías. El llanto que había estado conteniendo brotó con una fuerza desgarradora. No era el llanto de una modelo caprichosa, era el grito de una hermana que acababa de perder su mundo.
—Perdóname, Bella... perdóname por no escucharte —sollocé, ocultando mi cara en la sábana blanca—. Tenías razón. Él es un monstruo.
Me incliné hacia su oído, pegando mis labios a su piel pálida, mientras las lágrimas empapaban su almohada.
—Te prometo algo, hermana —susurré con una oscuridad que nunca supe que poseía—. No dejaré que esto se quede así. Voy a encontrar a quien estaba en ese teléfono. Voy a destruir a Andrés pedazo a pedazo. Y mientras tú luchas por volver, yo seré tú. Me esconderé donde nadie me busque, en ese lugar que tanto amabas.
Me quedé allí, meciéndome en el dolor, aferrada a su mano mientras el pitido de la máquina contaba los segundos de mi antigua vida. Isabella Carrington se había quedado en ese asfalto mojado. La mujer que se levantaría de esa silla sería la peor pesadilla de Andrés.
Lloré hasta que no quedaron lágrimas, sola en esa habitación que olía a antiséptico y a muerte, sellando un pacto de sangre y silencio que cambiaría nuestro destino para siempre.
Últimos capítulos
#68 Capítulo 68 Capítulo Especial: El cuaderno de terciopelo y la primera tormenta
Última actualización: 8/25/2026#67 Capítulo 67 Epílogo: El milagro de la marea y las promesas de la tierra
Última actualización: 8/25/2026#66 Capítulo 66 La marea de la luz y el jardín de los supervivientes
Última actualización: 8/25/2026#65 Capítulo 65 El murmullo del alma y la luz en la tormenta
Última actualización: 8/25/2026#64 Capítulo 64 Capítulo 57: La caída del velo y la promesa intacta
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Última actualización: 8/25/2026#61 Capítulo 61 El testamento de la luz y el pacto de la sombra
Última actualización: 8/25/2026#60 Capítulo 60 El veneno en las venas y los cuervos del pasillo
Última actualización: 8/25/2026#59 Capítulo 59 La penitencia de los caídos y el altar del dolor
Última actualización: 8/25/2026
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Por favor, tenga en cuenta que esta es una versión editada de AATD, la historia y el contenido serán los mismos que en la original.
Lectura madura 18+
Alpha at the Door 2020 Por RainHero21 ©
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