Capítulo 2 Capítulo 2: Cenizas y Mentiras
La noche en el hospital fue un descenso lento hacia los infiernos. Me quedé sentada en ese sillón de plástico, observando el pecho de Bella subir y bajar mecánicamente. Cada pitido de la máquina era un recordatorio de mi culpa. A las tres de la mañana, cuando el pasillo estaba en absoluto silencio y Andrés se había quedado dormido en la sala de espera, saqué mi teléfono. Solo había una persona en el mundo capaz de ayudarme a desaparecer sin dejar rastro.
—¿Hola? —la voz al otro lado sonó alerta, profesional.
—Soy yo —susurré, ocultando el teléfono entre mi cabello y el hombro—. Escucha con atención porque no lo voy a repetir. Necesito que para el mundo, Isabella Carrington muera esta noche.
Hubo un silencio sepulcral del otro lado. Un suspiro pesado me indicó que mi interlocutor estaba procesando la locura que acababa de proponer.
—¿De qué estás hablando, Isabella? Estás en shock, el accidente...
—No es el shock. Es una ejecución. Andrés manipuló mi auto. Él intentó matarme y no está solo —mi voz salió más firme de lo que esperaba—. Escúchame bien: quiero que cambies el testamento ahora mismo. Usa los poderes legales que tienes. Todo, absolutamente toda mi fortuna, mis propiedades y mis acciones, deben pasar a nombre de Bella Carrington de forma inmediata.
—¿Estás segura de lo que me pides? Si haces esto, legalmente dejarás de existir. Perderás el control de todo.
—Estoy más segura que nunca. Confío en ti. Eres el único que puede protegerla mientras ella esté en este estado. Cuídala como si fuera tu propia vida mientras yo descubro quién más está detrás de esto. Me ocultaré bajo su identidad. Bella se iba al convento, y allí es donde iré yo. Nadie buscará a una modelo de pasarela bajo un hábito de clausura.
—Es una locura... pero lo haré. Mantendré a los mejores médicos custodiando a Bella. Ve tranquila.
Colgué antes de que pudiera hacerme más preguntas. Guardé el teléfono en el fondo del bolso de Bella y salí de la habitación, recomponiendo mi máscara de fragilidad.
Andrés estaba de pie cerca de la cafetería, fingiendo que se limpiaba una lágrima cuando me vio salir. Su hipocresía me provocaba ganas de vomitar, pero le mantuve la mirada con los ojos enrojecidos de mi hermana.
—Bella, querida... —se acercó, intentando tomar mis manos. Sus dedos estaban fríos, como los de un cadáver—. Estaba hablando con el abogado de la familia. Esto es devastador. Isabella era mi vida entera. No sé cómo voy a seguir sin ella.
—Ella también te quería, Andrés —mentí, sintiendo el sabor amargo de la traición en mi lengua—. Pero ahora debemos ser fuertes por ella.
En ese momento, el doctor salió de la unidad con el rostro sombrío. Miró su tabla y luego a nosotros. Yo le hice una señal casi imperceptible, una súplica silenciosa que él interpretó como el dolor de una hermana.
—Lo lamento mucho —dijo el doctor con voz solemne—. La paciente ha fallecido hace unos minutos. Sus pulmones no resistieron más.
Andrés soltó un grito ahogado, una actuación digna de un Oscar, y se cubrió la cara con las manos, hundiéndose en un banco.
—¡No! ¡Mi Isabella no! —exclamó, atrayendo las miradas de las pocas personas en el pasillo—. ¡Esto no puede ser verdad! Doctor, tengo que verla, tengo que despedirme de mi prometida...
Me puse frente a él, bloqueando su camino hacia la habitación donde Bella seguía respirando, oculta por el secreto médico que yo misma acababa de blindar.
—No, Andrés —dije con firmeza, imitando la voz autoritaria pero dulce de Bella—. Conoces a mi hermana. Ella era vanidosa, amaba la belleza por sobre todas las cosas. Su último deseo, el que siempre me repetía cuando hablábamos de la muerte, era que nadie la viera así... rota, conectada a máquinas.
Andrés me miró, con los ojos entrecerrados, tratando de detectar una grieta en mi historia.
—Pero Bella, soy su prometido... tengo derechos.
—Y yo soy su sangre —le corté, acercándome más, invadiendo su espacio personal con una tristeza abrumadora—. Ella fue clara: quería ser cremada de inmediato. No quería velorios lujosos, ni fotógrafos, ni gente llorando sobre un ataúd abierto. Ella quería que el mundo la recordara en la pasarela, no en una morgue.
Él guardó silencio por un momento. Sabía lo que estaba pensando: si la cremaban, no habría autopsia. Si no había autopsia, su crimen quedaría enterrado bajo las cenizas. Vi el destello de alivio en sus ojos, aunque su boca seguía temblando en un falso sollozo.
—Si ese era su deseo... no puedo oponerme —murmuró—. Pero es tan difícil...
—Lo sé —le puse una mano en el hombro, apretando ligeramente—. Por eso, acompáñame ahora mismo a hacer el papeleo. Necesito que firmes como su prometido y yo como su hermana. Hagamos esto rápido, Andrés. Isabella odiaba las esperas.
Caminamos juntos hacia la oficina de administración. Cada paso que daba junto a él era una promesa de venganza. Mientras él creía que estaba ayudando a quemar las pruebas de su intento de asesinato, yo estaba firmando mi sentencia de muerte social para nacer como alguien nuevo.
—Después de esto, Andrés —dije mientras esperábamos los formularios—, me iré al convento de San Calixto. Necesito paz, necesito rezar por su alma y por la mía. No quiero que nadie me busque. Mi vida ahora le pertenece a Dios.
Andrés asintió, tratando de ocultar la sonrisa triunfante que amenazaba con aparecer en su rostro. Para él, Isabella estaba muerta y la "tonta" de Bella se encerraría de por vida, dejándole el camino libre hacia la fortuna de los Carrington.
Lo que él no sabía es que, bajo ese suéter holgado y esa mirada de santa, el corazón de Isabella Carrington latía con una sed de justicia que no se apagaría hasta verlo en el infierno.
