Capítulo 3 Capítulo 3: El guardián de las sombras
El aire de la mañana en las afueras del crematorio era gélido, cargado con un olor a humedad y olvido que se me filtraba por los poros. Llevaba entre mis manos una urna de mármol frío, pesada y silenciosa. En teoría, allí dentro descansaban los restos de la gran Isabella Carrington; en la práctica, ese mármol custodiaba el inicio de mi mayor actuación.
Andrés estaba de pie a mi lado, envuelto en un abrigo de cachemir negro. Mantenía la cabeza baja, pero yo podía sentir su impaciencia. Para él, este era el último trámite molesto antes de empezar a repartirse el botín.
—Ya está hecho, Bella —susurró él, intentando rodear mis hombros con su brazo—. Ahora ella está en paz. Debemos intentar seguir adelante. Estarás muy sola en esa casa ahora que tus padres no están y tu hermana se ha ido. Quizás... quizás no deberías apresurarte a irte al convento. Podría cuidarte.
El cinismo de sus palabras me quemó. Quise gritarle que sabía lo de los frenos, que sabía que él era un asesino, pero apreté la urna contra mi pecho y forcé una lágrima a rodar por mi mejilla.
—El convento es el único lugar donde encontraré consuelo, Andrés —respondí, imitando la fragilidad mística de mi hermana—. Necesito entregarle estas cenizas al jardín de la congregación. Allí es donde ella quería que le diera paz a su alma.
En ese momento, el crujido de unos pasos firmes sobre la grava nos hizo girar. Un hombre de presencia imponente y mirada acerada se acercaba. Lucas Coleman, el abogado más brillante de la ciudad, el mejor amigo que había tenido en mis años de pasarela y, secretamente, el hombre que llevaba años suspirando por la pureza de mi hermana Bella.
Su rostro estaba rígido, una máscara de mármol que ocultaba un volcán de emociones. Cuando sus ojos se encontraron con los míos, vi un destello de reconocimiento y un dolor tan profundo que me obligó a desviar la mirada. Él sabía que la mujer en el hospital no era yo. Él sabía que yo estaba viva.
—Lucas —dije, tratando de que mi voz no temblara—. Gracias por venir.
—No podía faltar, Bella —respondió él, marcando mi nombre con una intención que solo yo entendí. Luego, dirigió una mirada gélida a Andrés—. Andrés. Supongo que ya estarás haciendo cálculos, pero me temo que tengo noticias que no te van a gustar.
Andrés se tensó, enderezando la espalda. Siempre había odiado a Lucas; lo veía como el perro guardián que le impedía el acceso total a mi vida.
—¿De qué hablas, Coleman? —preguntó Andrés con fastidio—. Este no es momento para hablar de negocios. Acabamos de entregar a Isabella a la eternidad.
—Precisamente por eso —Lucas sacó una carpeta de su maletín de cuero—. Como bien saben, tras el fallecimiento de los señores Carrington hace dos años, Isabella quedó como albacea de la fortuna familiar. Sin embargo, ella dejó instrucciones muy claras en caso de un fallecimiento repentino. He procedido a ejecutar el protocolo de sucesión.
—¿Y bien? —Andrés dio un paso al frente, la codicia brillando en sus pupilas—. Soy su prometido. Teníamos un contrato prenupcial que...
—Un contrato que nunca se firmó ante notario, Andrés —lo interrumpió Lucas con una sonrisa gélida—. Legalmente, no eres nada para la herencia Carrington. Además, según las cláusulas de protección que Isabella misma revisó conmigo el mes pasado, el testamento no podrá leerse oficialmente ni ejecutarse hasta dentro de seis meses. Es un periodo de luto y auditoría obligatorio que ella impuso para evitar que "oportunistas" se lanzaran sobre sus bienes antes de que su cuerpo estuviera frío.
Andrés se puso rojo de ira. Sus manos se cerraron en puños dentro de los bolsillos de su abrigo.
—¡Eso es absurdo! Seis meses es una eternidad. Yo tengo gastos, deudas de la boda que se estaba organizando...
—Tendrás que pagarlas con tu propio dinero, si es que te queda algo —replicó Lucas sin inmutarse—. Mientras tanto, todo el patrimonio —la mansión, las cuentas en el extranjero, las acciones de la agencia de modelos y las propiedades en la costa— quedará bajo mi administración absoluta y la supervisión de Bella.
Andrés se giró hacia mí, buscando una aliada.
