Capítulo 4 Yo la cuidare
—Bella, diles algo. Tú no sabes de estas cosas, eres una mujer de fe. No puedes dejar que este hombre maneje lo que por derecho nos pertenece. Isabella me amaba, ella querría que yo gestionara todo.
Lo miré con la mayor ternura fingida que pude reunir. En mi interior, celebraba la jugada maestra de Lucas. Esos seis meses eran el tiempo que necesitaba para que la verdadera Bella despertara o para que yo encontrara las pruebas suficientes para meter a Andrés tras las rejas.
—Andrés, Lucas tiene razón —susurré con suavidad—. Yo no entiendo de números, ni de contratos, ni de auditorías. El mundo de Isabella siempre me pareció un laberinto confuso. Ella confiaba en Lucas ciegamente; decía que era el único hombre honesto en su círculo. Si él dice que debemos esperar, esperaremos.
—Pero, Bella... —empezó Andrés.
—No, Andrés —lo corté, dándole la espalda—. Mientras yo esté en el convento, no quiero saber nada de herencias ni de dinero. Eso solo mancharía mis oraciones. Dejo todo en manos de Lucas. Confío en él como Isabella confiaba. Él se encargará de que todo esté en orden mientras yo busco la voluntad de Dios en el silencio.
Lucas dio un paso hacia mí, y por un segundo, su mano rozó la mía al tomar la carpeta. Fue un contacto eléctrico, lleno de promesas silenciosas.
—Haré mi trabajo, Bella —dijo Lucas, mirándome fijamente a los ojos—. Me encargaré de que nadie toque un solo centavo que no le pertenezca. Y me encargaré de proteger lo que queda de esta familia... cueste lo que cueste.
Andrés bufó, dándose cuenta de que estaba acorralado. No podía presionar a la "santa" Bella sin parecer un buitre delante del abogado más poderoso de la región.
—Está bien —gruñó Andrés—. Seis meses. Pero espero que la administración sea transparente, Coleman. Estaré vigilando.
—No esperaba menos —respondió Lucas con sarcasmo.
Andrés se despidió de mí con un beso frío en la frente que me hizo estremecer de asco y se alejó hacia su coche, dejando una estela de resentimiento tras de sí. Cuando su motor se alejó lo suficiente, Lucas soltó un suspiro largo y pesado. Se acercó a mí, y esta vez no hubo máscaras.
—Isabella... —su voz se quebró ligeramente—. ¿En qué demonios estás pensando? Esto es peligroso. El tipo es un animal acorralado ahora que sabe que no tiene el dinero de inmediato.
—Es la única forma, Lucas —le dije, bajando el tono de voz—. Si me quedo como Isabella, me matará antes de que pueda probar nada. Como Bella, soy invisible para él. No sospecha que la "tonta" monja lo está vigilando.
—Él no sospecha, pero yo sí —Lucas me tomó del brazo, obligándome a mirarlo—. Ella está ahí, en esa cama, conectada a tubos... mientras tú te vas a encerrar a un convento. ¿Sabes lo que me duele ver esto?
—Sé lo que sientes por ella, Lucas —le puse una mano en la mejilla, conmovida por su lealtad—. Por eso te la confío a ti. Cuídala. No dejes que nadie entre en esa habitación sin tu permiso. Si ella despierta, tú serás el primero en saberlo. Pero por ahora, déjame hacer esto. Tengo que entrar en ese convento. Gabriel Calvelli me espera.
—¿Los Calvelli? —Lucas frunció el ceño—. Ten cuidado con ellos, Isabella. La rivalidad entre tu padre y el viejo Calvelli no era un juego. Que ese chico se esté preparando para ser cura no lo hace un santo. La sangre tira.
—Lo sé. Pero él es mi llave para entrar en ese lugar sin levantar sospechas —miré la urna de mármol—. Me voy ahora. El coche del convento debe estar por llegar.
Lucas me entregó un pequeño teléfono satelital, apenas del tamaño de una tarjeta de crédito.
—Usa esto solo si es una emergencia. Estaré en la ciudad, moviendo los hilos del testamento para asfixiar a Andrés económicamente. Si necesita dinero, tendrá que pedírmelo a mí, y yo me encargaré de que cada centavo le duela.
—Gracias, Lucas. Eres el único que me queda.
Él me miró por última vez con una mezcla de admiración y terror. Sabía que yo era una fuerza de la naturaleza, pero también sabía que me estaba metiendo en la boca del lobo.
—Ve con Dios, Isabella —dijo con una sonrisa triste—. O con quien sea que te esté cuidando en ese lugar. Porque después de lo que vas a hacer, vas a necesitar mucha protección divina.
Caminé hacia la salida del cementerio, con la urna bajo el brazo y la identidad de mi hermana envuelta en mi cuerpo. Al fondo, una furgoneta negra con el emblema del convento de San Calixto me esperaba. El juego perverso acababa de comenzar, y yo estaba dispuesta a todo con tal de que las cenizas de mi pasado se convirtieran en el fuego que consumiría a mis enemigos.
