Capítulo 5 Capítulo 5: La Virgen de los Abdominales Esculpidos
El convento de San Calixto no era un lugar de paz; para mí, era una cárcel de piedra que olía a incienso rancio y a reglas absurdas. Apenas llevaba una hora allí y ya sentía que la piel me picaba bajo la pesada túnica de novicia que me habían obligado a ponerme. Mis pies, acostumbrados a los tacones de aguja de Jimmy Choo, protestaban dentro de unas sandalias de cuero tosco que parecían diseñadas en el siglo XII.
—¡Hermana Bella! ¡Le he dicho que baje la mirada cuando le hablo! —la voz de la Madre Superiora, una mujer que parecía tener la flexibilidad de una viga de acero, resonó en el claustro.
Yo, que había desfilado frente a los diseñadores más exigentes de París sin pestañear, cometí el error de mi vida: le respondí.
—Mire, "madrecita", el cuello me duele de mirar al suelo. Si Dios nos dio ojos fue para ver el paisaje, ¿no cree? Además, ese tono de voz no es muy cristiano que digamos. Un poco más de "paz y amor" le vendría bien al cutis.
El silencio que siguió fue sepulcral. Las otras novicias se santiguaron como si hubieran visto al mismísimo Lucifer bailando reggaetón en el altar. El rostro de la Madre Superiora pasó de un blanco pálido a un rojo púrpura que hacía juego con las cortinas de la sacristía.
—¡Insolente! ¡Penitencia! ¡Directo a las celdas de reflexión hasta que aprenda el valor del silencio! —gritó, señalando con un dedo que parecía una garra.
—¡Ay, por favor! ¡Si solo fue una sugerencia estética! —exclamé, pero cuando vi que dos monjas con aspecto de luchadoras de la WWE se acercaban a mí, el instinto de supervivencia de Isabella Carrington tomó el control.
Me levanté la falda del hábito hasta las rodillas —provocando un grito de horror colectivo— y eché a correr por los pasillos de piedra. Mis sandalias chasqueaban contra el suelo mientras doblaba esquinas al azar, huyendo de las pisadas pesadas que me perseguían.
—¡Vuelva aquí, hermana! —gritaban detrás de mí.
—¡Ni loca! ¡Antes muerta que encerrada a pan y agua!
Divisé una puerta de madera pesada entreabierta al final de un corredor lateral. Sin pensarlo dos veces, me colé dentro y cerré de un portazo, echando el cerrojo con manos temblorosas. Me pegué a la madera, con el corazón martilleando contra mis costillas, escuchando cómo las voces de mis perseguidoras pasaban de largo por el pasillo.
—Eso estuvo cerca... —susurré, limpiándome el sudor de la frente.
Entonces, un carraspeo a mis espaldas hizo que se me erizaran los vellos de la nuca. Me giré lentamente, esperando encontrarme con otro regaño o con un cura anciano listo para exorcizarme.
Pero lo que vi fue un pecado. Un pecado de un metro ochenta y cinco, piel bronceada y músculos que parecían esculpidos por el mismo Miguel Ángel en un día de inspiración divina.
Frente a mí, un hombre joven estaba de pie, a medio vestir. Solo llevaba unos bóxers negros ajustados que dejaban muy poco a la imaginación. Tenía una toalla colgada al cuello y el cabello oscuro todavía goteaba agua, con las gotas resbalando por un pecho ancho y unos abdominales tan definidos que podrías rallar queso en ellos.
Me quedé petrificada. Mis ojos, entrenados para juzgar la estética humana, hicieron un escaneo rápido y pecaminoso desde sus hombros anchos hasta la línea en forma de "V" que desaparecía bajo el elástico de su ropa interior.
—¿Se le ha perdido algo, hermana? —su voz era profunda, una barítono que vibró en el aire de la pequeña habitación, cargada de una mezcla de desconcierto y una pizca de ironía.
Yo ni siquiera parpadeé. Olvidé que era Bella, olvidé que huía de la Madre Superiora y olvidé que estaba en un lugar sagrado.
—Por la virgen de los abdominales esculpidos... —solté en un susurro, con la boca ligeramente abierta—. Amén a eso.
Él arqueó una ceja, cruzando los brazos sobre su pecho, lo que hizo que sus bíceps se marcaran aún más. La tensión sexual en esa habitación se volvió tan espesa que se podía cortar con un cuchillo de altar.
—¿Perdón? —preguntó él, dando un paso hacia adelante.
—Que... que qué buena iluminación tiene esta habitación —mentí descaradamente, aunque mi mirada seguía clavada en su abdomen—. Esos... esos músculos deben ser obra del Espíritu Santo, porque no es normal que alguien se vea así comiendo sopa de lentejas en el refectorio.
Me acerqué un paso, casi hipnotizada. En mi mundo, había visto a cientos de modelos masculinos, pero ninguno tenía esa mezcla de fuerza bruta y una extraña serenidad magnética. Sin darme cuenta, levanté una mano, queriendo comprobar si esa piel era real o si el encierro ya me estaba haciendo alucinar.
—¿Qué está haciendo? —preguntó él, deteniéndome al sujetar mi muñeca. Su mano estaba caliente y su tacto envió una descarga eléctrica directo a mi columna vertebral.
—Solo... comprobaba la calidad de la creación divina —respondí, recuperando un poco de mi audacia habitual de Isabella—. Soy nueva aquí. No sabía que las celdas de reflexión venían con este tipo de... incentivos visuales.
Él me soltó como si se hubiera quemado, con una expresión que bailaba entre la molestia y una curiosidad divertida que intentaba reprimir. Se dio la vuelta rápidamente para tomar una camisa de la cama y ponérsela, ocultando el espectáculo.
—Esto no es una celda de reflexión —dijo mientras se abotonaba, aunque yo seguía mirando cómo sus dedos se movían con agilidad—. Es la zona de los seminaristas. Usted no debería estar aquí, hermana Bella.
Me tensé al escuchar el nombre de mi hermana.
—¿Cómo sabes mi nombre? —pregunté, recobrando la compostura.
—Toda la congregación sabe que la hermana de la modelo fallecida llegaba hoy —respondió él, girándose de nuevo, ya cubierto por la camisa negra, aunque todavía descalzo—. Pero no esperaba que la "devota" Bella Carrington fuera tan... observadora.
—El hecho de que sea monja no significa que sea ciega —le espeté, cruzándome de brazos—. ¿Y tú quién eres? ¿El jardinero? ¿El que limpia los cálices? Porque con esos brazos podrías cargar el altar entero tú solo.
Él soltó una risa corta, una que no llegaba a ser una carcajada pero que iluminó sus ojos oscuros de una manera peligrosa.
—Me llamo Gabriel. Soy seminarista de último año. En unos meses, seré el encargado de confesar sus pecados, hermana. Aunque sospecho que, en su caso, la lista será larga.
—¿Gabriel? Como el arcángel —sonreí con malicia, dando un paso hacia él hasta que quedamos a pocos centímetros de distancia. Podía oler su jabón neutro mezclado con un aroma a hombre que me mareaba—. Pues espero que seas bueno guardando secretos, Gabriel. Porque tengo la sensación de que vamos a tener mucho de qué hablar en ese confesionario.
Él no retrocedió. Al contrario, se inclinó un poco hacia mí, manteniendo el duelo de miradas. El aire entre nosotros ardía.
—La obediencia y la castidad son las bases de este lugar —murmuró él, con un tono que sonaba más a advertencia para sí mismo que para mí—. Le sugiero que vuelva con la Madre Superiora y pida perdón por su... "entusiasmo".
—El perdón es para los débiles —le guiñé un ojo, retrocediendo hacia la puerta mientras escuchaba que las monjas regresaban por el pasillo—. Yo prefiero pedir permiso para volver a verte. Gracias por el espectáculo, Gabriel. Definitivamente, Dios tiene un sentido del humor excelente.
Quité el cerrojo y salí de nuevo al pasillo, justo a tiempo para dejarme atrapar por la Madre Superiora, que venía echando humo.
—¡Aquí está! ¡A la celda ahora mismo! —gritó la anciana, agarrándome del brazo.
Me dejé llevar sin protestar esta vez. Tenía una sonrisa grabada en la cara que no podía borrar. Mientras me arrastraban hacia mi castigo, solo podía pensar en una cosa: si todos los seminaristas eran como ese tal Gabriel, quizá mi estancia en el convento no sería el infierno que imaginé, sino un purgatorio deliciosamente pecaminoso.
"Juegos", pensé mientras me encerraban en una habitación pequeña y oscura. "Oh, Gabriel Calvelli... no tienes idea de la tormenta que acaba de entrar en tu templo".
