Capítulo 6 Capítulo 6: Sacrilegio en la oscuridad

El silencio en el convento de San Calixto no era una bendición; era un peso físico que aplastaba los sentidos. Mi celda era pequeña, fría y olía a una mezcla de lavanda rancia y piedra vieja. Me removí en el jergón, sintiendo el roce áspero de la sábana de lino contra mi piel, que todavía parecía arder por el recuerdo de la mirada de Gabriel.

—Maldito sea —susurré al techo oscuro, con la voz quebrada—. Se supone que debo estar planeando cómo destruir a Andrés, no pensando en los músculos de un aprendiz de cura.

Pero cerrar los ojos era invocarlo. La oscuridad de la habitación se transformó en la penumbra de la habitación de Gabriel. En mi mente, ya no estaba sola.

En el sueño, el aire no era frío, sino denso y cargado de un aroma a incienso y sudor masculino. Gabriel estaba allí, pero ya no llevaba la camisa negra. Su torso brillaba bajo una luz dorada, y sus ojos oscuros me devoraban con una intensidad que me hacía temblar.

—Isabella... —murmuró mi nombre, no el de mi hermana, con una voz que era puro terciopelo y pecado.

—¿Cómo sabes quién soy? —le pregunté en el sueño, mientras sentía sus manos grandes y calientes rodeando mi cintura.

—Tu cuerpo te delata —respondió él, acercando su rostro al mío.

Sentí sus labios, no en mi boca, sino descendiendo por mi cuello en un rastro de fuego. Un gemido se escapó de mi garganta cuando su lengua delineó mi clavícula y siguió bajando. Mis manos se enredaron en su cabello oscuro, tirando de él, pidiendo más. Él no se detuvo. Sus manos, expertas en una caricia que ningún seminarista debería conocer, desataron los nudos de mi hábito hasta que la tela cayó al suelo, dejándome desnuda ante él.

En la visión, Gabriel se arrodilló frente a mí. Sus besos eran urgentes, casi violentos en su necesidad. Cuando sus labios rodearon uno de mis pezones, succionando con una fuerza que me hizo arquear la espalda, sentí un tirón eléctrico directo a mi vientre.

—¡Oh, Dios...! —gemí en la oscuridad de mi celda real, aunque en el sueño mis palabras eran para él—. Sí, Gabriel... justo ahí.

Él continuó su descenso. Sus manos acariciaron mis muslos, abriéndolos con una autoridad que me dejaba sin aliento. Cuando su rostro se hundió entre mis piernas, el mundo desapareció. Sentí el calor de su aliento, y luego, el contacto húmedo y experto de su lengua contra mi centro. Me castigaba con lamidas lentas, circulares, antes de chupar mi clítoris con una voracidad que me hacía perder la razón.

—¡Fóllame, Gabriel! ¡Por favor, fóllame! —suplicaba en el sueño, con las uñas clavadas en sus hombros bronceados.

Él se levantó, y en la penumbra, vi su erección, imponente y vibrante, un desafío a cada voto de castidad que alguna vez se pronunció en ese lugar. Se me hizo agua la boca al verlo; era una obra de arte carnal que pedía ser adorada. Justo cuando él se posicionaba para entrar en mí, para llenarme y terminar con esa tortura...

Desperté de golpe.

El corazón me latía tan fuerte que sentía los golpes en mis oídos. Estaba empapada en sudor, y el aire de la celda se sentía helado en comparación con el fuego de mi sueño. Pero el calor no se había ido de un lugar específico.

Llevé una mano hacia abajo y solté un suspiro tembloroso al confirmar lo que ya sabía: estaba completamente húmeda. El deseo no se había quedado en el plano onírico; mi cuerpo estaba en pie de guerra, reclamando lo que Gabriel le había prometido en las sombras.

—Maldita sea, Gabriel Calvelli —jadeé, cerrando los ojos y dejando que mi mano se deslizara bajo la sábana.

Mis dedos encontraron mi clítoris hinchado y sensible. Al primer contacto, un escalofrío me recorrió de pies a cabeza. Empecé a acariciarme, imitando el ritmo que él había usado en mi sueño. Imaginé que no eran mis dedos, sino los suyos; que era su piel áspera la que me rozaba.

—Eso es... así —susurré para mí misma, perdiendo la batalla contra la lujuria—. Imagina que está aquí, Isabella. Imagina que te mira mientras lo haces.

Mis movimientos se volvieron más rápidos, más desesperados. Me introduje dos dedos, sintiendo mi propia calidez, imaginando que era él quien me penetraba con esa fuerza que había visto en la habitación. En mi mente, volvía a ver sus abdominales tensándose, escuchaba su respiración entrecortada cerca de mi oreja.

—Eres un pecado, Gabriel... un bendito y perverso pecado —gemí, mordiéndome el labio inferior para no despertar a las monjas de las celdas contiguas.

La tensión fue creciendo, un nudo de placer que se apretaba más y más en mi vientre. Mi mente se inundó con la imagen de su rostro, esa mezcla de santidad y deseo reprimido. "¿Qué dirías si me vieras ahora, futuro padre?", pensé con una punzada de malicia erótica. "¿Rezarías por mi alma o te arrodillarías conmigo para pecar?"

El clímax me golpeó con la fuerza de una ola. Mis músculos se tensaron, mis dedos se hundieron profundamente en mi intimidad y un gemido ahogado murió contra mi almohada mientras las ondas de placer me sacudían. Me quedé inmóvil, jadeando, con la piel hormigueando y el corazón tratando de recuperar su ritmo normal.

Cuando la niebla del placer comenzó a disiparse, la realidad del convento volvió a caer sobre mí. Allí estaba yo, Isabella Carrington, la mujer que se suponía que debía estar buscando justicia, masturbándose en una celda de monjas mientras fantaseaba con el hombre que representaba todo lo que no podía tener.

Me limpié con la sábana, sintiendo una mezcla extraña de satisfacción y una sed de peligro que solo había crecido. Me di cuenta de que mi plan de venganza acababa de complicarse de la manera más deliciosa y terrible posible.

—Esto ya no es solo por Bella —murmuré, acomodándome de nuevo en el jergón, aunque el sueño ya no volvería—. Esto es por mí. Si voy a estar encerrada en este purgatorio, me voy a asegurar de que Gabriel Calvelli sea mi cielo... o mi infierno personal.

Me quedé mirando la pequeña cruz de madera en la pared, con una sonrisa pecaminosa bailando en mis labios. El juego perverso apenas estaba subiendo de temperatura, y yo estaba dispuesta a quemar el convento entero con tal de ver a Gabriel arder conmigo.

Mañana lo buscaría. Mañana le recordaría que, aunque yo vistiera como una santa, mis pensamientos eran puramente demoníacos. Y por la forma en que él me había mirado en esa habitación, sabía que su fe era un muro mucho más frágil de lo que él quería admitir.

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