Capítulo 2 2
Capítulo 2
No me fui, Me quedé paralizada observándolo. Sentía vergüenza, pero también algo que no quería admitir.
Verlo así, diciendo mi nombre con la voz entrecortada, me hizo sentir un calor insoportable entre las piernas, mi coño se humedeció tanto que noté cómo mis propias bragas se empapaban.
Mis pezones se pusieron duros debajo del vestido, y respiraba agitada, con la boca abierta, sin poder apartar la vista.
De repente, Leonardo abrió los ojos. Me miró directo, sin parar de mover la mano, él sonrió un poco mientras seguía pajeándose más fuerte, más rápido.
Su pene palpitaba en su puño, y vi cómo se tensaba todo su cuerpo.
Entonces gruñó bajo, sin dejar de mirarme a los ojos, y el semen empezó a salir en chorros directo sobre las pantaletas que tenía en la otra mano.
Salpicaba cubriendo la tela mientras él se tensaba por completo
Yo tenía la boca abierta, jadeando, con las piernas temblando. Él sacudió la verga unas veces más, exprimiendo las últimas gotas en mis bragas, y luego preguntó con voz ronca, sin dejar de mirarme
—¿Te gustó el espectáculo, Aurora?
Tragué saliva, incapaz de hablar, y solo asentí con la cabeza, rápido, varias veces.
Él sonrió más, limpiando la punta de su polla todavía dura contra la tela empapada de semen.
—¿Necesitas que te ayude con algo? —pregunté bajito, con la voz temblorosa, sintiendo mi coño humedo.
Leonardo soltó una risa y oscura, levantó el dedo índice hacia mí, llamándome con él, como ordenándome que entrara.
—Ven aquí... —murmuró.
Di un paso involuntario hacia él, pero en ese momento escuché la voz de mi madre llamándome desde el pasillo. Me congelé. Leonardo bajó la mano sin perder la sonrisa. Yo retrocedí de inmediato, temblando, y salí del baño casi sin aire.
Me apoyé un segundo en la puerta antes de bajar las escaleras. Tenía el corazón a mil por hora. Cuando llegué al primer piso, Paul estaba esperándome. No lo veía desde hacía años. Antes era un niño regordete y bully, siempre molestándome en los juegos. Ahora era un hombre completamente diferente: delgado, atractivo, vestido con un traje que le quedaba perfecto.
—Aurora —dijo, inclinándose para besarme la mano—. Es un gusto verte de nuevo.
No supe qué decir. Apenas sonreí. Empezamos a hablar de mis estudios y de mi tiempo en Europa, aunque yo estaba tan nerviosa que apenas podía concentrarme. Y entonces lo vi. Leonardo bajaba las escaleras. Me miró primero a mí y luego a Paul. Su cara cambió. No hizo ningún gesto obvio, pero pude notar que se tensó.
Mi padre se acercó a Leonardo, entusiasmado.
—¿Cuándo puede empezar Aurora sus prácticas?
Leonardo respondió con un tono que llevaba doble intención. No había forma de que yo no lo notara después de lo que acababa de pasar.
—Desde mañana mismo. Estoy… ansioso por enseñarle muchas cosas.
Tragué saliva. Paul, sin perder la sonrisa, añadió:
—Y yo también estaré encantado de tenerla a mi lado.
A la mañana siguiente, bajé a desayunar con la decisión de decirle a mi padre que no quería trabajar con Leonardo. No podía. No después de lo que había pasado.
—Papá, no quiero ir con él —le dije apenas me senté—. Quiero aprender contigo. No me gusta su forma de ser.
Mi padre dejó el periódico y me miró con calma.
—Aurora, Leonardo es el mejor. No hay nadie más preparado para enseñarte. Confía en mí.
Quería insistir, pero sabía que cuando mi padre hablaba así, la conversación estaba casi cerrada.
En ese momento apareció mi tía Susan, ya arreglada para irse a trabajar.
—Cariño, necesito pedirte algo —dijo, haciendo un gesto para que la acompañara a un lado.
La seguí al pasillo.
—Quiero que vigiles a mi novio —me dijo nerviosa —. Leonardo es uno de los solteros más codiciados de la ciudad. No quiero sufrir con mujeres detrás de él. Tú vas a estar allí, así que puedes ayudarme.
Me quedé muda. Pensar en lo que había pasado anoche y escucharla decir eso me revolvió el estómago.
—Está bien… —fue lo único que pude responder, aunque en realidad no sabía cómo manejar nada de lo que estaba ocurriendo.
Llegué a la oficina muy nerviosa, La entrada era enorme, llena de gente moviéndose de un lado a otro. La secretaria me recibió con una sonrisa amable.
—Buenos días, señorita Smith. Usted será asistente de Paul. Él maneja algunos proyectos pequeños. Es perfecto para que empiece.
Sentí un alivio inmediato. No sabía qué iba a hacer si me tocaba ver a Leonardo. Después de lo del baño, solo imaginar estar cerca de él me ponía nerviosa. Asentí y seguí a la secretaria por el pasillo hasta una oficina luminosa.
Paul estaba allí, esperándome con un ramo de flores sobre su escritorio. No sabía qué decir. Las flores eran bonitas, pero su intención era demasiado clara.
—Bienvenida, Aurora —dijo, entregándomelas—. Espero que te guste trabajar conmigo. Vamos a hacer un buen equipo.
Traté de sonar relajada.
—Gracias… Aunque debo decir que es raro. Cuando éramos niños no te soportaba. Siempre me lastimabas cuando jugábamos. Eras insoportable.
Paul soltó una risa suave.
—Lo sé. Y lo siento… aunque tenía mis razones.
Me crucé de brazos.
—¿Qué razones?
Él se acercó un poco más y bajó la voz.
—Siempre me gustaste. Pero era un niño idiota y no sabía cómo tratarte.
Me sorprendió su confesión, Antes de que pudiera responder, él levantó mi barbilla con dos dedos.
—Aurora… —susurró, acercándose como si fuera a besarme.
No tuve tiempo de apartarme. La puerta se abrió de golpe.
—¡Aurora!¡Ven conmigo ahora! —ordenó Leonardo.
Paul y yo nos separamos de inmediato, Él frunció el ceño.
—Papá, estamos hablando. Ya acordamos que ella sería mi asistente.
—Ese acuerdo ya no existe —respondió Leonardo, sin mirarlo siquiera—. Ella viene conmigo. Será mi asistente directa.
Me sonroje de inmediato, No sabía si era vergüenza, enojo o simplemente el efecto que él siempre tenía sobre mí.
—Pero yo quiero quedarme aquí —dije—. Ya me explicaron mis funciones y estoy lista para empezar.
Leonardo me miró muy enojado y autoritario.
—No. Tú vienes conmigo. Soy el dueño y aquí se obedece lo que yo diga —gruñó.
Su voz fue tan dura que varios empleados voltearon desde el pasillo. Me sentí expuesta, Paul dio un paso hacia adelante.
—No tiene sentido, papá. Ella no tiene la experiencia para un puesto tan alto.
—Yo decidiré qué experiencia necesita —respondió Leonardo —. Y ya dije que estará conmigo. Fin del tema.
No esperó respuesta. Se dio media vuelta y salió de la oficina, yo tenía que seguirlo automáticamente. Me quedé unos segundos en silencio, apretando fuerte las flores que Paul me había dado.
Era inútil discutir en ese momento. Respiré hondo, dejé las flores en el escritorio y seguí a Leonardo.
La oficina que me asignó estaba pegada a la suya. Era amplia, elegante y demasiado visible desde donde él trabajaba. Me molesté más al notar que incluso desde su silla podía verme al levantar la mirada.
Entré sin decir nada y dejé mi bolso en el escritorio. Estaba todavía tensa.
Él cerró la puerta detrás de mí y se apoyó en el marco, observándome, como si nada de lo que había hecho hubiera pasado
—Voy a darte tus tareas —dijo.
No me voltee hacia él. No confiaba en mi cara, pero no podía quedarme callada.
—Leonardo, sé que soy una empleada —dije con la voz firme—, pero no voy a tolerar que me grites delante de todos. No fue profesional ni respetuoso. No soy una niña y no puedes tratarme así.
Él caminó hacia mí sin prisa. Cuando estuvo a un paso, bajó la voz.
—No te voy a volver a gritar.
Lo miré de frente, molesta aunque nerviosa
—Eso espero.
Su expresión cambió. Se volvió más intensa, más peligrosa. Se inclinó un poco h
acia mí, lo suficiente para que sintiera su respiración.
—No, Aurora —susurró—. No voy a gritarte, porque lo que quiero es hacerte hacerte gritar a ti.
