Capítulo 3 3

Capítulo 3

Me armé de valor y lo miré a los ojos. Sentía el corazón acelerado, pero no iba a dejar que siguiera acercándose así.

—Mantén tu lugar, Leonardo —le dije—. Eres el amigo de mi papá. Y te vas a casar con su hermana. No puedes hablarme así.

Esa frase lo detuvo. Dio un paso atrás, aunque no parecía arrepentido. Solo me observó con una expresión seria, analizando cada palabra que había dicho.

—Muy bien —respondió—. Entonces dime qué piensas de lo que viste ayer. De mí… tocándome pensando en ti.

Tragué saliva, quise mantener la calma y no verme nerviosa

—Para mí eso no pasó —contesté, sin moverme.

Él levantó una ceja.

—No lo parece. Ayer se te notó… que lo disfrutaste.

Sentí el rubor subírseme a la cara.

No iba a darle más poder del que ya tenía. Caminé hacia la mesa y me senté, intentando recuperar la distancia profesional. Tomé el teléfono justo cuando empezó a sonar y contesté con la voz más formal que pude. Él se quedó allí, mirándome, como si le divirtiera verme intentar comportarme profesional

El resto del día seguí igual, evitando mirarlo demasiado. Cuando llegó la noche, estaba lista para irme. Había guardado mis cosas y me había puesto el abrigo cuando él apareció en la puerta con varias carpetas.

—Antes de irte, necesito que archives esto.

Me extendíolas carpetas, abrí los ojos sin mirarlo mucho.

—Leonardo, puedo hacerlo mañana.

—No. Es ahora —dijo, sin dar espacio a discusión.

Paul apareció detrás de él y sonrió al verme.

—Si quieres, me quedo contigo y te ayudo.

Leonardo lo regaño de inmediato.

—Tú tienes una cena de negocios. No llegues tarde.

Paul dudó, pero terminó obedeciendo. Cuando se fue, me quedé sola con Leonardo, sintiendo la tensión en el aire.

Empecé a archivar los documentos. Me agachaba, revisaba nombres, fechas, intentaba concentrarme. Pero él se acercó por mi espalda, demasiado cerca.

—Si quieres, puedo ayudarte —susurró a mi oído.

Me aparté un poco.

—No. Puedo sola.

Él sonrió, y lo escuché aunque no lo estuviera mirando.

—Claro que puedes sola. Ser novata no significa que no sepas… satisfacerte —dijo en un tono suave, casi burlón—. Esta oficina está vacía. Si quieres liberarte después de lo de ayer, puedes hacerlo.

No respondí. Seguí archivando, tratando de ignorarlo. Pero sus palabras comenzaron a repetirse en mi mente cuando se fue y me dejo sola.

La imagen de él la noche anterior. La forma en que me miró, lo que dijo, lo que hizo con mi ropa.

Nunca había fantaseado tan fuerte con algo real. Siempre había sido solo eso: fantasías. Y ahora sabía que él también había pensado en mí.

Me temblaron las manos. Cerré una carpeta sin orden, respiré hondo y me senté en la silla. No podía ignorarlo más. Estaba sola. Él se había ido a su oficina. Y yo estaba ardiendo por dentro.

Abrí un poco las piernas y metí la mano debajo de mi falda.

Estaba empapada. Deslicé los dedos por encima de las bragas, presionando mi clítoris, pero era torpe. Casi nunca me masturbaba, no sabía bien cómo. Me bajé un poco las bragas hasta las rodillas, abrí más las piernas y empecé a tocarme frotando el clítoris en círculos, metiendo un dedo apenas en mi entrada porque dolía un poco de lo apretada que estaba.

Respiraba agitada, con los ojos cerrados, imaginando la polla gruesa de Leonardo entrando en mí. Gemía bajito, moviendo las caderas contra mi mano, sintiendo cómo me mojaba más, cómo mis labios se hinchaban.

Abrí los ojos de golpe y ahí estaba él.

Leonardo estaba parado en la puerta, con los brazos cruzados, mirándome sin decir nada.

Yo estaba agitada, con la respiración cortada, todavía sin reaccionar del todo. Él me observaba como si ya supiera exactamente lo que había pasado. Caminó hacia mí con pasos lentos.

—Se nota que eres inexperta —dijo en voz baja.

Me cubrí un poco con las manos, aunque ya era inútil. Sabía lo que había visto. Yo respiraba rápido, tratando de volver a la realidad.

—¿Puedo ayudarte? —preguntó, acercándose más—. Si realmente lo quieres.

No podía hablar. Mi cuerpo estaba todavía sensible, tembloroso. Ni siquiera entendía qué estaba haciendo. Solo asentí con la cabeza. Fue automático, impulsivo.

Él me tomó de la cintura con firmeza y me levantó de la silla, Me sentó encima del escritorio, empujando las carpetas al suelo.

Me abrió la blusa de un tirón, los botones saltaron, y bajó mi sostén exponiendo mis senos. Empezó a besar mi cuello, mis pechos, chupando un pezón mientras con la otra mano masajeaba el otro.

Bajó su mano entre mis piernas, apartó la mía y empezó a masturbarme él. Sus dedos sabían exactamente qué hacer: frotaban mi clítoris en rápido y luego lentos, metía un dedo grueso dentro de mí, despacio, porque estaba muy apretada, y lo movía adentro mientras con el pulgar seguía en mi clítoris.

—¿Está bien así? —preguntó contra mi oído—. ¿Quieres que vaya más lento? ¿Te gusta?

—No... no pares... sigue... —gemí, agarrándome de sus hombros.

Me recosté contra su hombro, oliendo su colonia, sintiendo su aliento caliente. Sus dedos se movían más rápido, el sonido húmedo de mi coño llenaba la oficina. El placer subía y subía, nunca había sentido algo así.

Grité fuerte, todo mi cuerpo se sacudió, mi intimidad se contrajo alrededor de sus dedos una y otra vez, mojando su mano en mientras tenía el primer orgasmo de mi vida. Las piernas me temblaban, me aferré a él, jadeando contra su cuello.

El sacó los dedos despacio y los lamió mirándome a los ojos, sonriendo.

Traté de cerrar la blusa con manos temblorosas. Pero la culpa llegó tan rápido como el placer. Me limpié el rostro y me acomodé el cabello. No podía mirarlo.

—Esto no puede pasar —dije con un hilo de voz—. Tú eres el novio de mi tía. No puede pasar.

Leonardo no se movió. Me tomó el rostro y me besó

—¿Quieres ser mi amante? —preguntó en voz baja.

Lo miré sorprendida, indignada, herida. Le di una cachetada sin pensarlo.

—No soy tu amante —le dije con rabia—. Y esto no pasó. No pasó, ¿me entiendes? Me olvidaré de esto.

Él me sujetó de la cintura antes de que pudiera alejarme más. No me lastimó, pero sí me dejó claro que no iba a permitir que me escapara tan fácilmente.

—Esto ya empezó, Aurora —dijo con seguridad—. Y aunque los dos digamos que no lo queremos, va a seguir avanzando. No tienes idea de lo mucho que me contuve hoy. Si no me hubiera controlado, te habría hecho el amor aquí mismo.

Sentí un escalofrío. Su mirada era honesta e intensa. Me besó otra vez, fuerte, decidido. Yo puse las manos en su pecho para detenerlo, pero mi cuerpo no respondió como yo quería. Era como si estuviera atrapada entre lo que debía hacer y lo que quería hacer.

Y entonces escuchamos el sonido de la puerta.

Los dos nos s

eparamos de golpe. Yo me bajé del escritorio tan rápido como pude. Él se giró hacia la entrada justo cuando Paul en

tró con una caja de pizza en las manos.

—¿Papá? ¿Qué haces aquí? —preguntó Paul, mirando la escena sin entender nada.

Capítulo anterior
Siguiente capítulo