Capítulo 4 4
Capítulo 4
Los tres estábamos tensos. Yo me hice la distraída, Paul dejó la pizza sobre la mesa y Leonardo se aclaró la garganta, como si necesitara romper la incomodidad.
—Terminé mi reunión más temprano —dijo Leonardo, con un tono controlado—. Vine a ayudar a Aurora. No quiero que mi mejor amigo piense que su hija es mi esclava.
Sentí un ligero temblor en el estómago. No sabía si lo decía para protegerme o para ocultar lo que había pasado. Paul miró el escritorio, donde todavía había papeles sin archivar.
—Parece que aún falta mucho —comentó.
—No importa —interrumpió Leonardo antes de que yo dijera algo—. Aurora puede dejar esto para mañana. Está cansada. Llévala a casa, Paul.
Paul asintió sin discutir. Yo solo tomé mis cosas. No quería quedarme ni un minuto más en esa oficina con Leonardo después de lo que acababa de pasar. Paul me abrió la puerta del auto y subimos.
Durante el camino, él iba serio, pero no molesto. Parecía más pensativo que otra cosa.
—Perdón por lo de mi papá —dijo finalmente—. Es muy exigente con el trabajo. A veces se le pasa la mano. No debió hablarte así delante de todos.
Yo miré por la ventana. No sabía qué contestar. Tenía demasiadas cosas en la cabeza.
—Me alegra que se case con Susan —continuó—. Después de que mamá murió pensé que él nunca iba a enamorarse de nuevo. Solo tenía… aventuras.
Eso llamó mi atención.
—¿Qué tipo de aventuras? —pregunté.
Paul suspiró.
—Mujeres jóvenes. Sugar babys. Él les pagaba todo, Viajes, departamentos, regalos. Ya sabes cómo es ese ambiente.
Sentí un golpe seco en el pecho. Era absurdo, pero escuchar eso de Paul me revolvió el estómago, ahora entendía su propuesta y que solo me quería para han aventura.
—No quiero estar cerca de ese tipo de juego —dije, sin pensarlo demasiado.
Paul me miró de reojo.
—Yo no estoy jugando —respondió con seriedad—. Aurora… quiero algo serio contigo. Ya no soy el niño tonto que te molestaba. Soy un hombre adulto y sé lo que quiero.
Mi corazón dio un vuelco, No sabía cómo manejar esa conversación después de todo lo que había pasado con su padre horas antes.
—Paul… necesito unos días. No puedo tomar una decisión así de rápido.
Él asintió sin enojarse.
—Está bien. Solo quiero que lo pienses. —Hizo una pausa y luego añadió—. ¿Qué te parece si me das tu respuesta en el anuncio del matrimonio de mi papá y tu tía? Será en dos semanas.
Me sorprendió, pero también era un límite claro. Tiempo suficiente para pensar.
—Dos semanas —repetí—. Está bien.
El resto del camino lo hicimos en silencio.
Cuando llegué a casa, saludé a mis padres y subí directo a mi habitación. Me metí a la ducha.
El agua caliente me relajó un poco, pero también hizo que todos los recuerdos del día regresaran con más fuerza: la oficina, mi respiración acelerada, la forma en que Leonardo me tocó, lo que me hizo sentir.
Nunca había tenido un orgasmo antes. Nunca había pasado de simples caricias tímidas conmigo misma. Era virgen, sin experiencia, sin referencias reales. Y ahora tenía algo grabado en la piel que no podía olvidar, por más que supiera que estaba mal.
No debía sentir nada por él. No debía repetir lo que había pasado. No debía pensar en él así.
Pero mi cuerpo tembló solo de recordarlo.
Esa parte de mí, la que nunca había explorado, la que siempre había callado, ahora estaba despierta.
Y aunque me daba culpa admitirlo, quería volver a sentirlo.
No sabía cómo iba a enfrentar el día siguiente. No sabía cómo mirarlo a los ojos sin recordar cada detalle. Pero tenía que hacerlo. Era mi trabajo. Él era el novio de mi tía. Y yo tenía que ser fuerte.
Me puse la pijama, apagué la luz y me acosté, pero tardé horas en dormir. Mi mente iba y venía entre culpa, deseo, confusión y miedo.
Amanecí cansada. Dormí mal, con pensamientos que iban y venían sin control. Me levanté temprano porque no quería cruzarme con mis padres ni responder preguntas. Llegué a la oficina casi una hora antes de lo normal. Encendí la luz, me quité el abrigo y me puse a terminar lo que había dejado pendiente la noche anterior. Necesitaba concentrarme, pensar solo en papeles, nombres y archivos.
Cuando estaba guardando la última carpeta, escuché la puerta abrirse. Me giré y ahí estaba Leonardo. Traía una caja blanca en la mano.
—Buenos días —dijo con una expresión tranquila, como si no hubiera pasado nada entre nosotros—. Te traje donas.
Dejó la caja sobre mi escritorio y abrió la tapa. Eran de chispas de chocolate. Mis favoritas. Lo sabía desde que era niña.
—Sé que te gustan estas —añadió—. Siempre eras la primera en acabarlas cuando tu mamá las llevaba a la casa.
Me crucé de brazos para mantener distancia.
—Leonardo… no voy a convertirme en una de tus aventuras. Ya sé la reputación que tienes. No voy a ser tu sugar ni nada parecido.
Él se acercó un poco, pero no demasiado. Parecía medir mis reacciones.
—Tú jamás serías una aventura —dijo con firmeza.
No me moví. Sentí que si retrocedía, él iba a leerlo como una rendición. Él levantó sus manos y me tomó suavemente de las mejillas, obligándome a mirarlo a los ojos.
—Mírame, Aurora.
Lo hice, aunque me costó mantener la mirada fija.
—¿Sientes algo por mí? —preguntó.
Negué de inmediato.
—No. No siento nada. Esto… está prohibido. No podemos, Leonardo. No está bien.
Su expresión cambió. No parecía convencido.
—No te creo —dijo en voz baja—. Sé exactamente por qué te fuiste hace tres años. Te fuiste para alejarte de mí.
Sentí un golpe en el pecho, como si me hubieran descubierto un secreto que había enterrado muy hondo. Abrí los ojos sin poder ocultar mi sorpresa.
—¿Cómo sabes eso? —pregunté.
Él sonrió apenas, como si llevara años esperando esa pregunta.
—Porque yo te llevé al aeropuerto ese día —respondió.
Me quedé helada. Recordé ese día. Recordé su camioneta, su silencio extraño, la forma en que no me miraba directamente cuando se despidió. Yo pensé que solo estaba ocupado o cansado. Nunca imaginé que había entendido lo que sentía.
Leonardo rebuscó en el bolsillo interior de su saco y sacó algo pequeño.
Una libretita negra.
Mi respiración se detuvo.
—¿Esto te parece familiar? —preguntó.
Casi no pude hablar.
—Ese es… mi diario. Lo perdí el día del viaje.
—No lo perdiste —respondió él, sin apartar los ojos de mí—. Se cayó de tu bolso cuando bajaste del auto. Lo recogí. Y lo leí.
Sentí la cara arder de vergüenza. Me llevé una mano a la boca.
—Tú… ¿leíste todo?
—Sí. Cada página —respondió sin dudar—. Sabía que te gustaba escribir desde que eras niña, pero nunca imaginé que encontraría esto.
Me puse tensa. No sabía cómo defenderme. Ese diario era lo más íntimo que tenía. Ahí había escrito todo lo que nunca dije en voz alta: que me dolía verlo con Susan, que me confundía lo que sentía por él, que me estaba enamorando y que no podía soportarlo. Ese diario contenía la razón exacta por la que me había ido a Europa.
—No debiste leerlo —logré decir—. Era privado.
Él dio un paso hacia mí.
—Lo sé. Pero lo leí igual. Y desde ese día supe que, si regresabas… esto iba a pasar tarde o temprano.
—No, Leonardo… —intenté decir, pero él me silenció
—No mientas más. Lo que pasó ayer no fue casualidad. Lo que pasó en este escritorio tampoco. Tú me deseabas desde antes de irte. Y ahora que volviste, estás luchando contigo misma.
Sentí un nudo en la garganta. Me quedé sin palabras. Parte de mí quería correr. La otra parte quería que siguiera hablando.
—Esto no está bien —repetí, intentando convencerme a mí misma.
Leonardo dejó el diario sobre el escritorio, justo frente a mí.
—Lo que sientes no es malo, Aurora. Es real Y yo también lo siento.
Quise negar otra vez, pero no pude. La verdad estaba allí, entre nosotros, y ya no tenía
dónde esconderse.
—Dame una oportunidad de explicarte todo —dijo con voz suave—. No quiero confundirte más. Pero tampoco voy a fingir que no te quiero.
