Capítulo 5 5
Capítulo 5
Le arrebaté el diario de las manos. No lo pensé, solo lo hice. Lo apreté contra mi pecho queria borrar todo lo que había leído.
—No tenías derecho —le dije—. Eso era mío, mis secretos.
Leonardo no retrocedió. Sus ojos estaban fijos en mí, muy intensos.
—Desde que leí este diario no he dejado de pensar en ti —respondió.
Sentí cómo se me calentaba la cara. Sabía exactamente qué había escrito ahí. Cada palabra. Cada confesión. Incluso la parte más vergonzosa: la primera vez que me masturbé imaginándolo a él. Sentí las mejillas arder aún más. No soportaba la idea de que él hubiera leído eso.
—Leonardo… —susurré, sin saber qué decir.
Él dio un paso hacia mí.
—Ese amor que describiste —dijo con una voz más suave—. Esa mezcla de dulzura y deseo… No he leído algo tan sincero en mi vida.
Me tomó de la cintur
—Dime por qué nunca has tenido novio —preguntó—. ¿Por qué sigues siendo virgen a los veinticuatro?
Me quedé helada. No esperaba que lo preguntara así, tan directo. Bajé la mirada un segundo.
Era verdad. Una parte de mí siempre había querido que él fuera mi primer todo. Aunque fuera solo un sueño imposible.
Respiré hondo.
—Eso eran cosas de juventud —dije—. Ya soy mayor. Y tú… tú eres muy mayor para mí. Ya no me gustas. Además, ahora me gusta Paul.
La expresión de Leonardo cambió de inmediato. Su mandíbula se tensó.
—No me mientas —dijo con firmeza.
—Es verdad —insistí—. Hemos hablado incluso de ser novios.
Él negó con la cabeza.
—No sientes nada por él. No lo metas en esto.
—Sí siento —respondí, aunque sabía que sonaba débil—. Estoy pensando en darle una oportunidad.
Leonardo me tomó del rostro, sin brusquedad, pero con autoridad.
—Te prohíbo ser novia de Paul. O de nadie.
Y antes de que pudiera reaccionar, me besó.
Sus manos bajaron a mi cadera, apretandome hacia el, pegándome más a su erección que ya estaba dura como piedra, palpitando contra mi a través de la ropa.
Gemí dentro de su boca, mis pezones se endurecieron al instante, y sentí cómo me mojaba más, mis bragas estaban empapadas solo con ese beso.
Pero la puerta sonó y los dos nos separamos en un segundo. Me pasé la mano por los labios justo cuando Susan entró.
Nos miró a los dos. Su mirada iba de mi cara a la de Leonardo, como si buscara algo fuera de lugar.
—¿Qué pasa aquí? —preguntó, sospechosa.
Yo contuve la respiración. Leonardo fue más rápido.
—Aurora cometió un error con unos archivos —dijo con naturalidad—, pero no es nada grave.
Susan me miró y luego a él.
—No seas duro con ella. Es nueva, tiene que aprender.
Luego tomó a Leonardo del brazo.
—Ven. Tenemos que hablar.
Se lo llevó a su oficina. Yo me quedé allí, con el corazón golpeando tan fuerte que me dolía el pecho.
Mientras ellos se encerraban, intenté respirar hondo. Era como si el mayor deseo de mi vida estuviera frente a mí por fin. Pero también sentía miedo. Mucho miedo. Porque sabía que esto podía destruirnos a todos. Y aun así… el deseo me ardía bajo la piel.
Intenté concentrarme en el trabajo. Ordené documentos, corregí lo que quedaba. Pero sus voces empezaron a escucharse detrás de la puerta.
Mi tía se oía alterada.
—No puedes dudar ahora del matrimonio, Leonardo. Estamos a días de anunciarlo. Todo está listo. Es un hecho.
Él respondió más bajo, pero pude distinguir las palabras.
—No puedo. Estoy pensando en muchas cosas.
—¿Hay alguien más? —preguntó ella, elevando el tono—. ¿Necesito saber si hay una mujer que me está dando pelea?
Él no respondió.
—La voy a encontrar —dijo Susan, rabiosa—. Y la voy a destruir.
La puerta se abrió y ella salió caminando rápido, sin mirarme. Su expresión daba miedo.
Esperé unos segundos antes de entrar a la oficina. Leonardo estaba de espaldas, respirando hondo, como si intentara contener algo.
—¿Por qué estás haciendo esto? —le pregunté desde la puerta.
Él se giró despacio, y cuando me vio, su expresión se suavizó. Caminó hacia mí, me tomó de los brazos y me puso contra la pared, acorralándome sin tocarme demasiado.
—Por ti —susurró.
Su mano subió por mi pierna, apenas, rozando la tela de mi falda. Mi cuerpo reaccionó antes que mi mente.
—Verte… me ha revolcado la vida —murmuró en mi oído—. Necesito saber si tú estás dispuesta a enfrentar esto que nos está quemando.
Me dio un beso en el cuello. Mi respiración se agitó, mis manos temblaron.
Y entonces lo dije. Sin pensarlo.
—Sí.
Cuando dije “sí”, sentí que todo mi cuerpo reaccionaba antes que mi mente. Leonardo se quedó mirándome como si necesitara asegurarse de que lo había escuchado bien. Después apoyó una mano en la pared, a un lado de mi cabeza, acercándose más.
—Dilo otra vez —susurró.
No pude. Me temblaban los labios. Él sonrió apenas, como si ya supiera la respuesta. Su presencia era demasiado fuerte, demasiado intensa, Yo no sabía cómo resistir algo así.
—Aurora… —dijo, bajando la voz—. No tienes idea de lo que provocas en mí.
Su mano seguía en mi pierna, subiendo lentamente. Mi respiración se aceleró y tuve que apoyarme en la pared para no perder el equilibrio.
—Leonardo… no podemos —logré decir, aunque mi voz sonaba más débil de lo que quería.
—No me mientas —respondió, acercando sus labios a los míos sin llegar a tocarme—. No después de lo que pasó. No después de lo que sentiste.
Y entonces me besó.
Sentí su erección dura presionada contra mi vientre, gruesa, palpitando a través de los pantalones.
Su mano siguió subiendo, los dedos se colaron por debajo de mis bragas, rozando mis labios ya mojados.
Gemí bajito sin poder evitarlo, mi coño se contrajo solo con su toque.
Me besó el cuello, lento, chupando la piel, dejando una marca húmeda. Su dedo medio se deslizó entre mis pliegues, encontrando mi clítoris y frotándolo despacio, en círculos que me hicieron temblar.
—Dime que sí, Aurora —repitió, mordiendo suave el lóbulo de mi oreja mientras metía apenas la punta del dedo en mi entrada, sintiendo lo apretada y virgen que estaba.
No pude más. El deseo me subió por todo el cuerpo, quemándome el pecho, el vientre, el coño.
—Sí —susurré, jadeando—. Sí...
