Capítulo 6 6

Capítulo 6

Sus besos en mi cuello me dejaron sin aire. Sentí sus manos recorrerme con seguridad, como si supiera exactamente dónde tocar para hacerme temblar. Intenté concentrarme, pero no pude. Estaba perdida en él, en su olor, en la forma en que respiraba contra mi piel.

—Quiero que seas mi maestro —susurré jadeando, mientras lo acariciaba por encima—. Soy inexperta... enséñame todo.

Leonardo sonrió contra mi cuello, sacó su dedo de mí y lo lamió mirándome a los ojos.

—¿Qué quieres aprender primero, Aurora? —preguntó con voz ronca.

Tragué saliva, el corazón latiéndome fuerte.

—Quiero aprender a usar mi boca... en ti.

Él soltó una risa baja, se apartó un poco y se sentó en el sillón de la oficina. Se desabrochó el pantalón, bajó el cierre y sacó su polla dura, grande.

—Ven aquí, gatita —dijo, señalando el suelo frente a él—. En cuatro, como una buena alumna.

Me arrodillé entre sus piernas, a cuatro patas, con la cadera en alto y la cara frente a su polla. Olía a hombre, a deseo. Él la agarró de la base y la acercó a mi boca.

—Primero, sácale la lengua y lame desde abajo hasta la punta, despacio.

Obedecí. Saqué la lengua y lamí la parte de abajo de su verga, subiendo lento, sintiendo las venas, el calor. Llegué a la cabeza y lamí el líquido salado que salía.

—Buena chica —gimió—. Ahora chúpala como si fuera un caramelo. Métetela en la boca y succiona.

Abrí la boca y me metí la cabeza, chupando fuerte, moviendo la lengua alrededor. Él agarró mi pelo suave y me guió, empujando un poco más adentro.

—Mueve la cabeza arriba y abajo,

Aurora. Usa la mano en la base para masturbarme mientras chupas. Así... joder, sí.

Lo hice. Mi boca subía y bajaba por su polla, la mano bombeando lo que no entraba, todo mojado de mi saliva. Él gemía fuerte, diciendo cosas calientes:

—Mírate, mi alumna virgen chupando polla como una puta... tan rica tu boca caliente...

Me preguntó jadeando:

—¿Quieres probar mi leche? ¿Quieres que me corra en tu boca y te lo tragues todo?

Asentí con su polla todavía adentro, mirándolo a los ojos.

—Entonces abre bien esa boca de niña buena —ordenó.

Se sacó de mi boca, agarró su verga con fuerza y empezó a masturbarse rápido delante de mi cara, la punta rozando mis labios abiertos.

—Mírame... abre más... así...

Gruñó fuerte y el semen salió en chorros directo en mi boca, en mi lengua, salpicando mis labios. Era mucho, salado. Seguí con la boca abierta mientras él ordeñaba su polla.

—Trágatelo todo, Aurora —dijo jadeando.

Tragué, sintiendo cómo bajaba por mi garganta, y lamí mis labios para limpiar lo que quedó.

Cuando todo terminó, mis piernas no me respondían. Me tomó unos segundos poder levantarme. Caminé hacia el baño todavía temblando. Me miré al espejo: tenía las mejillas rojas, el cabello desordenado y una expresión que jamás había visto en mí. Me limpié despacio, tratando de ordenar mi cabeza.

Era una locura. Una completa locura.

Pero yo quería estar con él. No solo un momento. No solo en secreto.

Lo quería entero, aunque me diera miedo admitirlo.

Respiré hondo, me acomodé la ropa y salí del baño. Leonardo estaba sentado en el sillón, mirándome como si aún pudiera sentir lo que había pasado.

Me quedé parada frente a él, nerviosa, pero decidida.

—Necesito saber algo —dije nervios—. ¿Vas a terminar con Susan?

Leonardo levantó la mirada. No dudó.

—Sí —respondió—. Tengo que hablar con mi mejor amigo y explicarle todo.

Sentí un pequeño alivio, mezclado con miedo.

—¿Y lo nuestro? —pregunté despacio—. ¿Algún día será oficial? ¿O siempre será un secreto?

Él se puso serio.

—Necesito un par de semanas —dijo—. No solo para terminar con Susan, sino porque tu padre… nunca entenderá que me enamoré de su hija.

Tragué saliva. Mi padre siempre lo había visto como un hermano. La idea de que pudiera descubrir esto me congelaba.

—Estoy dispuesta a esperar —dije, sin pensarlo demasiado—. Si todo esto es real… puedo esperar.

Él se levantó, caminó hacia mí y me tomó de la cintura.

—Dímelo —susurró—. Dime que me amas.

Sentí un nudo en la garganta. Lo había guardado tanto tiempo que al decirlo, me dolió y me liberó al mismo tiempo.

—Sí —respondí—. Te amo desde hace mucho.

Leonardo sonrió apenas y me besó de nuevo. Puse mis manos en su cuello, sin miedo esta vez.

—Lo que pasó fue lo más excitante de mi vida —confesé, sin poder evitarlo—. Nunca imaginé tenerte así… nunca pensé sentir algo así.

Él me besó el cuello

—Puedo enseñarte mucho más —murmuró.

Mi cuerpo reaccionó a sus palabras. Yo también quería eso. Todo eso. Pero tenía que respirar, pensar, no dejar que todo se me escapara de las manos tan rápido.

Salimos de la oficina todavía con la respiración alterada. Yo llevaba mi bolso abrazado al pecho, intentando parecer tranquila, aunque sabía que Leonardo podía notar cada detalle de mi nerviosismo. Él caminaba a mi lado con esa seguridad que siempre tenía, Yo, en cambio, sentía que cada paso me hundía más en algo sin regreso.

—Vamos a mi departamento —me dijo en voz baja, sin mirarme—. Necesito hablar contigo sin interrupciones.

Asentí, aunque mi corazón latía tan fuerte que casi me dolía. Íbamos directo al ascensor cuando escuchamos una voz detrás.

—¿A dónde van?

Nos giramos al mismo tiempo. Paul venía por el pasillo con una carpeta en la mano. Cuando se acercó, noté que primero me miró a mí y luego a Leonardo, como si intentara descifrar algo.

Leonardo fue más rápido.

—Aurora me acompañará a revisar unos documentos pendientes —dijo con naturalidad—. Es algo rápido.

Paul frunció el ceño, como si no estuviera convencido.

—Aurora —dijo acercándose a mí—. ¿Ya pensaste en lo que te dije?

Yo sabía a qué se refería. La propuesta de noviazgo. Esa que ahora se sentía aún más imposible.

Él tomó mi mano con suavidad, y eso me puso más nerviosa todavía.

—¿Puedes darme tu respuesta ahora? —preguntó.

La garganta se me cerró. Tenía que inventar algo, no podía decirle la verdad. No podía herirlo así, ni tampoco revelar lo que estaba pasando con su padre.

—Paul… no creo que sea buena idea que seamos novios —dije despacio—. Apenas estamos retomando contacto. Necesitamos conocernos mejor antes de pensar en algo así.

No era una mentira total, pero tampoco era la verdad completa.

Paul bajó la mirada un momento, como si lo estuviera procesando.

—Entonces… ¿todavía no descartas la posibilidad? —preguntó, buscando esperanza.

Me dolió decirlo, porque sabía que esa esperanza no existía.

—Podemos hablarlo en la fiesta del compromiso —respondí.

Él sonrió débilmente y soltó mi mano. Antes de irse, me miró como si todavía creyera que tenía una oportunidad.

Leonardo estaba rígido, con la mandíbula apretada. Apenas Paul desapareció por el pasillo, me tomó del brazo.

—Vámonos —dijo con un tono seco, casi molesto, estaba celoso.

Cuando subimos al auto, cerró la puerta con más fuerza de la necesaria. Yo me acomodé en el asiento y él arrancó sin decir nada. El silencio duró unos segundos, hasta que puso su mano sobre mi pierna.

—No quiero que Paul te toque —murmuró, acariciando la parte interna de mi muslo—. No quiero verlo cerca de ti.

Me estremecí.

—No voy a estar con él —dije, apoyando mi mano sobre la suya—. Leonardo… yo soy tuya desde siempre. Paul nunca ocupará tu lugar.

Sus hombros se relajaron apenas. Me miró de reojo, como si necesitara confirmarlo una vez más.

—En tu diario… —empezó a decir—. Leí que querías que yo fuera el primero. Que era tu mayor deseo.

Mi corazón dio un salto. Sentí vergüenza, pero no la suficiente para mentir.

Asentí.

—Sí. Es verdad. Es lo que más quiero.

El ambiente dentro del auto cambió por completo. Yo podía sentirlo, casi podía tocarlo. Él dejó de mirar al frente y clavó los ojos en mí. Había algo en esa mirada que me ató por completo.

—¿Quieres entregarte a mí? —preguntó en voz baja.

El mundo pareció detenerse.

—Sí —respondí—. Si lo deseo…y si quieres ...puedes tomarme ahora.

Leonardo apretó el volante. Su respiración cambió. Su mirada e

ra una mezcla de deseo y algo más profundo, algo que no había visto en él antes.

—Aurora… —murmuró, conteniéndose—. No sabes cuánto he deseado escucharte decir eso.

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