Capítulo 7 Capítulo 7. Ponme a prueba
Conduzco sin rumbo por la ciudad, no me atrevo a regresar a casa todavía; necesito calmar esta rabia candente que corre por mis venas.
«¿Cómo se atreve ese maldito?».
Quiero gritar. Gritar hasta desgarrar mi garganta.
«¿Cómo se atreve a amenazarme de esa forma tan vil?».
Por mi rostro caen lágrimas de frustración, dolor y furia. Mis nudillos están blancos de tanto apretar el volante y mi cuerpo lo siento tenso, demasiado rígido. Miro al frente sin atreverme casi a pestañear; muerdo tan fuerte mis labios que comienzo a sentir el dolor, pero no me detengo. Ni siquiera puedo saber si respiro con normalidad; es tanta la desgracia en la que me voy sumiendo que no soy consciente de nada más. Solo recuerdo las palabras de ese enfermo. Las repito en mi mente una y otra vez.
—Maldito —murmuro entre dientes.
Tengo que detener el auto en un semáforo y sin poder aguantar más termino soltando mis frustraciones golpeando el volante una y otra vez. Grito, mientras muevo mi cabeza a un lado y a otro sin descanso, como si fuera una loca. Y si no fuera porque a estas horas las calles están desiertas, seguro muchos lo pensaran; aunque me importaría una mierda.
La luz del semáforo se pone de color verde y es hora de avanzar. Doy vuelta en U para regresar por la avenida e ir hasta la casa, ya pasé demasiado tiempo lejos de Audrey y mañana ya no podrá ser nuestro día. Por un momento pienso que, de haberme quedado callada, todo hubiera sido diferente; pero conociendo los pocos escrúpulos de Richard habría utilizado cualquier justificación para llevarme hasta donde él desea. Ahora debo mantener un perfil bajo, tranquilo y respetuoso, porque no me gustó nada de nada la forma en que me dijo sus últimas palabras. Ponme a prueba. La expresión maliciosa de su rostro, casi desquiciada, me da un norte de lo obsesionado que está con que yo trabaje para él.
—Debo tener cuidado —susurro.
Solo mi voz se escucha en el interior de mi auto, además del ruido constante de cuanta pieza hay dentro de él. Sin embargo, puedo notar en mi propio tono una decisión. Una que tomo sin pensarlo mucho, pero a sabiendas de que es la única forma de sobrevivir en este mundo horrible y cuidar a los míos. Debo acatar sus órdenes, por el momento haré lo que dice; pero ahora tendré que andar con más cuidado que antes. Lo que sí no aceptaré nunca es que me someta; daré los bailes privados, pero nada más. Y lo haré con mis reglas.
El hecho de que me haya amenazado con mi hija demuestra que no quiere dejarme ir. Yo soy su mina de oro y sabe que, aunque no pueda conseguir otra cosa, hay cientos de clubes de striptease en la ciudad. Tiene claro mi carácter, pero conoce mi punto débil. Si algo le pasara a Audrey, yo me moriría.
Resoplo, mientras sigo mi camino hacia la casa. Odio sentirme acorralada y así es como estoy ahora mismo; entre mis principios y mi mayor temor.
En estos momentos es inevitable volver a lo que fue mi vida antes del club. Antes de que la desesperación llenara cada espacio y tuviera que salir a la calle en busca de un sustento. Y no es por el hecho de que tenga que trabajar, porque siempre he sido muy capaz de entender las responsabilidades, la situación está en que fue en el peor momento. Quedarme sola con Audrey y, además, sin dinero, no era algo que siquiera considerara. Tuve que contener mi dolor, mi desengaño, con tal de buscar qué hacer y no quedarme en la calle.
Tal vez sea por eso que no he podido avanzar del todo, que mi odio y mi desconfianza crecen cada vez más. Porque me vi obligada a despertar solo cuando terminé estampada contra una pared de traición.
La felicidad era más grande que nunca. Por fin había dado a luz a mi pequeña Audrey y todo iba perfectamente bien. Aunque a nuestra vida habían llegado las noches sin dormir y el cansancio constante, también habíamos conocido el mayor amor que se puede sentir. El miedo y la ansiedad ante cualquier detalle o situación anormal comenzaron a formar parte de nuestro día a día; pero las sonrisas y los avances en el crecimiento de nuestra bebé podían superar todas esas preocupaciones que ya vivirían siempre dentro de nosotros.
A Ernesto le iba muy bien en su trabajo, incluso había decidido invertir nuestros pocos ahorros para convertirse en socio de la empresa y así tener otros ingresos. Sin embargo, cuando Audrey tenía solo dos meses, todo cambió.
Eran casi la una de la madrugada y Ernesto no había llegado. Audrey había acabado de dormirse luego de una intensa noche queriendo alimentarse sin parar. Debía descansar y reponer energías para el próximo día, pero estaba preocupada por Ernesto. Lo había llamado varias veces, pero siempre saltaba al buzón. En ocasiones él llegaba tarde, pero avisaba antes; hoy no había recibido ni un mensaje suyo.
En la nueva casa donde vivíamos caminaba de un lado a otro, sin parar. No podía dormir por más que lo intentara y es que me extrañaba demasiado ese comportamiento. Tenía miedo de que algo malo hubiera sucedido. Sentía frío en mi interior, a pesar de que no era un día de invierno; los temblores no me dejaban tranquilizarme y estaba comenzando a desesperarme. Hasta que al fin llegó.
Sentí la puerta de entrada abrirse y luego cerrarse con fuerza. Corrí hasta el salón y lo vi allí, aguantándose de las paredes para sostenerse y a punto de caer. Su traje estaba todo desordenado, la camisa por fuera y la chaqueta ya no la traía; apestaba a alcohol. En ese momento me sentí impotente. No conocía los motivos para que estuviera actuando así, pero me dolía en el alma que hiciera algo como eso. Hasta ahora habíamos sido uno solo, compenetrados y amándonos sin medida. Siempre sonrientes, felices y orgullosos, por todo lo que habíamos logrado.
—Estás borracho —dije, sintiendo mi sangre hervir ante su estampa.
Él levantó la cabeza al escuchar mi voz y pude ver sus ojos. Rojos. Vidriosos. Pensé que haría o diría algo, pero no hizo nada. Solo mirar sin decir palabra alguna.
—¿No dirás nada? —pregunté, aunque no esperaba una respuesta.
Me crucé de brazos cuando Ernesto intentó pasar por mi lado todavía aguantándose de las paredes. No se dignó a darme una explicación y eso era más doloroso que humillante.
—Amaia, solo…déjame dormir en paz.
Abrí la boca sorprendida y sentí como si una fiera despertara en mi interior.
—Es decir, que llegas a estas horas después de perderte todo el día, ¿y tengo que soportar que me ignores olímpicamente?
Ernesto puso una mano en su cabeza, como si mi tono alzado de voz le provocara dolor de cabeza.
—Amaia, por favor, no estoy para dramas.
—¿Perdón? —Sentí como si mi corazón se agrietara ante ese comportamiento—. Pues si no te gusta que te esté reclamando, no actúes así. Explícame de una vez qué está pasando y luego puedes irte a dormir.
Él resopló y pellizcó el puente de su nariz con sus dedos. Su respiración profunda y acelerada me daba una idea de lo molesto que estaba. Por más que estuviera impactada con su forma de actuar no podía permitir que me faltara el respeto así.
—Ernesto, llevo todo el día llamándote y ya estaba preocupada. ¿No podías llamarme y decirme que estabas…bebiendo? —Lo señalé, para mostrarle su propio estado.
—Te dije que no quería hablar ahora —murmuró, aguantando las ganas de gritar. Lo conocía y sabía que algo estaba sucediendo.
—No entiendo tu comportamiento —reclamé, casi a punto de las lágrimas.
Después de todo un día con el credo en la boca, para que él llegara a tratarme como si no le importara nada. Y al parecer, era así.
—¿No entiendes? —gritó con fuerza. Me sobresalté y me asusté con el tono enojado de su voz—. ¿Quieres que te explique lo que me pasa? Después del día de mierda que he tenido solo quiero olvidarme de todo y resulta que mi mujer no puede darme siquiera eso.
Con cada nueva palabra que salía de su boca mi pecho se apretaba más y las lágrimas se acumulaban. Una de ellas se escapó y bajó por mi mejilla. La sequé con dolor y con rabia, pero no pretendía demostrarle cuánto daño me había hecho.
—No me…
—¡Amaia, carajo!, ¿no entiendes que todo se fue a la mierda? —gritó otra vez, frustrado. Fruncí el ceño, sin entender de qué estaba hablando—. Me quedé sin nada.
Un temblor me recorrió y sentí que mis piernas fallaban.
—¿Qué estás diciendo? —pregunté con tono bajo.
Él resopló varias veces, alterado. Yo me mantuve en el lugar, rogando para que no fuera lo que estaba pensando. Ernesto daba vueltas sobre sí mismo y se llevaba las manos a la cabeza una y otra vez. Hasta que cayó de rodillas con lágrimas mojando sus mejillas.
—Lo perdí todo, no tenemos nada.
Un estremecimiento me recorrió el cuerpo y corrí hasta donde él estaba. Me arrodillé a su lado y tomé su rostro entre mis manos. En esos momentos poco me importaba su mala forma, necesitaba saber por qué llegó hasta ese punto.
—Por favor, dime qué sucede.
Alzó su mirada y me observó fijamente. Ahora su expresión era de angustia y temor. De solo verlo, presentí lo que venía, lo que diría a continuación. Cerré los ojos cuando abrió la boca para hablar.
—La empresa quebró, perdí mi trabajo…y perdí todos nuestros ahorros.
Esa noche Ernesto lloró en mis brazos y yo lo hice junto a él. A un lado quedó su comportamiento brusco e injusto, pero podía entenderlo. No era para menos el hecho de que nos habíamos quedado sin nada. Todos nuestros sueños se rompieron y la desesperación volvió a llenar cada espacio. Poco a poco nos encaminamos a un punto de no retorno, en nuestra relación y en nuestras vidas. Pero yo tenía esperanzas de que lo resolveríamos, porque el amor hace eso, se apoya en las buenas y en las malas. Yo tenía fe.
Y aunque nunca fui ciega, tampoco esperaba que lo peor estuviera por venir.
