Capítulo 8 Capítulo 8. Yo tenía fe

La noche termina conmigo abrazada a mi hija, intentando dormir. Entre todos los recelos, la incertidumbre y los viejos recuerdos, no logro conciliar el sueño. Para nada influye el cansancio físico, menos el mental; para darle un poco de descanso a mi cuerpo.

Tengo miedo y no puedo negármelo. No a mí misma.

Puedo aparentar seguridad, puedo ser una perra orgullosa si hace falta; todo por mantener esa imagen de mujer fuerte e inalcanzable. Pero no soy de hierro, sangre corre por mis venas y siento temor, como todos. Sé cuales batallas puedo enfrentar y cuáles no; y la que se avecina, es una que debo jugar con cuidado. Tengo claro que no me rendiré ante nadie, mucho menos por el enfermo de Richard, pero debo aguantarme el carácter para no terminar perjudicada.

Mañana será un día largo y duro. No sé para qué me quiera Richard en el club tan temprano, nunca antes me había exigido tal cosa. Mis coreografías suelo montarlas yo misma y no necesito supervisión para hacer nada más.

Supongo que ya sabré el motivo.

También me da curiosidad saber si el verdadero dueño del club sabe sobre los nuevos cambios; tanto de servicios, como de reestructuración. Nunca antes, en los cuatro años que llevo trabajando ahí, he visto al supuesto mandamás; así que dudo que esté al tanto de eso o que le importe siquiera.

Audrey se remueve en sueños y se acurruca contra mí. Sentir su necesidad me hace sonreír enternecida y paso mi mano por su cabeza mientras la observo dormir. Su respiración es pausada y su expresión relajada. Ella es feliz. A pesar de todo, he logrado que así sea.

—Por ti haré todo —susurro, recordando la amenaza de Richard y sintiendo mi sangre helada otra vez.

Cierro los ojos y una lágrima cae, hasta perderse en mi almohada. Suspiro y trato de dormir.

—Valdrá cada segundo si es por ti.

Me convenzo de que así será. No hay motivos más fuertes y que logren mover el mundo que el sacrificio y el amor de una madre. Y yo entregaré todo lo que tengo por asegurar su bienestar.

Lo último que hago, antes de entregarme a los brazos de Morfeo, es pensar en Ernesto y en todo lo que se está perdiendo.


Entro al club cerca de las nueve de la mañana. Puedo ver que somos unas cuantas las que fuimos citadas el único día libre que tenemos. Sin embargo, a diferencia de mí, las demás que aquí están no parecen molestas. Por el contrario, parecen emocionadas, incluso, con los nuevos ensayos. Porque sí, son ensayos lo que están haciendo. Muchas visten sus atuendos cómodos mientras prueban a subir y bajar por el tubo o hacer figuras incompletas.

Decido sentarme a observarlas antes de que llegue Richard y me mande a cambiarme. Más o menos, cuatro chicas están sobre las diferentes pistas ensayando o esperando su turno para usar el tubo. Entre ellas esta Ámbar, que ahora baila al ritmo de Dark Horse.

Puedo decir que se observa a la legua la superioridad respecto a las demás, aunque igual comete errores que otra no notaría; pero yo sí. A pesar de saber eso, me quedo callada. No doy consejos y mucho menos daré a entender que estoy al tanto de las habilidades de las demás. No es mi trabajo y tampoco creo que lo agradezcan.

Sin embargo, mi disimulada observación no pasa desapercibida para la tal Ámbar, que al momento se ve que intentará ponerme en evidencia. Lo que ella no sabe es que se llevará una muy buena lección.

—Miren, la Reina del Club ya llegó. —Alza la voz para que todas la escuchen. La mayoría de las chicas dejan de hacer lo que están haciendo para verla acercarse a mí—. ¿A qué se debe el honor, Su Majestad?

Hace una reverencia burlona y cuando vuelve a incorporarse, sonríe mordaz. Yo solo alzo una ceja inquisidora y no me inmuto. La observo como quien mira a algo sin importancia y puedo ver que eso la enciende; porque no resulta como ella pretende.

—¿Vas a fingir que estás trabajando como el resto de nosotras o esperas que esto también te lo pongan en bandeja de plata? —pregunta, como la supuesta vocera y representante sindical, al parecer, de las demás—. ¿Sabes qué?, no es justo que así sea. Tú no te mereces tantos bombos y platillos.

«Uyy, alguien está ardida», pienso, divertida.

No sonrío, solo le mantengo la expresión aburrida e indiferente que tanto le molesta.

—No dirás nada, ya lo sabía. Eres mucho ruido y poca cosa. —Se supone que esa frase debería molestarme, pero no lo hace.

Sin embargo, decido entrar en su juego y, por supuesto, con mis propias reglas. Me levanto con toda la paciencia que puedo demostrar y dejo mi bolso sobre la mesa; con lentitud quito mi chaqueta de mezclilla y recojo mi cabello en una coleta desordenada. El silencio se hace a nuestro alrededor en cuanto me pongo de pie, al parecer, son muchos ojos los que están sobre mí.

Sin cambiarme de ropa y manteniendo mis jeans y mi camiseta lisa de siempre, me encamino en su dirección y al llegar a su lado, le hablo al oído.

—Mira y aprende.

Mis pasos resuenan en el salón mientras llego a la pista donde antes estaba Ámbar. Hay una chica sosteniéndose del tubo, velando nuestras interacciones, pero se quita al instante, al notar mis intenciones.

—Voy a enseñarles el típico error que todas, absolutamente todas, cometen —hablo y mi voz se escucha fuerte y potente.

Miro hacia la cabina del Dj y le hago una señal para que ponga la canción que antes estaba sonando.

Comienza a sonar Dark Horse y me coloco en el tubo, como mismo había estado Ámbar. Soy tan jodidamente buena en esto que me aprendo las coreografías con solo verlas una vez.

Al ritmo de Katy Perry me muevo justo como lo hacía mi compañera hace un momento y, cuando me canso de demostrarle que soy la mejor en esto, comienzo a enumerar todos y cada uno de los errores. Las chicas se me acercan y quieren saber un poco más. Yo paso los siguientes minutos respondiendo dudas y enseñando posiciones; hasta que Ámbar se cansa y quiere continuar siendo el centro de atención.

—Te reto, Amaia. Si yo gano, me quedo tu camerino.

Se escuchan a nuestro alrededor los murmullos y jadeos sorprendidos de todos en el salón. Yo solo la miro y me río, porque de verdad no sabe lo que le viene encima. Mi camerino es lo que menos me importa ahora mismo, pero quiero demostrarle a esta niñita quién es la puta ama de este lugar.

Asiento y le señalo el tubo, para que sea ella quien tenga los honores.

—Todo tuyo.

Pasa por mi lado y choca mi hombro, en un pobre intento de intimidación. Ruedo los ojos y me quedo a un lado de la pista, con los brazos cruzados, a la espera de su presentación. Al ritmo de Mind, de Skrillex, Diplo ft. Kai, se mueve Ámbar contra el tubo. No lo hace mal, pero si aceptara críticas le diría que debe utilizar más los espacios; no solo figuras egocéntricas y demasiado eróticas en la barra. El pole dance es más que un baile, es una mezcla de sensualidad, fuerza y movimientos. Aún más, si las canciones que usa no son las mejores para explotar sus habilidades.

Cuando termina, una sonrisa de suficiencia se dibuja en sus labios. Las demás chicas aplauden y dan grititos de apoyo; yo, por mi parte, espero que salga del todo de la pista para hacer mi entrada. Me quito los tenis, porque lo que haré necesita un poco de comodidad. Aunque me quedo con mi pantalón, hago un nudo con mi camiseta por debajo de mis pechos. Camino hasta la barra y le hago una señal al Dj.

—Pon la que quieras —digo y le guiño un ojo. Las chicas abren la boca, sorprendidas de que vaya a improvisar.

Mientras me preparo, mis ojos se mueven a la entrada del club, donde viene llegando Richard. Él todavía no me ha visto, está concentrado hablando con alguien más que no logro ver aún.

«Bueno, por lo menos ya no estoy sentada», pienso, un poco irritada.

Comienza a sonar Purple Lamborghini, de Skrillex también, como para no perder el estilo del número anterior. Cierro los ojos y me recuesto al tubo de espaldas al salón; así comienza a fluir mi visión del baile.

Imagino, por el ritmo fuerte de la canción al inicio, que estoy atada al tubo y no puedo zafarme. Muevo mi torso de un lado a otro, manteniendo mis manos agarradas y cada vez más desesperada con mis movimientos. Voy girando mi cuerpo para ponerme de frente al salón, siempre contorsionándome a la par de la melodía, hasta que suelto mis manos justo cuando suena el estribillo. Mi mirada se cruza con la de Ámbar cuando rompo con todo mi arsenal y le sonrío sardónica, demostrándole quién carajos manda aquí.

Me arrastro por el piso y abro y cierro mis piernas en movimientos a veces rectos y ondulantes; desde la barra del bar se escucha la voz de Mateo con un ¡Vamos, Amaia, dale con todo!, que me hace sonreír. Hago algunas de las figuras más sencillas con el tubo, porque no pretendo mostrar todo y, además, no llevo la ropa adecuada. Cuando termino, lo que había empezado como una simple forma de enseñar mi superioridad, termina siendo una aplastante derrota para Ámbar, que se aleja del salón principal.

Por el encima del barullo que se escucha, la voz de Mateo vuelve a sobresalir. Me gusta su entusiasmo y lo busco con la mirada para hacerle un gesto de agradecimiento; sin embargo, mis ojos se cruzan con otros demasiado oscuros que me observan intensamente.

Mi cuerpo se estremece y no puedo eliminar la conexión que se acaba de crear entre nuestras miradas. Un rostro cincelado, con mandíbula cuadrada, labios carnosos, ojos de un color negro profundo y cejas perfiladas. Así es el desconocido que ahora no puedo dejar de mirar. Su piel blanca contrasta con el tono oscuro de su elegante traje. El porte de este hombre no es igualado por absolutamente nadie que haya visto antes. Y eso que aquí en el club suelen verse hombres guapos.

Pero lo que más me llama la atención de su presencia no es lo malditamente hermoso que es, sino, lo que me transmite. Una energía que no puedo controlar y que sale disparada en su busca.

Hasta que veo quién está a su lado, mirándome con maldad. Es entonces cuando se rompe la burbuja y decido darme la vuelta, para no verlo más.

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