Quédate después de clase...

Arabella

El lunes llegó rápido. Mantener en secreto lo que Haiden y yo traíamos era casi tan fácil como jurar dejar el chocolate de por vida. Nos deseábamos con desesperación. De ese deseo que empieza a dolerte en los huesos. Como una punzada real, física.

—¡Arabella!

Las palmas del señor Boyd go...

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