
LA ESPOSA QUE ELEGI PARA ÉL
Cintia Vanesa Barros Freile · En curso · 81.3k Palabras
Introducción
Capítulo 1
La puerta del despacho se abrió de golpe.
Gabriela Santoro levantó la vista del informe que estaba firmando y el bolígrafo se le resbaló entre los dedos. No necesitó ver quién era. Conocía ese perfume desde antes de aprender a caminar. Chanel número cinco, aplicado con la misma mano con la que su madre había firmado sentencias de muerte familiares durante cuarenta años.
—Mamá.
Constanza Santoro entró al despacho como quien entra a su propia casa, porque en el fondo la Fundación también era suya, porque todo en la vida de Gabriela también era suya. Cerró la puerta detrás de ella con un clic suave y le echó el seguro.
Ese clic fue lo que le heló la sangre a Gabriela. Su madre nunca echaba el seguro. Su madre no necesitaba seguros. Su madre era el seguro.
—Levántate.
—¿Qué pasa?
—Que te levantes, te dije.
Gabriela se levantó. Las rodillas le temblaban y rezó para que su madre no lo notara. Constanza caminó hasta el escritorio, abrió su bolso de Hermès, y dejó sobre los papeles un sobre color crema, sellado, sin nombre.
—Ábrelo.
—Mamá, estoy en medio de…
—He dicho que lo abras, Gabriela.
El tono. Ese tono. Gabriela había escuchado ese tono exactamente dos veces en su vida. La primera, cuando tenía once años y rompió un jarrón de la abuela. La segunda, cuando tenía diecinueve y su madre entró a su cuarto a las tres de la madrugada preguntándole dónde había estado. Ninguna de las dos veces había terminado bien.
Tomó el sobre. Rompió el sello con la uña del pulgar. Las manos le temblaban tanto que casi se le cayó.
Adentro había una sola cosa.
Una fotografía.
Ella. Entrando al edificio del apartamento del centro. Hace ocho días. Un martes por la mañana. La foto tomada desde el otro lado de la calle, con zoom, suficientemente nítida para que se le vieran los aretes de perlas que llevaba puestos esa mañana.
Gabriela sintió que el despacho se inclinaba hacia un costado.
—Mamá…
—Siéntate.
—Mamá, yo puedo explicar…
—He dicho que te sientes, Gabriela Santoro, antes de que te caigas al suelo y me obligues a recogerte.
Gabriela se sentó. Mejor dicho, se derrumbó en la silla. Constanza permaneció de pie al otro lado del escritorio, con las dos manos apoyadas en el respaldo del sillón de los visitantes, mirándola como una madre mira a una hija que acaba de ser atropellada. Sin lástima. Con cálculo.
—¿Qué es esto? —preguntó Gabriela con la voz más firme que pudo fabricar.
—Eso es lo que yo quería preguntarte a ti, hija mía.
—Es un edificio. Estoy entrando a un edificio. ¿Qué tiene de raro?
Constanza sonrió. Una sonrisa fría, breve, del tamaño exacto de una cuchilla.
—Gabriela, no me insultes. A mí no. A tu padre, al juez del divorcio de tu tía, al cura de la parroquia, a quien quieras, pero a mí no. ¿Me entendiste?
—Mamá…
—¿Quién es?
—¿Qué?
—El hombre con el que estás en ese apartamento. Porque es un hombre, ¿verdad? No me habrás salido lesbiana a los treinta y cinco años que sería lo único que me faltaría para morirme esta semana.
Gabriela casi se rio. Casi. La risa se le atravesó en la garganta como una espina. Porque si su madre supiera, si su madre tuviera la más mínima idea de quién era el hombre de ese apartamento, no estaría haciendo chistes. Estaría llamando a un abogado. O a un sicario.
—No es lo que piensas.
—Nunca es lo que una piensa, hija. Nunca. —Constanza tomó la foto del escritorio y la volvió a mirar, como confirmando algo—. Dime solo una cosa. ¿Leonardo lo sabe?
—No.
—¿Los niños?
—Mamá, por Dios.
—Estoy preguntando. ¿Los niños lo saben?
—No. Claro que no.
Constanza asintió despacio. Se dio media vuelta y caminó hasta la ventana del despacho, desde donde se veía el jardín de la Fundación con la fuente de mármol que Gabriela había escogido personalmente hace cinco años. Se quedó de espaldas a su hija durante un silencio tan largo que Gabriela pensó que iba a gritar.
—Tienes dos meses —dijo Constanza al fin, sin girarse.
—¿Dos meses para qué?
—Para terminar con lo que sea que estás haciendo en ese apartamento. Dos meses. Ni un día más. Porque en dos meses tu hermano Gabriel tiene que presentar una prometida, y si no la presenta, tu padre lo va a casar con Luciana del Valle aunque tenga que llevarlo al altar arrastrado de una oreja. Y ese día, hija mía, ese día van a venir todos los periodistas de Miami a cubrir la boda de los Santoro. Y esa foto que tienes en la mano, y otras siete más que tengo yo guardadas, no pueden salir a la luz ese día. ¿Me estás entendiendo?
—¿Siete más?
Constanza se giró por fin. Y Gabriela vio en el rostro de su madre algo que no había visto en treinta y cinco años de vida: cansancio.
—Ocho fotos, Gabriela. Ocho. Yo solo te enseñé una porque soy tu madre, no una extorsionadora. Pero las otras siete están guardadas en un lugar muy seguro, y si tú no resuelves este problema en dos meses, voy a tener que resolverlo yo. Y ya sabes cómo lo resuelvo yo.
Gabriela sintió la boca llena de algo amargo. Tragó saliva. No pudo.
—¿Quién te las dio?
—Eso no importa.
—Sí importa. Mamá, me importa muchísimo. ¿Quién te dio las fotos?
Constanza caminó hasta la puerta. Quitó el seguro. Puso la mano en el picaporte y, sin girarse, le dijo lo último que Gabriela iba a escuchar en esa conversación:
—El viernes hay cena en la mansión. Luciana del Valle va a estar ahí. Quiero a tu esposo, a tus dos hijos y a ti en mi mesa a las ocho en punto. Y quiero que Gabriel vea que esto va en serio. ¿Queda claro?
—Mamá, contéstame. ¿Quién te dio las fotos?
Constanza abrió la puerta.
—Gabriela, una última cosa. Tú naciste antes que tu hermano por cuatro minutos. Cuatro. Eso te convirtió en la hermana mayor. Y las hermanas mayores, en las familias como la nuestra, son las que protegen a los hermanos menores. No las que los destruyen. Piénsalo bien antes del viernes.
La puerta se cerró.
Gabriela se quedó sola en el despacho con la foto entre los dedos y un ruido sordo golpeándole en los oídos. No era el corazón. Era su propia respiración, entrecortada, rota, cada vez más rápida. Se llevó una mano al pecho. La otra al borde del escritorio. El despacho giraba.
Ocho fotos. Ocho.
Mi madre tiene ocho fotos.
Mi madre sabe.
Se levantó de la silla con las piernas temblándole. Caminó hasta el baño privado del despacho. Abrió la puerta. Se apoyó en el lavamanos con las dos manos y vomitó el café de la mañana sobre la porcelana blanca.
Cuando levantó la cabeza, se vio en el espejo. El rímel corrido. El pelo pegado a la frente de sudor. Los ojos rojos, enormes, de animal acorralado. Y detrás de esos ojos, en algún lugar que no supo nombrar, una voz que le decía lo único que importaba en ese momento:
Llama a Gabriel. Llámalo ahora.
Volvió al escritorio tropezando con la alfombra. Buscó su bolso. Sacó el teléfono. Los dedos le temblaban tanto que marcó mal dos veces. A la tercera, por fin, el nombre correcto. Tres tonos. Cuatro. Cinco.
—¿Gaby?
La voz de su hermano al otro lado de la línea. Tranquila. Sin sospechar nada. Cotidiana. Esa voz que era la única cosa en el mundo que la podía calmar y la única cosa en el mundo que le estaba destrozando la vida.
—Gabriel… Gabriel, mamá lo sabe.
Silencio. Un silencio de tres segundos que duró treinta años.
—¿Qué?
—Todo, Gabriel. Mamá lo sabe todo. Tiene fotos. Ocho fotos del apartamento. Me las acaba de traer a la Fundación. Gabriel, tenemos dos meses. Dos meses o nos destruye a los dos.
Del otro lado del teléfono, Gabriela escuchó algo que no había escuchado nunca en diecisiete años. Ni siquiera la primera vez, a los dieciocho años, cuando todo empezó en aquella fiesta con las baldosas frías contra su espalda desnuda.
Escuchó a su hermano llorar.
—Gaby… —dijo Gabriel con la voz rota—. Gaby, hay algo que no te conté. Algo que pasó ayer. Y si mamá ya tiene fotos, entonces también tiene lo otro. Y lo otro es peor, Gaby. Lo otro es mucho peor.
Gabriela sintió que el suelo de la Fundación se abría bajo sus pies.
—¿Qué, Gabriel? ¿Qué pasó ayer?
—No te lo puedo decir por teléfono. Ven al apartamento. Ahora. Por favor, Gaby. Ven ya.
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