Capítulo 2 DOS
—La apuesta terminó hace una hora. Usted ya tiene dueño.
El sonido seco del documento al caer sobre la mesa fue lo único que rompió el silencio.
Aurelia no reaccionó de inmediato. Sus ojos se quedaron fijos en el papel, como si esperara que desapareciera por sí solo. Luego soltó una risa breve, sin alegría, más cercana a la incredulidad que al humor.
—¿Perdón?
El abogado no mostró ninguna emoción. Ni incomodidad, ni duda. Solo una calma que resultaba ofensiva.
—El Consejo de las Seis Casas ha validado el resultado.
—¿Qué resultado?
El hombre acomodó sus gafas antes de responder, como si necesitara ese gesto para sostener lo que estaba a punto de decir.
—Su contrato matrimonial ha sido transferido a la familia Devereux.
Las palabras no encajaban entre sí. No tenían sentido juntas. Aurelia sintió que algo en su cabeza se negaba a procesarlas.
Giró lentamente hacia su padre.
Esperaba una negación inmediata. Una risa. Una explicación absurda que desmontara todo aquello.
Pero él no habló.
Bajó la mirada.
Y ese gesto fue suficiente.
—Dime que no es cierto.
Su padre cerró los ojos, como si el peso de la confesión fuera demasiado.
—Firmé ese contrato cuando naciste.
El aire se volvió pesado. Aurelia sintió un vacío en el pecho, como si alguien hubiera arrancado algo sin previo aviso.
—¿Qué contrato?
El abogado abrió una carpeta de cuero oscuro. Las hojas estaban gastadas por el tiempo, con bordes amarillentos y sellos que parecían pertenecer a otra época.
—Hace veintisiete años, las seis familias fundadoras establecieron un acuerdo para proteger sus patrimonios. Las uniones entre herederos podían negociarse como alianzas estratégicas.
Aurelia negó con la cabeza, incapaz de aceptar lo que escuchaba.
—Eso fue hace veintisiete años.
—El acuerdo sigue vigente.
—Yo no firmé nada.
El abogado levantó la vista, directo hacia ella.
—No era necesario.
El silencio que siguió fue más duro que cualquier explicación.
Aurelia dio un paso atrás.
—Soy una persona.
Su voz tembló, pero no se quebró.
—No soy una empresa. No soy una propiedad. No soy un contrato.
Su padre intentó acercarse, pero ella retrocedió de inmediato.
—¿También mamá lo sabía?
Él tardó demasiado en responder.
Y ese retraso fue suficiente.
Aurelia cerró los ojos un instante. Cuando los abrió, algo en su expresión había cambiado. Ya no había sorpresa. Solo una claridad fría.
La puerta del despacho se abrió sin previo aviso.
Su hermano mayor entró.
El mismo que la noche anterior había perdido la apuesta.
Pero ya no parecía el mismo hombre. Su postura estaba tensa, sus ojos evitaban los de ella.
Se acercó despacio.
—Lo siento.
Aurelia lo observó en silencio unos segundos antes de hablar.
—¿Me apostaste?
Él negó con rapidez.
—No. No fue así. Pensé que nadie aceptaría.
—Pero alguien aceptó.
Su hermano apretó los puños.
—No sabía que Cassian Devereux estaba buscando una excusa para atacarnos.
El nombre quedó suspendido en el aire.
Cassian Devereux.
Aurelia nunca lo había visto en persona, pero conocía su reputación. Frío. Calculador. Implacable en los negocios.
Un hombre que no hacía movimientos sin un propósito claro.
—¿Y ahora qué? —preguntó ella, sin apartar la mirada de su hermano.
Él no respondió.
Porque no había respuesta que pudiera arreglar aquello.
A varios kilómetros de distancia, en un despacho amplio con ventanales que daban a la ciudad, Cassian Devereux observaba el horizonte.
Su asistente dejó una carpeta sobre el escritorio.
—Los abogados confirman que el contrato ha sido transferido.
Cassian no respondió de inmediato. Se acercó al escritorio y abrió el expediente.
La primera página mostraba una fotografía.
Aurelia Montfort.
La imagen era reciente. Ella estaba de perfil, con la mirada fija en algo fuera de cuadro. No sonreía.
Cassian la observó unos segundos más de lo necesario.
Luego cerró la carpeta.
—¿Quiere que iniciemos los preparativos de la boda? —preguntó el asistente.
Cassian tomó su saco con calma.
—No.
—¿Entonces?
Se dirigió hacia la puerta sin prisa.
—Primero quiero conocerla.
El asistente frunció el ceño.
—¿Personalmente?
Cassian se detuvo un instante antes de salir.
—Quiero ver qué tan útil puede ser.
Aquella misma tarde, dos limusinas negras atravesaron los portones de la residencia Montfort.
El personal de seguridad se desplegó con precisión. Todo estaba calculado.
Aurelia los observaba desde la escalinata principal.
No había cambiado de ropa. No había intentado aparentar nada.
No iba a recibirlo como una anfitriona.
Iba a enfrentarlo.
Cuando Cassian descendió del vehículo, el contraste fue inmediato.
Su presencia no era exagerada, pero imponía. Cada movimiento parecía medido, cada gesto controlado.
Se detuvo frente a ella.
Durante unos segundos, ninguno habló.
Se observaron como si intentaran descifrar algo más allá de lo evidente.
Cassian fue el primero en romper el silencio.
—Esperaba que fueras más difícil de encontrar.
Aurelia inclinó ligeramente la cabeza, evaluándolo.
—Y yo esperaba que el hombre que ganó una apuesta tuviera al menos la decencia de sentirse incómodo.
Cassian avanzó un paso.
La distancia entre ellos desapareció.
—No suelo sentirme incómodo.
—Eso es evidente.
Aurelia no retrocedió. No iba a darle esa ventaja.
—¿Qué quieres exactamente? —preguntó ella.
Cassian la observó con atención, como si analizara cada detalle.
—Cumplir el acuerdo.
—Ese acuerdo no significa nada para mí.
—Significa todo para tu familia.
Aurelia apretó los labios.
—Mi familia no soy yo.
Cassian ladeó ligeramente la cabeza.
—Eso es discutible.
El silencio volvió a instalarse entre ellos, pero esta vez era distinto. Más tenso. Más directo.
—No voy a casarme contigo —dijo Aurelia finalmente.
Cassian no reaccionó de inmediato. No parecía sorprendido.
—No es una decisión que te corresponda tomar.
Aurelia soltó una risa breve, sin humor.
—Claro que lo es.
Cassian dio otro paso, lo suficiente para que su voz llegara solo a ella.
—Tu hermano perdió algo que no podía pagar.
—Eso no me convierte en moneda de cambio.
—En este caso, sí.
Aurelia sostuvo su mirada sin titubear.
—Entonces tendrás que obligarme.
Cassian no apartó los ojos.
—No será necesario.
—¿Ah, no?
Una pausa.
Un segundo en el que todo pareció detenerse.
Y entonces, con una calma que resultaba más inquietante que cualquier amenaza, Cassian habló:
—Cuando entiendas lo que está en juego, serás tú quien me pida que no cancele la boda.
