
LA ESPOSA QUE GANÉ EN UNA APUESTA
Moly Gaytan · En curso · 129.9k Palabras
Introducción
Estaba equivocada.
El verdadero error fue descubrir que su destino había sido decidido antes de nacer.
Después de que su hermano pierde una apuesta durante la reunión de las seis familias más poderosas del país, Aurelia descubre la existencia de un antiguo contrato que la obliga a casarse con Cassian Devereux, el heredero de la dinastía rival y el hombre más temido de la alta sociedad.
Cassian no quiere una esposa. Aurelia tampoco quiere un marido. Pero romper el acuerdo significaría destruir las fortunas de ambas familias y provocar un escándalo que cambiaría para siempre el equilibrio entre las grandes dinastías.
Obligados a convivir bajo el mismo techo mientras buscan una forma de escapar de un matrimonio impuesto, descubrirán que el odio heredado durante generaciones puede ser mucho más frágil que el amor que jamás planearon sentir.
Porque algunas apuestas cuestan dinero.
Otras...
te obligan a entregar el corazón.
Capítulo 1
—¿De verdad pensaste que alguien como yo iba a casarse contigo por amor?
Las risas no fueron discretas. Se expandieron por la terraza como una ola incómoda, imposible de ignorar.
Aurelia no se movió.
Seguía de pie, con el vestido blanco ajustado al cuerpo, las manos aún frías por el contacto reciente con el anillo. Las flores que habían sido colocadas con tanto cuidado seguían intactas, como si no entendieran que la celebración había terminado antes de empezar.
Una hora atrás, ese mismo lugar estaba preparado para anunciar una unión que consolidaría dos familias. Ahora, solo quedaban miradas cargadas de curiosidad y una tensión que nadie se atrevía a romper.
Frente a ella, el heredero de los Ashcroft dejó caer el anillo sobre la mesa con un gesto despreocupado.
—Nunca fuiste lo que quería —dijo, sin elevar la voz—. Solo eras conveniente.
Aurelia sintió cómo algo dentro de ella se tensaba, pero no cedió.
—Entonces… —su voz salió más firme de lo que esperaba— ¿todo fue una mentira?
Él no dudó.
—Durante dos años.
No hubo disculpa. Ni siquiera una pausa.
Solo esa respuesta.
Las cámaras comenzaron a dispararse casi de inmediato. Algunos invitados fingieron revisar sus teléfonos, otros giraron ligeramente el rostro, pero nadie se fue. Nadie quería perderse el desenlace.
Aurelia inhaló despacio.
No iba a llorar ahí.
No frente a ellos.
Se inclinó apenas, tomó el anillo y lo sostuvo unos segundos entre los dedos. Luego lo dejó nuevamente sobre la mesa, con cuidado, como si ese gesto tuviera más peso del que parecía.
Levantó la mirada.
—Gracias.
El hombre frunció el ceño, desconcertado.
—¿Gracias?
—Sí —respondió ella—. Ahora sé exactamente qué significa tu apellido.
No esperó respuesta.
Giró sobre sus talones y caminó hacia la salida. Cada paso resonaba más fuerte de lo normal, o tal vez era el silencio lo que lo hacía evidente.
Nadie la detuvo.
Cuando las puertas se cerraron detrás de ella, el aire cambió.
Y entonces, lejos de todas esas miradas, las lágrimas finalmente aparecieron.
Una hora después, la mansión Montfort estaba en silencio.
No era un silencio tranquilo. Era uno pesado, incómodo, como si cada persona dentro de la casa evitara cruzarse con otra.
Su madre permanecía en el salón principal, sentada con la espalda recta, mirando un punto fijo que no parecía existir. No dijo nada cuando Aurelia pasó frente a ella.
Las empleadas caminaban con pasos suaves, evitando hacer ruido.
Todo parecía contenido.
Hasta que la puerta del despacho se abrió de golpe.
Su hermano mayor entró sin anunciarse. Tenía el rostro enrojecido y sostenía una botella de whisky que ya estaba casi vacía.
—Voy a matarlo —dijo, sin rodeos.
El padre de Aurelia no levantó la voz. Ni siquiera se sorprendió.
—No digas tonterías.
—¡La humilló delante de todos! —insistió él, golpeando la mesa con la palma—. ¿Sabes cuántas personas estaban ahí?
—Lo sé perfectamente.
—Entonces no entiendo cómo puedes estar tan tranquilo.
El padre cerró la carpeta que tenía frente a él con un movimiento lento.
—Porque perder el control ahora solo empeoraría las cosas.
El hermano soltó una risa amarga.
—¿Qué puede ser peor que esto?
Hubo un breve silencio.
El padre levantó la mirada.
Y por primera vez en mucho tiempo, Aurelia notó algo distinto en sus ojos.
—Perder nuestra posición.
La frase quedó suspendida en el aire.
El hermano dejó de moverse.
Aurelia tampoco dijo nada.
Nunca había visto a su padre dudar.
Hasta ese momento.
Esa misma noche, lejos de la mansión Montfort, en una propiedad aislada que pertenecía a una de las familias más antiguas del país, se llevaba a cabo una reunión que no figuraba en ninguna agenda pública.
Seis familias.
Seis herederos.
Una tradición que se repetía cada año.
El ambiente era distinto al de la terraza donde Aurelia había sido expuesta. Aquí no había flores ni discursos preparados. Solo una mesa larga, botellas abiertas y una dinámica que mezclaba competencia con costumbre.
Las apuestas comenzaron como siempre.
Un automóvil de colección.
Un terreno en la costa.
Una serie de acciones que cambiaban de valor cada minuto.
Las cifras subían con rapidez, pero nadie parecía impresionado. Para ellos, aquello era rutina.
Cassian Devereux observaba sin demasiado interés. Tenía una copa en la mano, pero apenas había bebido. Su atención iba y venía, como si nada de lo que ocurría lograra retenerla por completo.
Hasta que uno de los presentes golpeó la mesa con el vaso.
El sonido fue suficiente para que todos miraran en su dirección.
—Quiero subir la apuesta.
Algunos sonrieron, esperando algo exagerado.
—¿Qué tienes en mente? —preguntó otro, apoyándose en el respaldo de su silla.
El hombre dudó un segundo, como si evaluara si debía decirlo en voz alta.
Luego sonrió.
—El contrato matrimonial de mi hermana.
Hubo un silencio inmediato.
No fue sorpresa lo que se reflejó en los rostros, sino una mezcla de incredulidad y cálculo.
Algunos soltaron una risa breve, pensando que era una provocación.
Otros no dijeron nada.
Cassian dejó la copa sobre la mesa.
Sabía exactamente a qué contrato se refería.
No era un documento cualquiera.
Había sido firmado décadas atrás, cuando las alianzas entre familias se sellaban con acuerdos que iban más allá de lo económico.
Un compromiso que aún no se había ejecutado.
Y que, en manos equivocadas, podía alterar más de una estructura.
—¿Hablas en serio? —preguntó alguien, inclinándose hacia adelante.
—Completamente —respondió el hombre—. Si pierdo, cedo los derechos del contrato.
—¿Y si ganas?
—Quiero el viñedo de los Laurent.
Las miradas se cruzaron.
No era una apuesta ligera.
Cassian apoyó los codos sobre la mesa, entrelazando los dedos.
—Eso no es un juego —dijo, sin elevar la voz.
El hombre lo miró directamente.
—Nada de lo que hacemos aquí lo es.
Hubo un breve intercambio de gestos entre los presentes. Nadie parecía dispuesto a intervenir.
Cassian tomó una carta, la giró entre sus dedos y la dejó nuevamente sobre la mesa.
—¿Estás dispuesto a cumplirlo?
—Por supuesto.
—Incluso si eso implica que tu hermana termine casada con alguien que no eligió.
El hombre no dudó.
—Eso ya estaba decidido desde hace años.
Cassian lo observó unos segundos más.
Luego tomó su copa, dio un pequeño sorbo y la dejó a un lado.
—Acepto.
Las cartas volvieron a moverse.
El ambiente cambió.
Ya no era solo una apuesta más.
Había algo distinto en juego.
Algo que no podía revertirse con dinero.
Mientras las manos se desplazaban sobre la mesa y las miradas se volvían más atentas, Cassian apoyó la espalda en la silla.
No parecía emocionado.
Ni preocupado.
Solo concentrado.
El hombre frente a él sonrió, confiado.
—Espero que no te arrepientas.
Cassian sostuvo su mirada.
Y respondió sin prisa:
—Eso depende de quién termine perdiendo.
Últimos capítulos
#117 Capítulo 117 CIENTO DIECISIETE
Última actualización: 10/30/2026#116 Capítulo 116 CIENTI DIECISÉIS
Última actualización: 10/29/2026#115 Capítulo 115 CIENTO QUINCE
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Última actualización: 10/27/2026#113 Capítulo 113 CIENTO TRECE
Última actualización: 10/26/2026#112 Capítulo 112 CIENTO DOCE
Última actualización: 10/25/2026#111 Capítulo 111 CIENTO ONCE
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Última actualización: 10/21/2026
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Entonces, ¿qué puedo hacer?
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Pero cuando programa una reunión a solas conmigo de exactamente 7 minutos y 32 segundos,
Una cosa es segura:
Lo.
Escuchó.
Todo.












