Capítulo 3 TRES
—Jamás me casaré contigo.
Aurelia no apartó la mirada. Sus manos estaban firmes, aunque por dentro sentía cómo algo se tensaba, como una cuerda a punto de romperse.
El salón permanecía en silencio. Los escoltas, alineados junto a la pared, parecían estatuas. Los abogados evitaban cruzar miradas. Nadie quería intervenir.
Cassian fue el único que reaccionó.
Sonrió.
No era una sonrisa burlona ni altiva. Era algo más inquietante. Como si ya hubiera recorrido ese camino antes y supiera exactamente dónde terminaría.
—No esperaba que aceptaras hoy —dijo, con una calma que resultaba irritante.
Aurelia cruzó los brazos.
—Entonces no pierdas el tiempo. Esa boda no va a suceder.
Cassian no respondió de inmediato. Metió la mano en el bolsillo interior de su saco y sacó un sobre grueso. Lo dejó sobre la mesa con un gesto medido.
—Ábrelo.
—No me interesan tus juegos.
—No es un juego.
Hizo una pausa breve.
—Es lo que ocurre cuando alguien incumple un acuerdo.
Aurelia dudó apenas un segundo antes de tomar el sobre. Lo abrió con movimientos precisos, como si quisiera demostrar que nada de aquello la afectaba.
Dentro había varios documentos.
El primero llevaba el sello del Consejo de las Seis Casas. Reconoció el emblema de inmediato. No era algo que se falsificara.
El segundo documento la obligó a detenerse.
Embargo total de bienes.
Sintió un frío recorrerle la espalda.
Levantó la vista hacia su padre. Él no la miró. Tenía la cabeza inclinada, como si el peso de la situación fuera demasiado para sostenerlo erguido.
—¿Qué significa esto? —preguntó, aunque ya intuía la respuesta.
Uno de los abogados dio un paso al frente.
—Si el contrato matrimonial no se cumple, las cláusulas de garantía se activan automáticamente.
Aurelia apretó los papeles entre sus dedos.
—¿Qué tipo de cláusulas?
—La transferencia inmediata de todos los activos de la familia Montfort.
El silencio que siguió fue más pesado que cualquier palabra.
—¿Todo? —insistió ella.
—Todo —confirmó el abogado.
Su hermano no pudo contenerse.
—¡Esto es absurdo! —exclamó, avanzando hacia Cassian—. ¡No puedes hacer esto!
Cassian lo observó como si fuera un ruido molesto.
—Lo absurdo fue apostar algo que no era tuyo.
El joven intentó abalanzarse sobre él, pero dos escoltas lo sujetaron antes de que pudiera acercarse. Forcejeó unos segundos, sin éxito.
—¡Suéltame!
Nadie respondió.
El salón volvió a quedar en silencio, pero ahora era un silencio cargado de tensión.
Aurelia respiró hondo.
Luego hizo algo que nadie esperaba.
Tomó los documentos y los rompió en dos. Después en cuatro. Los pedazos cayeron al suelo como hojas secas.
—No voy a entregar mi vida para salvar una fortuna —dijo, sin elevar la voz.
Cassian la observó con atención. No parecía molesto. Más bien, interesado.
—Te pareces mucho a tu abuelo —comentó.
Aurelia dio un paso hacia él.
—Y tú eres exactamente lo que esperaba.
Quedaron frente a frente.
Demasiado cerca.
Ninguno retrocedió.
El aire parecía más denso, como si la habitación se hubiera reducido a ese espacio entre ambos.
Cassian habló primero.
—Hay algo que no entiendes.
—Explícate.
—Tú crees que esto es una elección.
Aurelia sostuvo su mirada.
—Lo es.
Él negó levemente.
—No. Es una consecuencia.
Ella sonrió, pero no había humor en ese gesto.
—Entonces tendrás que acostumbrarte a perder.
Cuando Cassian salió de la mansión, el ambiente cambió de inmediato.
Su madre rompió en llanto, cubriéndose el rostro con las manos. Su hermano golpeó la pared con frustración, dejando una marca en el yeso.
Su padre seguía sentado.
Inmóvil.
Como si algo dentro de él se hubiera rendido mucho antes de ese momento.
Aurelia lo observó con una mezcla de rabia y desconcierto.
—Quiero la verdad —dijo—. ¿Por qué ese contrato es tan importante?
El hombre tardó en responder. Sus manos temblaban ligeramente.
—Hace veinte años… —empezó, con voz baja— hice una promesa al padre de Cassian.
Aurelia frunció el ceño.
—¿Qué tipo de promesa?
Él cerró los ojos un instante.
—Una que no cumplí.
Mientras tanto, el automóvil negro avanzaba por la avenida principal.
El asistente de Cassian lo observaba a través del espejo retrovisor. Dudó antes de hablar.
—¿De verdad piensa obligarla?
Cassian no apartó la vista de la ventana.
—Sí.
—No parece alguien que vaya a ceder.
—No lo es.
El asistente dudó unos segundos más.
—Entonces… ¿por qué insistir?
Cassian apoyó el codo en la puerta.
—Porque no se trata de que ceda.
—¿Entonces de qué?
Hubo un breve silencio.
—De que entienda.
El asistente frunció el ceño.
—¿Y si nunca lo hace?
Cassian esbozó una leve sonrisa.
—Entonces no habrá cambiado nada.
Esa noche, la casa Montfort estaba en silencio.
Aurelia no podía dormir.
Las palabras de su padre seguían dando vueltas en su cabeza. Promesas incumplidas. Contratos imposibles. Consecuencias que no había elegido.
Se levantó.
Caminó hasta el despacho de su padre. Sabía dónde guardaba los documentos importantes.
Abrió el cajón inferior del escritorio.
Ahí estaba.
El contrato original.
Lo tomó y lo llevó hasta la superficie del escritorio. Lo dejó caer con fuerza.
Su padre levantó la vista, sorprendido.
—¿Qué haces?
—Mañana presentaré una demanda —dijo ella—. Esto no puede ser legal.
El hombre negó lentamente.
—No puedes hacerlo.
Aurelia lo miró fijamente.
—¿Por qué no?
Su padre tragó saliva. Parecía más nervioso que antes.
—Porque ese contrato… —empezó, pero se detuvo.
—Termina la frase.
El hombre la miró, y por primera vez en toda la noche, había miedo en sus ojos.
—Porque ese contrato no puede anularse.
Aurelia sintió que algo no encajaba.
—Todo contrato puede anularse.
Él negó.
—No este.
Ella dio un paso hacia él.
—Explícate.
El hombre respiró hondo, como si reunir valor fuera más difícil que decir la verdad.
—Solo hay una forma de romperlo.
Aurelia esperó.
—¿Cuál?
Su padre la miró directamente.
—Que uno de los dos muera.
El silencio que siguió fue absoluto.
Aurelia no apartó la mirada.
—Entonces dime algo —dijo, con voz firme—.
—¿Qué?
—¿Quién de los dos crees que va a caer primero?
