Capítulo 4 CUATRO

—Si quiere impedir esa boda… tendrá que convencerme a mí.

Cassian no levantó la vista.

La pluma se movía con precisión sobre el papel, como si cada trazo estuviera calculado desde antes de existir. Aurelia permanecía frente al escritorio, rígida, con los brazos cruzados y la paciencia agotándose segundo a segundo.

Había entrado sin anunciarse.

Había ignorado a los asistentes.

Había atravesado la mansión como si le perteneciera.

Y aun así, él la trataba como si fuera parte del mobiliario.

—¿Va a seguir fingiendo que no estoy aquí?

La firma terminó. Cassian cerró la carpeta con calma, alineó los bordes con el resto de documentos y, solo entonces, levantó la mirada.

—No estoy fingiendo.

La observó con detenimiento.

—Estoy decidiendo si vale la pena interrumpir lo que hago.

Aurelia sintió cómo la irritación le subía por el pecho.

—No vine a pedir permiso.

—Eso es evidente.

Se levantó sin prisa. Caminó hacia un mueble lateral y sirvió dos copas de whisky. El líquido ámbar brilló bajo la luz tenue del despacho.

Le ofreció una.

Ella no la tomó.

Él dejó la copa sobre la mesa sin insistir.

—Diga lo que vino a decir.

Aurelia dio un paso al frente.

—No voy a casarme con usted.

No hubo reacción inmediata.

Cassian tomó su copa, bebió un sorbo corto y la dejó de nuevo en la mesa.

—Entonces no lo haga.

El silencio que siguió fue incómodo.

—¿Cómo que no lo haga?

—Es bastante claro.

Aurelia frunció el ceño.

—Hay un contrato.

—Lo hay.

—Entonces no es tan simple.

Cassian apoyó una mano sobre el escritorio.

—Nunca dije que fuera simple.

Ella lo miró con desconfianza.

—Si no me caso, ambas familias pierden todo.

—Correcto.

—Entonces no tengo elección.

—Siempre hay elección.

Aurelia sintió que algo no encajaba en esa conversación.

—¿Está diciendo que puedo irme y ya?

Cassian la observó unos segundos antes de responder.

—Puede irse.

—¿Y usted?

—Yo asumiré las consecuencias.

—¿Por qué haría eso?

Él no respondió de inmediato. Se limitó a sostener su mirada.

—Porque no me interesa tener a alguien a mi lado que preferiría estar en cualquier otro lugar.

Aquella respuesta la dejó sin palabras.

No era lo que esperaba.

No era lo que había venido a enfrentar.

Antes de que pudiera ordenar sus ideas, la puerta del despacho se abrió sin previo aviso.

Un hombre mayor entró con paso firme. Su traje impecable contrastaba con la tensión en su rostro. A su lado, una joven de no más de veinte años caminaba con la mirada baja.

Sus ojos estaban enrojecidos.

—Cassian, necesito que firme esto hoy.

El hombre dejó un documento sobre el escritorio.

—Mi hija ya aceptó.

Cassian no miró el papel.

Observó primero a la joven.

Luego al padre.

—¿Aceptó?

El hombre asintió con impaciencia.

—Por supuesto.

Cassian inclinó ligeramente la cabeza.

—¿O usted decidió por ella?

El ambiente cambió.

El hombre tensó la mandíbula.

—No es asunto suyo.

Cassian dejó la copa sobre la mesa con un sonido seco.

—Entró a mi casa.

Eso lo convierte en asunto mío.

El hombre soltó una risa breve, sin humor.

—No dramatice. Esto es normal.

Cassian dio un paso hacia él.

No levantó la voz.

No hizo ningún gesto brusco.

Pero la presión en la habitación aumentó.

—En este lugar no lo es.

La joven levantó la vista por primera vez.

—Puede marcharse —continuó Cassian—. Su hija no se casará hoy.

El hombre lo miró incrédulo.

—No tiene derecho a decidir eso.

—No estoy decidiendo por ella.

Cassian señaló la puerta.

—Estoy evitando que usted lo haga.

El silencio fue pesado.

Los guardias aparecieron discretamente en la entrada.

El hombre apretó los labios, tomó el documento y salió sin despedirse.

La joven dudó un segundo antes de seguirlo.

Se detuvo en el umbral.

Miró a Cassian.

—Gracias.

Él asintió apenas.

No dijo nada.

Cuando la puerta se cerró, el despacho volvió a quedar en silencio.

Aurelia seguía de pie, observándolo.

—Curioso.

Cassian giró hacia ella.

—¿Qué cosa?

—Defiende a alguien que no conoce.

Ella cruzó los brazos.

—Pero espera que yo acepte casarme con usted.

Cassian caminó hacia el ventanal. La ciudad se extendía bajo ellos, indiferente a todo.

—No espero nada.

—Eso no es cierto.

—Es lo único cierto.

Aurelia dio un paso más cerca.

—Entonces explíqueme por qué sigue adelante con esto.

Cassian permaneció en silencio unos segundos.

—Porque no soy el único involucrado.

—Eso no responde nada.

Él giró lentamente.

Por primera vez, su expresión no era fría.

Era cansada.

—Hace años tomé decisiones que no podía evitar.

Aurelia lo observó con atención.

—¿Y ahora?

—Ahora estoy pagando por ellas.

El silencio volvió a instalarse entre ambos.

—No confunda esto con algo personal —añadió él—. No lo es.

—Claro que lo es.

Cassian negó con la cabeza.

—No para mí.

Aurelia sintió una punzada incómoda.

—Entonces soy solo una solución.

—Es una consecuencia.

Aquella palabra quedó suspendida en el aire.

Aurelia no respondió.

No sabía cómo hacerlo.

Se dio la vuelta y caminó hacia la puerta.

Antes de salir, se detuvo.

—No voy a aceptar esto sin luchar.

Cassian no se movió.

—Nunca esperé que lo hiciera.

Aurelia salió de la mansión con el pulso acelerado.

El aire frío de la tarde no logró despejarle la mente.

Había ido preparada para enfrentarlo.

Para odiarlo.

Para encontrar en él todo lo que justificara su rechazo.

Pero lo que encontró fue algo más complicado.

Algo que no encajaba en la imagen que tenía de él.

Cuando llegó a la residencia Montfort, un sobre negro la esperaba sobre la mesa del vestíbulo.

El sello del Consejo de las Seis Casas brillaba bajo la luz.

Lo abrió sin quitarse el abrigo.

Dentro había una sola hoja.

Una línea.

Una fecha.

La leyó dos veces.

Siete días.

Eso era todo lo que tenía.

Apretó el papel entre los dedos.

—No voy a permitirlo —murmuró.

Pero incluso mientras lo decía, una parte de ella sabía que no sería tan sencillo.

Porque por primera vez, la duda no estaba en el contrato.

Estaba en él.

Y en lo que había visto en sus ojos.

Esa noche, mientras el reloj avanzaba sin detenerse, Aurelia no pudo dejar de pensar en una sola cosa.

No en la boda.

No en el acuerdo.

Sino en la pregunta que él le había hecho sin palabras.

Y en la respuesta que aún no tenía.

Porque si realmente podía elegir…

¿por qué sentía que ya había perdido?

Y cuando finalmente cerró los ojos, la única frase que resonó en su mente no fue una amenaza ni una promesa.

Fue su voz, tranquila, firme, imposible de ignorar:

—Si decide quedarse… asegúrese de que no sea por obligación.

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