Capítulo 5 CINCO

—Faltan exactamente siete días para la boda.

La frase cayó como una piedra en medio del salón. Nadie reaccionó de inmediato, pero el peso de esas palabras se sintió en cada rincón. Las seis familias estaban presentes, alineadas como si asistieran a un juicio. No había flores, ni música, ni nada que recordara una celebración. Solo miradas tensas y silencios incómodos.

Aurelia permanecía junto a su padre, con la espalda recta y las manos entrelazadas frente a ella. No miraba a Cassian. Había decidido no hacerlo desde la noche anterior. Cada vez que lo hacía, algo en su expresión la desconcertaba, como si hubiera más de lo que mostraba. Y eso la inquietaba más que cualquier amenaza.

El presidente del Consejo continuó con voz firme, sin emoción.

—Como dicta la tradición, los futuros esposos deberán firmar hoy la aceptación definitiva del contrato.

Una asistente avanzó con pasos medidos y dejó dos plumas sobre la mesa central. El sonido del metal al tocar la madera resonó más de lo esperado.

Aurelia sintió cómo el aire se volvía más pesado. Firmar no era solo un trámite. Era aceptar todo lo que había rechazado desde el principio. Era ceder ante decisiones tomadas sin ella. Era dejar de tener control sobre su propia vida.

—No voy a hacerlo.

Su voz no fue alta, pero bastó para detenerlo todo.

Su padre cerró los ojos, como si hubiera estado esperando ese momento. Su hermano dio un paso hacia ella, pero no dijo nada. Cassian, en cambio, no se movió. Solo la observó, con una calma que resultaba difícil de interpretar.

El presidente del Consejo la miró con severidad.

—Señorita Montfort, ¿es consciente de las consecuencias?

—Sí.

—¿Está dispuesta a asumir lo que eso implica para ambas familias?

Aurelia levantó la cabeza. No había duda en su mirada.

—No fui yo quien firmó ese contrato. No voy a cargar con decisiones que no tomé.

Un murmullo recorrió el salón. Algunos ancianos intercambiaron miradas de desaprobación. Otros parecían molestos, como si aquello fuera una falta de respeto más que una decisión personal.

La reina del Consejo golpeó el suelo con su bastón.

—Entonces queda registrado que la señorita Montfort se niega a cumplir con su obligación.

El secretario comenzó a escribir sin levantar la vista.

Aurelia respiró hondo. No había vuelta atrás.

Entonces Cassian se levantó.

El movimiento fue suficiente para que todos guardaran silencio. Caminó hasta la mesa sin prisa, tomó una de las plumas y firmó el documento con un trazo firme.

Aurelia lo miró, incapaz de ocultar su enojo.

—¿Tan importante es para usted ganar esto?

Cassian levantó la vista apenas.

—No se trata de ganar.

—Entonces, ¿de qué?

—De cumplir con lo que me corresponde.

La respuesta no la tranquilizó. Al contrario, la dejó más confundida.

El presidente tomó los documentos y revisó las firmas. Frunció el ceño.

—Falta una.

Cassian asintió.

—Lo sé.

Hubo un breve silencio antes de que volviera a hablar.

—Solicito una prórroga de treinta días.

Las reacciones no se hicieron esperar. Varias voces se alzaron al mismo tiempo.

—Eso no está permitido.

—Nunca se ha hecho.

—Va contra las normas.

Los consejeros comenzaron a discutir entre ellos. Aurelia permanecía inmóvil, tratando de entender lo que acababa de escuchar.

Si Cassian quería obligarla a casarse, ¿por qué pedir más tiempo?

Uno de los consejeros golpeó la mesa para imponer orden.

—Explique el motivo de su solicitud.

Cassian no apartó la mirada de Aurelia.

—No voy a casarme con alguien que firme bajo presión.

El silencio que siguió fue distinto a los anteriores. Más denso. Más incómodo.

Aurelia no supo qué decir. No esperaba eso. No de él.

La petición fue rechazada sin mayor deliberación.

—La ceremonia se llevará a cabo en siete días —declaró el presidente, cerrando la carpeta.

Cassian no discutió. Solo asintió, como si ya hubiera previsto esa respuesta.

La reunión terminó poco después. Las familias comenzaron a retirarse, algunas en silencio, otras intercambiando comentarios en voz baja.

Aurelia salió sin despedirse. Necesitaba aire. Necesitaba alejarse de ese lugar.

Cruzó el jardín principal sin detenerse. El sonido de sus pasos sobre la grava era lo único que rompía el silencio.

Entonces escuchó a alguien acercarse.

Se giró, esperando ver a Cassian.

Pero no era él.

Era el secretario del Consejo.

El hombre miró a su alrededor antes de acercarse más.

—Señorita Montfort —dijo en voz baja—. Esto es para usted.

Le entregó un pequeño sobre.

Aurelia lo tomó con cautela.

—¿Qué es?

El anciano dudó un segundo antes de responder.

—El señor Cassian me pidió que se lo diera solo si rechazaban la prórroga.

Aurelia sintió un leve estremecimiento.

Abrió el sobre.

Dentro había una llave antigua, pesada, con marcas de uso. También una dirección escrita a mano.

Debajo, una frase.

Aurelia la leyó una vez. Luego otra.

Levantó la vista, pero el secretario ya se había alejado.

El jardín volvió a quedar en silencio.

Apretó la llave entre sus dedos.

Y murmuró, casi sin darse cuenta:

—¿Qué está intentando hacer, Cassian?

Capítulo anterior
Siguiente capítulo