Capítulo 6 SEIS

—Si esto termina siendo una trampa, espero que al menos haya café.

Aurelia sostuvo la llave frente a la cerradura y miró por tercera vez la dirección escrita en el papel.

La casa no parecía una propiedad secreta de una de las familias más poderosas del país. Era una construcción angosta, escondida entre dos edificios modernos, con la fachada cubierta por enredaderas y un timbre que claramente había dejado de funcionar antes de que ella naciera.

Introdujo la llave.

La puerta cedió.

—Excelente —murmuró—. Una casa abandonada. Justo lo que necesitaba después de descubrir que mi familia me vendió antes de aprender a caminar.

—Técnicamente, todavía no te han vendido.

Aurelia se giró con tanta rapidez que el tacón se le atoró entre dos tablas del piso.

Cassian estaba apoyado en el marco de una puerta interior, sin saco, con las mangas de la camisa dobladas hasta los antebrazos. No parecía sorprendido de verla. Eso la irritó más de lo razonable.

—¿Cuánto tiempo lleva ahí?

—Lo suficiente para saber que hablas sola cuando estás nerviosa.

—No estoy nerviosa.

Intentó sacar el tacón. No se movió.

Cassian bajó la mirada.

—Claro.

—No se atreva.

—No he dicho nada.

—Su cara sí.

Él se acercó. Aurelia volvió a tirar del pie, empeorando el problema.

—Puedo hacerlo sola.

—Eso también lo dijiste sobre el contrato.

Ella alzó la vista.

—Y sigo pensándolo.

Cassian se agachó frente a ella. Sujetó con una mano el borde de la tabla y con la otra tomó su tobillo.

El contacto fue breve, pero no inocente.

Aurelia dejó de respirar.

Los dedos de él rodearon su piel con una firmeza cuidadosa. Cassian levantó apenas su pie, liberó el tacón y permaneció así un segundo más de lo necesario.

Cuando levantó la mirada, la expresión de ambos había cambiado.

—Ya está —dijo él.

Aurelia retiró la pierna demasiado rápido.

—No necesitaba que me tocara.

Cassian se puso de pie.

—Necesitabas conservar el zapato.

—He perdido cosas más importantes esta semana.

La respuesta borró cualquier rastro de humor.

Cassian se apartó primero.

—Por eso estás aquí.

La condujo hasta una sala pequeña. No había muebles costosos ni retratos familiares. Solo dos sillones, una mesa y varias cajas abiertas. Sobre una de ellas descansaba una carpeta azul.

Aurelia no se sentó.

—¿Qué es este lugar?

—Era de mi madre.

—No sabía que los Devereux conservaran propiedades sin guardias en la puerta.

—No conservamos muchas cosas de ella.

La frase fue seca, pero la forma en que miró la habitación dijo más.

Aurelia sintió curiosidad. También sintió que no tenía derecho a preguntar.

Se acercó a la mesa.

—¿La llave era para esto?

Cassian tomó la carpeta azul y se la ofreció.

—Era para que entraras sin que nadie del Consejo pudiera seguirte.

—¿Me están vigilando?

—Desde que rechazaste la firma.

Aurelia abrió la carpeta.

Dentro había una copia del contrato, varias cartas y una hoja con anotaciones recientes. Reconoció la letra de Cassian.

—¿Qué estoy viendo?

—Una salida.

Ella levantó los ojos.

—Dijo que el contrato no podía romperse.

—Tu padre lo dijo.

—¿Y mintió?

—O no conoce todas las cláusulas.

Aurelia volvió a mirar los papeles. Encontró una sección marcada con tinta negra.

—“El vínculo quedará sin efecto si ambas partes demuestran que la unión amenaza la continuidad patrimonial de las casas involucradas” —leyó—. Eso no tiene sentido. El matrimonio existe para protegerlas.

—Por eso nadie ha usado esa cláusula.

—¿Qué tenemos que demostrar?

Cassian señaló las cartas.

—Que juntos somos un riesgo mayor que separados.

Aurelia hojeó los documentos. Había registros de disputas, demandas antiguas y enfrentamientos entre ambas familias.

—¿Quiere que finjamos odiarnos?

Cassian apoyó una mano en la mesa.

—No creo que requiera demasiado esfuerzo.

Aurelia soltó una risa involuntaria.

—Por fin dice algo honesto.

—Siempre soy honesto.

—Usted usa la verdad como si fuera un arma. No es lo mismo.

Cassian la observó en silencio.

La cercanía de la mesa los obligaba a compartir un espacio demasiado reducido. Aurelia percibió el aroma limpio de su camisa y el calor de su cuerpo. Odiaba notar esas cosas. Odiaba todavía más que él pareciera darse cuenta.

—Hay un problema —dijo Cassian.

—Naturalmente.

—La cláusula exige convivencia durante el periodo de evaluación.

Aurelia dejó la carpeta sobre la mesa.

—No.

—Aún no he terminado.

—No necesita hacerlo. Mi respuesta seguirá siendo no aunque lo diga en latín.

—Treinta días bajo el mismo techo.

—Prefiero el embargo.

—Tu madre perdería la casa.

La mención la golpeó donde él sabía.

Aurelia apretó la mandíbula.

—Eso fue bajo.

—Fue preciso.

—Es insoportable.

—También preciso.

Ella dio un paso hacia él.

—No piense que porque me dio una llave puede decidir dónde voy a vivir.

Cassian no retrocedió.

—No pienso decidirlo.

—Pero ya eligió la casa.

—Elegí esta porque no pertenece oficialmente a ninguna de las familias. Aquí el Consejo no puede imponer personal, cámaras ni acompañantes.

—Qué consideración tan conmovedora.

—No estoy intentando conmoverte.

—No. Solo quiere encerrarme con usted durante treinta días y llamarlo estrategia.

Cassian inclinó la cabeza.

—Puedes tener tu propia habitación.

—Qué alivio.

—Y una cerradura.

—Más alivio.

—Aunque dudo que la necesites.

Aurelia entrecerró los ojos.

—¿Está insinuando que no podría interesarme en usted?

Cassian la recorrió con la mirada, despacio, sin tocarla.

—Estoy diciendo que no haré nada que no me pidas.

El aire cambió.

Aurelia sintió un calor incómodo subirle por el cuello.

—Eso suena peligrosamente seguro.

—No lo es.

—¿No?

Cassian apoyó ambas manos a los lados de ella, sobre la mesa, sin cercarla del todo. Le dejó espacio para apartarse.

Aurelia no lo hizo.

—La seguridad sería creer que vas a pedírmelo —dijo él en voz baja—. Yo solo te estoy dejando claro que, si alguna vez ocurre, la decisión será tuya.

Los ojos de Aurelia bajaron a su boca antes de que pudiera evitarlo.

Cassian lo notó.

No sonrió.

Eso fue peor.

Aurelia levantó una mano y apoyó la palma contra su pecho para crear distancia. Bajo la tela, su corazón latía más rápido de lo que esperaba.

—No confunda curiosidad con interés.

Cassian cubrió su mano con la suya, sin presionar.

—No confundas miedo con indiferencia.

Ella retiró la mano.

—Aceptaré los treinta días.

Cassian se enderezó.

—¿Bajo qué condiciones?

—Dormitorios separados, ninguna entrada sin permiso y nada de usar lo que ocurra aquí contra mí.

—Aceptado.

—Y no vuelva a tocarme sin preguntar.

Él sostuvo su mirada.

—¿Lo del tobillo cuenta como una queja o como una advertencia?

—Como ambas.

Cassian asintió.

—Entonces empezaré a preguntar.

Aurelia tomó la carpeta.

—¿Cuándo comienza esta convivencia absurda?

La puerta principal se abrió antes de que él respondiera.

Unos tacones avanzaron por el pasillo.

Lysandra Ashcombe apareció en la sala con un vestido impecable y una expresión que se quebró apenas vio a Aurelia junto a Cassian.

Miró la carpeta. Después la distancia demasiado corta entre ambos.

—Cassian —dijo, pálida—, ¿vas a explicarle tú por qué esta casa iba a ser nuestra?

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