
La Esposa que no Amo: Una madre para mi hijo
Maye Lyn V · Completado · 275.8k Palabras
Introducción
—Sí.
Tras la afirmación, se inclinó hacia ella, su rostro a centímetros del suyo retiró el velo, quedando expuesto el rostro de Chiara. Mientras tocaba suavemente su mejilla, su mirada recorrió su rostro y luego su cuerpo, como si estuviera evaluándola.
Luego, se inclinó aún más, su aliento cálido en su oído.
Ella se puso muy nerviosa, esperando el beso que recibiría de su, ahora, esposo. Pero este parecía antes querer decirle algo.
—Solo para que quede claro—susurró con una voz baja, pero cargada de una frialdad cortante, estremeciendo completamente el cuerpo de Chiara por la sorpresa de esa voz fría—eres completamente insignificante para mí.
Ella cerró los ojos por un momento, asimilando sus palabras. Cuando los abrió de nuevo, las lágrimas salían de sus ojos, buscando algo en el rostro de su esposo, pero solo había una expresión fría y aquella mirada dura que él le daba.
—Yo…—Se había quedado sin hablar, recibiendo aquellas palabras carentes de todo en lugar del beso—. ¿Qué se supone que significa eso? —había hecho todo lo posible porque las palabras salieran claras de su boca.
—Ya estamos casados, eso fue lo que se me pidió. Tú tienes un esposo y yo sigo a cargo de mi empresa. —Las palabras resonaron en la iglesia como un eco de hielo. La novia estaba paralizada por la humillación mientras él se alejaba de ella con determinación. Pero justo cuando parecía que la ceremonia seguiría su curso, la puerta de la iglesia se abrió de golpe cuando Davide solo se había alejado unos metros de la novia.
Capítulo 1
Llegaba para casarse con una mujer a la que no conocía, por tanto, no amaba.
En su corazón había alguien más, con quien ya tenía una relación, pese a saber que su destino había sido unido por alguien más a otra mujer, una mujer de la que apenas sabía nada.
Diez años en el extranjero, fuera de Italia, otros cinco años en el norte de Europa. Bastaron para cambiar muchas cosas en aquel hombre. Un evento doloroso lo hizo acepta cualquier cosa que sus padres decidieran sobre su vida, porque creía merecerlo, merecer cualquier castigo.
¿Prometerlo a otra mujer era castigarlo? Sí, sí cuando este solo estaba ocupando el lugar de su hermano, su hermano gemelo que había fallecido.
Para Davide Queen, su vida no era más que un castigo, un recuerdo doloroso para él y sus padres, para toda su familia.
Había estado administrando y expandiendo el negocio familiar luego de sus estudios, lo alejaban todo cuanto podían para no ver su rostro, solo que ya no era un hombre joven a quien podían manejar a su antojo, era el mayor de tres hermanos y se fue cuando solo tenía veintiún años. Hace un par de semanas había cumplido treinta y seis años.
Aquel matrimonio se tenía que realizar por un acuerdo entre ambas familias y, aunque había dos hermanos que se asemejaban a la edad de la novia, tenía que contraer nupcias con el hermano mayor, el heredero, la futura cabeza de la familia y del imperio empresarial.
Durante años, aquellas familias se habían unido a través del matrimonio y a esa generación les correspondía a ellos dos, unir lazos. Pero la diferencia de edad era muy notable.
Jamás había visto a la novia. Si bien la familia era más o menos unida, eso era cuando ambas familias se asentaban en Italia, pero la de la novia llevaba un largo tiempo en San Francisco, Estados Unidos; ella había crecido en un internado, luego de que su madre falleciera cuando ella tan solo tenía tres años y su padre se volviera a casar un año después, teniendo así con su actual esposa dos hermosas niñas, las gemelas llamadas Olimpia y Darnelly, con quien no tenía contacto alguno, ya que creció en el internado y luego fue directo a la universidad.
Recién regresaba para casarse luego de pasar la mayor parte de su vida en Francia, regresaba a San Francisco para cumplir su deber como la mayor de la familia.
Los padres se encargaron de toda la organización de la boda, ninguno de los novios tuvo participación alguna en preparativos y demás, incluso el vestido fue elegido por su madrastra, así como la decoración y cada detalle.
La boda no se celebraría en Milán, pese a que ambas familias eran de allí, porque el padre de Chiara se negó, sin dar razón alguna.
Rosario no conocía mucho a su hijastra, pero se alegraba mucho que la decisión de su esposo haya sido enviarla a un internado desde la boda, porque ella no estaba segura de poder criar a la hija de otra mujer, por lo que fue lo mejor para ambas.
Rosario se casó a los veintidós años con el señor Moretti y desde entonces la mujer lo tenía en sus manos, era un hombre enamorado, al mismo tiempo controlado.
La vida de Chiara había sido tan diferente a la de sus hermanas.
Mientras las gemelas habían recibido todo el amor de su padre, ella solo recibió cheques, regalos pocos personales y una tarjeta en cada navidad cada año, junto con una foto familiar de su padre, sus hermanas y su madrastra.
Aquella sería la primera vez que los vería, se suponía que mandarían a buscarla al aeropuerto, pero no fue así. Tampoco dijeron si no llegarían y ella no se cansaba de llamar, en espera de una respuesta, por lo que solo le quedaba esperar.
El cielo se tiñó rápidamente de negro y en un segundo comenzó a llover. Las lágrimas brotaron de sus ojos al darse cuenta de que su padre llevaba más de quince años sin verla en persona y aún así no era capaz de estar allí para recogerla en el aeropuerto. Sabía la dirección de la casa, no le quedaría más remedio que tomar un taxi.
Tomar un taxi era lo de menos, lo que le dolía realmente era estar allí sola, confirmando lo que siempre había sabido, allí nadie la quería, su padre no la amaba, la única esperanza que tenía era poder formar una familia con el heredero Queen, entablar lazos con él y ser una buena esposa para lograr que surja el amor entre ambos.
Anhelaba una familia, necesitaba una familia, afecto, amor. Y confiaba en que, a pesar de que no era una alianza por amor, que su esposo la recibiera con cariño y ambos convirtieran aquel compromiso en algo hermoso, real y de los dos.
Chiara era muy soñadora, a veces entraba en un mundo mágico que creaba su mente, donde era querida por muchas personas y la llenaban de amor, porque su realidad había sido muy diferente a eso. No lograba recordar el nombre de su madre, mucho menos su rostro y desde niña siempre que lloraba tan solo había una voz fuerte y autoritaria que le ordenaba silencio y si no lo hacía recibía un castigo.
Necesitaba un abrazo, alguien que le dijera que las cosas iban a salir bien, aunque eso fuera mentira.
La lluvia la empapaba y eso a ella no le importaba, su pecho dolía con cada lágrima y cada minuto que pasaba.
De pronto, el agua dejó de caer y ella miró hacia el cielo, notando que sobre su cabeza había un paraguas blanco que la cubría del agua.
Se dio la vuelta para ver quien era el dueño o la dueña del paraguas.
Chiara se encontró con unos enormes ojos grises oscuros que la miraban con intensidad.
—¿No te das cuenta de que llueve? —preguntó aquella voz, fuerte, clara y autoritaria.
—No tenía paraguas—respondió Chiara, encerrada en la mirada del hombre, en su barba prominente o el lunar que tenía en su nariz.
—Pudiste haber entrado—le reclamaba, como si realmente le importara si ella se mojaba o no. La sujetó del brazo y la llevó hasta la puerta del aeropuerto, dejándola dentro mientras Chiara sujetaba su maleta y clavaba los ojos en ese hombre.
—¡Muchas gracias! —gritó ella, viendo como él se marchaba hacia un taxi que acababa de llegar.
El teléfono de Chiara comenzó a sonar y al responder se dio cuenta de que era su padre, pero ese número no lo tenía registrado.
—Álvaro va llegando para recogerte—dijo la voz de su padre, ese era el nombre del chofer—. Estaba con Olimpia en otro lado, por eso había tardado.
—No te preocupes, padre. Voy a tomar un taxi.
—Entonces haberlo dicho antes, Chiara. El chofer va en camino, no te muevas de allí.
Pasó media hora, hasta que el chofer llegó, para entonces ya no llovía.
Ella se acercó de manera tímida, dejando que el chofer entrara la maleta, empapada subió al coche, notando la presencia de alguien más.
Su hermana, pero no podría decir cuál de las dos. Olimpia y Darnelly eran gemelas idénticas, por lo que Chiara no sabría reconocerla. De todos modos, solo las había visto por fotos.
—¡Estás mojada! No te atrevas acercarte a mí—gritó la joven a su lado, empujando a Chiara con las manos. Tan solo tenía cinco años menos que Chiara, pero la joven sentada a su lado era toda una mujer. Su cabello era castaño, tenía ojos verdes y un rostro muy hermoso, el escote dejaba ver la mayor parte de sus senos y aquel vestido era tan corto que Chiara juraba que vio su ropa interior.
En su pecho, Chiara estaba feliz de poder ver a su hermana en persona, conocerla, pero la joven la ignoraba completamente, sumergida en la pantalla de su teléfono.
—¿Eres… Darnelly u Olimpia? —preguntó Chiara de manera tímida.
—¿Y a ti quien dijo que podías hablarme? ¿Acaso me conoces? No te interesa saber quién soy y a mí no me interesa quién eres tú.
—Soy Chiara, tu hermana—la risa que soltó la joven ofendió a Chiara, y ya no volvió a dirigirle la palabra.
Al llegar a casa, la señora Rosario esperaba en la puerta recibiendo con un abrazo a su hija y entrando enseguida, sin esperar para saludar a Chiara o darle la bienvenida al país, a su casa.
Chiara vio aquel rostro que ahora le daba la espalda, y no sintió ninguna calidez de parte de ella. Había una muralla helada, cargada de rechazo.
Cuando entró a la casa, no lograba ni recordar las escaleras, pues partió muy pequeña de aquel lugar, miró hacia los lados para ver si su padre estaba allí, pero lo único que había era una mujer de mediana edad con un uniforme blanco con negro que se acercó a ella.
—Bienvenida a casa, señorita.
—H-Hola. ¿Podría ver a mi padre? —Tenía un nudo en su voz, como si deseara llorar.
—Me temo que no, no se encuentra aquí, pero llegará para la cena. Está usted empapada, permítame ayudarla con el equipaje y mostrarle su habitación.
—Desde luego, muchas gracias—Lo primero que Chiara hizo fue ir hacia las escaleras, pero la mujer la detuvo.
—Señorita, no es por allí—dijo—. Su habitación está aquí abajo.
—Ah… Estoy un poco perdida, prácticamente esta es la primera vez que vengo aquí. Si estuve alguna vez, no logro recordarlo.
Chiara y la mujer del servicio cruzaron por la cocina, por el área de lavado, salieron al patio trasero y allí vieron la piscina, mientras Chiara se preguntaba a dónde la dirigía.
Al final del todo, había una descolorida puerta, incluso pequeña, que al abrirla dio paso a una pequeña, diminuta habitación, con una cama, un ventilador y un armario empotrado.
La casa era muy grande, podría tener al menos siete habitaciones tranquilamente, pero…¿le daban esa a Chiara? Aquello ni siquiera podía contar como algo parte de la casa.
La mujer la miró apenada, no era culpa de ella, esa había sido la orden que dio Rosario y así tenía que hacerlo la servidumbre.
—Es aquí.
—Oh…—Chiara no podría creérselo—. Muchas gracias por guiarme. ¿Cree que mi padre tardará en llegar?
—Un par de horas.
—Y, ¿sabe algo de mi prometido? La boda es mañana y me gustaría verlo hoy, pero no tengo la más mínima información, no quiero llegar al altar y conocer su cara ese día.
—Lo lamento, tan solo sé que su nombre es Davide Queen. A lo mejor encuentra algo de él en internet, puede que su rostro.
—Sí, ahora con su nombre será más fácil.
—Escuché que una de sus hermanas decía que era extremadamente guapo, debe ser cierto. —Chiara sonrió, imaginando su príncipe azul—. Mi nombre es Mildred, para lo que necesite estoy a un solo pasa.
Mildred se marchó, dejando a Chiara con un nudo en el estómago, mientras entendía perfectamente el mensaje que le daban con aquel recibimiento.
Allí no era bienvenida.
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####ADVERTENCIA Esta historia contendrá: Contenido Sexual Explícito, Lenguaje Fuerte y Escenas de Violencia Doméstica que pueden ser desencadenantes. Solo para adultos.#########
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