Capítulo 2 2
—No voy a bajar.
La sirvienta cerró los ojos.
Como si estuviera perdiendo la paciencia.
—Debe bajar.
—No.
—La están esperando.
—Perfecto.
Que sigan esperando.
La mujer respiró profundamente.
—Señora...
—Ni siquiera empieces a llamarme así.
Livia observó su reflejo en el espejo.
Y apenas se reconoció.
El vestido blanco.
Las joyas.
El peinado elaborado.
Todo gritaba nobleza.
Todo gritaba riqueza.
Todo gritaba mentira.
Ella era una esclava.
Una esclava vestida con ropa prestada.
Nada más.
—Si no baja, vendrán los guardias.
Livia soltó una risa amarga.
—Siempre terminamos ahí, ¿verdad?
La sirvienta no respondió.
Porque ambas conocían la respuesta.
Sí.
Siempre terminaban ahí.
Livia se puso de pie.
Las piernas le temblaban.
No por miedo.
Bueno.
No solamente por miedo.
Porque estaba a punto de casarse con un desconocido.
Un general romano.
Uno de los hombres más importantes del imperio.
Y si descubría quién era realmente...
Podía ordenar su ejecución.
Qué manera tan elegante de comenzar un matrimonio.
Minutos después.
Las enormes puertas del atrio se abrieron.
Y Livia sintió que el corazón se detenía.
Había gente por todas partes.
Senadores.
Nobles.
Militares.
Sirvientes.
Todos observándola.
Todos sonriendo.
Todos creyendo que era Octavia.
Nadie sospechaba nada.
Aquello debería haberla tranquilizado.
No lo hizo.
Porque significaba que la mentira estaba funcionando.
Y cuanto mejor funcionara...
Más dolorosa sería la caída.
—Camina.
susurró una mujer a su lado.
Livia obedeció.
Un paso.
Luego otro.
Y entonces lo vio.
Marco Valerio.
Esperándola al final del salón.
Alto.
Vestido con una túnica ceremonial oscura.
Cabello negro.
Mandíbula marcada.
Expresión seria.
No.
Seria no era la palabra.
Cansada.
Como si estuviera allí por obligación.
Como si tampoco quisiera estar en esa boda.
Aquello llamó inmediatamente su atención.
Porque los hombres enamorados no parecían así.
Los hombres enamorados sonreían.
Marco parecía estar preparándose para una batalla.
Y por alguna razón eso la hizo sentir un poco menos sola.
Continuó caminando.
Intentando recordar cada una de las instrucciones.
No tropieces.
No hables demasiado.
No hagas preguntas.
No olvides que eres Octavia.
La última era la más difícil.
Porque no era Octavia.
Y cada paso la acercaba más al hombre que podía descubrirlo.
Cuando finalmente llegó a su lado, Marco inclinó ligeramente la cabeza.
Un gesto respetuoso.
Formal.
Distante.
—Octavia.
Su voz era más grave de lo que esperaba.
—Marco.
La palabra salió demasiado rápido.
Demasiado nerviosa.
Demasiado humana.
Él la observó durante un segundo.
Y algo extraño cruzó su mirada.
Algo que desapareció tan rápido como apareció.
La ceremonia comenzó.
Livia apenas escuchó una palabra.
Los sacerdotes hablaban.
La gente observaba.
Las antorchas ardían.
Y ella solo podía pensar en una cosa.
No cometas errores.
No cometas errores.
No cometas errores.
—¿Aceptas esta unión?
preguntó el sacerdote.
Livia tardó un segundo de más en responder.
—Sí.
Varias personas sonrieron.
El sacerdote continuó.
Marco no.
Seguía observándola.
Como si estuviera intentando resolver algo.
Como si hubiera encontrado una pieza que no encajaba.
Aquello hizo que el pánico creciera.
Porque los hombres inteligentes eran peligrosos.
Y Marco Valerio parecía extremadamente inteligente.
La ceremonia terminó.
Los invitados comenzaron a aplaudir.
Algunos levantaron copas.
Otros comenzaron a acercarse.
Y Livia comprendió que la parte fácil había terminado.
Ahora debía convivir con él.
Una hora después.
Estaban solos.
Por primera vez.
La habitación era enorme.
Demasiado elegante.
Demasiado silenciosa.
Demasiado íntima.
Marco permanecía junto a una ventana.
Observando la ciudad.
Livia permanecía junto a la puerta.
Observando la distancia entre ambos.
Ninguno parecía especialmente interesado en acercarse.
Aquello resultó inesperado.
Y bastante conveniente.
Finalmente fue él quien habló.
—No tienes que parecer tan aterrorizada.
Livia casi se atragantó.
—¿Perdón?
—Pareces una mujer camino a una ejecución.
Si supieras lo cerca que estás.
—Estoy cansada.
La mentira salió automática.
Marco soltó una pequeña risa.
Y por primera vez pareció más joven.
Más humano.
—Yo también.
Silencio.
—Entonces tenemos algo en común.
La frase escapó antes de que pudiera detenerla.
Maldita sea.
Marco levantó una ceja.
—Supongo que sí.
Livia bajó la mirada.
Esperando haber cometido un error.
Pero él parecía más sorprendido que molesto.
—Has cambiado.
El corazón se detuvo.
—¿Qué?
—Has cambiado.
Aquella frase golpeó como una espada.
Porque no sabía qué responder.
No sabía cómo era Octavia.
No sabía cómo hablaba.
No sabía cómo sonreía.
No sabía nada.
—Las personas cambian.
dijo finalmente.
Marco permaneció callado.
Observándola.
Demasiado tiempo.
—Sí.
La respuesta sonó extraña.
Como si no estuviera convencido.
Como si algo no encajara.
Y entonces ocurrió.
Marco sonrió.
Una sonrisa pequeña.
Casi imperceptible.
—Pero quizá no sea algo malo.
Livia parpadeó.
Confundida.
Porque aquella no parecía la reacción de un hombre que acababa de notar algo sospechoso.
Parecía la reacción de un hombre aliviado.
Y eso era mucho más peligroso.
Porque significaba que estaba empezando a gustarle una versión de Octavia que jamás había conocido.
Aquella idea debería haberla tranquilizado.
No lo hizo.
Porque esa mujer no existía.
Esa noche.
Mucho después de que Marco abandonara la habitación.
Livia permaneció despierta.
Mirando el techo.
Pensando.
Sobreviviendo.
Como siempre.
Hasta que escuchó voces al otro lado de la puerta.
—... el general no debe sospechar nada.
Era una voz masculina.
Desconocida.
—No lo hará.
respondió otra persona.
—Mientras ella cumpla su papel.
Livia permaneció inmóvil.
Escuchando.
—¿Y si no puede hacerlo?
preguntó la primera voz.
Hubo un silencio.
—Entonces tendremos un problema.
Los pasos comenzaron a alejarse.
Y la conversación terminó.
Livia se quedó mirando la oscuridad.
Con el corazón acelerado.
Porque acababa de recordar algo muy importante.
Todos estaban preocupados por la mentira.
Nadie parecía preocupado por ella.
Y si algo salía mal...
Sería la única persona que pagaría el precio.
