
LA ESPOSA SUSTITUTA DEL IMPERIO ROMANO
MACA · En curso · 191.8k Palabras
Introducción
Si él descubre la verdad, la odiará.
Y si se enamora de él... estará perdida.
Livia ha pasado toda su vida sobreviviendo.
Cuando era una niña, vio cómo su madre era vendida y arrancada de su lado para siempre. Desde entonces aprendió una lección cruel: las personas como ella no eligen su destino.
Pero todo cambia cuando es obligada a ocupar el lugar de Octavia, una noble desaparecida que debía casarse con Marco Valerio, uno de los generales más respetados de Roma.
Convertida en una esposa que no es.
Rodeada de una vida que no le pertenece.
Y atrapada en una mentira capaz de costarle la vida.
Livia solo tiene una misión: sobrevivir.
Lo que no esperaba era descubrir que Marco no es el hombre frío y ambicioso que todos describen.
Y mucho menos que, por primera vez en su vida, alguien sería capaz de verla realmente.
Porque mientras el Imperio entero espera el regreso de la verdadera Octavia, Livia empieza a desear algo que nunca creyó posible.
Un hogar.
Una familia.
Y el amor de un hombre que jamás debería conocer la verdad.
Capítulo 1
—Si descubren quién eres, te crucificarán.
Livia no apartó la vista de la mujer que acababa de decirlo. Quiso encontrar una grieta en su expresión, una señal de exageración o crueldad satisfecha. No encontró nada. Tertia hablaba de su muerte con la misma serenidad con la que habría encargado vino para la cena.
Sobre la mesa descansaba un vestido blanco bordado con hilo de oro. La tela parecía emitir luz dentro de aquella habitación sin ventanas. Livia nunca había tocado algo tan costoso. Tampoco había visto dos guardias custodiando un vestido.
—Entonces será mejor que no me lo ponga.
Tertia entrelazó las manos.
—La señorita Octavia ha desaparecido.
—Eso no responde a lo que dije.
—Lo hará.
Livia miró a los hombres apostados junto a la puerta. Ninguno llevaba el casco puesto, pero ambos mantenían una mano cerca de la espada. Había aprendido a reconocer una amenaza antes de que alguien la pronunciara. A veces tenía filo. Otras veces vestía seda y olía a mirra.
—¿Dónde está Octavia?
—No lo sabemos.
La pausa fue demasiado larga.
—Mientes.
Uno de los guardias dio un paso. Tertia levantó dos dedos y lo detuvo.
—Eres más observadora de lo que me dijeron.
—¿Quién habló de mí?
—Personas que necesitaban encontrar a una mujer de tu edad, tu altura y tu rostro.
Livia volvió a mirar el vestido. Esta vez entendió por qué estaba allí.
La comprensión se instaló despacio, encajando cada detalle: las medidas tomadas durante la semana, los baños perfumados, la mujer que había revisado sus dientes, las preguntas sobre lectura, modales y memoria.
—No.
Tertia inclinó la cabeza.
—Todavía no he terminado.
—Yo sí.
Livia avanzó hacia la puerta. Los guardias cruzaron las lanzas frente a ella.
No se sorprendió. Lo habría hecho si la hubieran dejado pasar.
—Mañana te casarás con Marco Valerio —dijo Tertia.
Livia se volvió.
Durante unos segundos solo escuchó su respiración.
Marco Valerio no era un nombre. Era una frontera. General de Roma, hijo de una familia antigua, hombre al que los vendedores de vino culpaban de subir los precios cada vez que una campaña terminaba. Las mujeres libres comentaban sus victorias y sus hombros con idéntico entusiasmo. Los esclavos conocían otra versión: la de un comandante capaz de ordenar cien muertes antes del desayuno.
—Busca a otra.
—Ya buscamos.
—No soy noble.
—Por eso podemos obligarte.
La frase fue limpia. Sin excusas.
Livia apretó los dedos hasta sentir las uñas.
—Él conocerá a Octavia.
—La ha visto pocas veces durante los últimos años. Su compromiso fue decidido cuando eran niños. Las familias mantuvieron la unión aunque ambos pasaran más tiempo separados que juntos.
—Eso no significa que sea ciego.
—Significa que tenemos una oportunidad.
—¿Tenemos?
Tertia sonrió apenas.
—Tú tienes una oportunidad de seguir respirando.
Livia soltó una risa seca.
—Generosa.
—Realista.
Las dos sirvientas que esperaban junto a la pared se acercaron. Una levantó el vestido. La otra sostuvo una caja llena de joyas, peines y frascos.
Livia retrocedió.
—No me toquen.
Las mujeres se detuvieron, pero no por obediencia. Miraron a Tertia.
Todo en aquella habitación esperaba su permiso.
—Octavia habla poco cuando está incómoda —explicó Tertia—. Eso te favorecerá. Mantendrás la espalda recta, no discutirás en público y jamás mencionarás tu infancia. Sabes leer lo suficiente. Aprenderás el resto esta noche.
—¿Y mañana por la noche?
Tertia no respondió.
El vestido de boda no era el único problema. Después vendrían la habitación, la cama y un esposo con derecho legal a tocar a la mujer que creyera haber desposado.
Livia sintió náuseas.
—No puedes obligarme a entrar en su cama.
—Puedo obligarte a llegar hasta ella.
—Eso tiene otro nombre.
Por primera vez, algo se movió en la expresión de Tertia. No culpa. Molestia.
—Marco Valerio no es un bruto.
—Qué alivio. Moriré con buenos modales.
Uno de los guardias soltó aire por la nariz. Tertia lo miró y el hombre volvió a endurecerse.
—Escúchame bien, Livia. Si te niegas, morirás hoy. Si intentas huir, morirás antes de cruzar el patio. Si aceptas y cumples, cuando esto termine recibirás tu libertad.
La palabra quedó suspendida entre ambas.
Libertad.
Livia había oído promesas parecidas desde niña. Siempre llegaban acompañadas de una condición nueva.
—¿Cuándo termina?
—Cuando Octavia aparezca o cuando las familias ya no necesiten sostener la alianza.
—Eso puede tardar años.
—Sí.
—Y si ella regresa, ¿qué harán conmigo?
Tertia guardó silencio.
Livia sintió un frío más profundo que el miedo.
—¿Qué harán conmigo?
—Dependerá de cuánto sepas entonces.
—Ya sé demasiado.
—Por eso conviene que seas útil.
Las sirvientas volvieron a acercarse. Esta vez Livia no retrocedió. No porque aceptara, sino porque resistirse allí solo les daría una excusa para sujetarla.
Una de ellas tomó su cabello y lo extendió sobre su espalda.
—El color coincide —murmuró.
La otra le giró el rostro hacia la lámpara.
—La nariz es apenas distinta.
—Se corrige con sombras —dijo Tertia—. Y nadie mira con atención a una novia detrás del velo.
Livia apartó la mano de la sirvienta.
—Marco sí lo hará.
—Entonces tendrás que darle otra cosa que mirar.
La insinuación le revolvió el estómago.
—No voy a seducirlo.
—No te estoy pidiendo que lo ames.
—Ni siquiera sabes lo que estás pidiendo.
Tertia se acercó hasta quedar frente a ella. Livia percibió el perfume caro y una leve cicatriz junto a su mandíbula.
—Te estoy pidiendo que sobrevivas.
—No. Me estás pidiendo que desaparezca para que otra mujer siga existiendo.
Durante un instante, Tertia pareció medirla de nuevo. No como una esclava. Como un riesgo.
—Octavia tiene una cicatriz pequeña debajo del pecho izquierdo. Mañana te la dibujarán. Tiene la costumbre de tocarse el anillo cuando miente. No soporta los caballos, detesta el vino dulce y llama “Claudia” a su mejor amiga, nunca “Claudia Aurelia”. Recuerda todo.
Livia memorizó cada palabra a pesar de sí misma.
Así había sobrevivido siempre: aprendiendo incluso aquello que odiaba.
Tertia señaló el vestido.
—Quítate la túnica.
—No.
—Las costureras deben ajustarlo.
—Pueden hacerlo sobre mi ropa.
—La noche de bodas no llevarás otra túnica debajo.
Livia sostuvo su mirada.
—Entonces procura que el general sea tan poco observador como esperas.
La sonrisa de Tertia desapareció.
—Marco Valerio ha sobrevivido a tres campañas porque observa lo que otros pasan por alto.
—Acabas de decir que tenemos una oportunidad.
—La tenemos si dejas de desafiarme y empiezas a aprender.
Livia miró el vestido una última vez. Después levantó los brazos para que las sirvientas retiraran su túnica. No bajó la cabeza. No les daría también eso.
Mientras medían su cintura, recordó la mano de su madre perdiéndose entre una multitud quince años atrás. Nadie había preguntado si quería soltarla. Roma llevaba toda su vida decidiendo qué debía perder.
Esta vez, al menos, conservaría su nombre dentro de sí.
Tertia tomó el velo y lo colocó sobre su cabello.
—Mañana, cuando Marco Valerio te lo quite, no podrá encontrar a Livia debajo.
Livia miró su reflejo cubierto de blanco.
—Entonces reza para que no sea la primera persona que me vea de verdad.
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