Capítulo 3 3
—No lo hará.
—Mientras ella cumpla su papel.
Livia abrió los ojos de golpe.
La habitación estaba en silencio.
Oscura.
Vacía.
Las voces habían desaparecido.
Pero el miedo seguía allí.
Porque acababa de comprender algo importante.
No era una esposa.
No era una noble.
No era Octavia.
Era una herramienta.
Y las herramientas se reemplazaban cuando dejaban de ser útiles.
Livia se incorporó lentamente.
Miró la habitación.
Las cortinas.
Las columnas.
La cama enorme.
Toda aquella riqueza parecía una broma cruel.
Porque nunca había tenido menos control sobre su propia vida.
A la mañana siguiente.
—No.
La anciana dejó la copa sobre la mesa.
—¿Qué?
preguntó Livia.
—Así no.
—¿Así cómo?
—Tomaste el pan antes que el queso.
Livia la observó.
Luego observó el pan.
Luego observó el queso.
—Creo que sobreviviremos.
La mujer cerró los ojos.
—Voy a enfermar.
—Yo llevo años enferma.
La anciana decidió ignorarla.
Una decisión inteligente.
Livia tomó otro trozo de pan.
Por rebeldía.
Porque las pequeñas victorias seguían siendo importantes.
Aunque fueran absurdas.
—La esposa de Marco Valerio no puede comportarse así.
—La esposa de Marco Valerio tampoco debería tener que memorizar el orden correcto para atacar un desayuno.
La anciana emitió un sonido que parecía una plegaria desesperada.
Livia sonrió.
Quizá aquella mujer era la única persona de la villa que le decía la verdad.
Horas después.
El primer banquete oficial comenzó.
Y Livia descubrió inmediatamente que odiaba los banquetes.
Demasiada gente.
Demasiadas preguntas.
Demasiadas oportunidades para morir socialmente.
Marco ocupaba el asiento principal.
Ella estaba a su lado.
Exactamente donde todos podían verla.
Exactamente donde no quería estar.
—Lady Octavia.
La voz de un senador llamó su atención.
Livia levantó la vista.
—Sí.
—Hace años que no la veía.
—Es cierto.
El hombre sonrió.
—¿Todavía monta caballos?
El corazón se detuvo.
No tenía idea.
Ninguna.
—A veces.
Silencio.
El senador arqueó una ceja.
—Curioso.
—¿Por qué?
—Porque siempre los detestó.
Maldita sea.
Error.
Error enorme.
Livia sintió el calor subir por su cuello.
—Las personas cambian.
Varias personas rieron.
La conversación siguió.
Pero Marco no apartó la mirada.
Y eso era un problema.
Porque estaba empezando a sumar demasiados detalles.
Demasiadas diferencias.
Demasiadas contradicciones.
Cuando el banquete terminó, Livia casi suspiró de alivio.
Casi.
—Camina conmigo.
La voz de Marco apareció a su lado.
—¿Es una orden?
—No.
—Entonces puedo negarme.
—No.
Livia levantó una ceja.
Marco sonrió.
—Definitivamente es una orden.
Caminaron por los jardines.
Las fuentes murmuraban bajo la luz de las antorchas.
Y por primera vez desde la boda, ninguno habló durante varios minutos.
Extrañamente, el silencio no resultó incómodo.
—Odiabas los banquetes.
dijo Marco.
Livia sintió un escalofrío.
—Quizá ya no.
—Quizá.
—Las personas cambian.
—Sí.
Marco se detuvo.
Y la observó.
Directamente.
—Pero no tanto.
Ahí estaba otra vez.
La sospecha.
—¿Qué intentas decir?
—Nada.
Mentira.
Los dos lo sabían.
—Solo me parece extraño.
—¿Qué cosa?
—Que después de años evitando esta boda...
Ahora pareces feliz de estar aquí.
Livia se quedó inmóvil.
Aquello no era una acusación.
Era algo peor.
Era observación.
—¿Ella no quería casarse contigo?
La pregunta escapó antes de que pudiera detenerla.
Marco soltó una risa breve.
Sin humor.
—Nunca.
Por alguna razón, aquella respuesta le dolió.
—Y tú lo sabías.
—Siempre.
—Entonces ¿por qué aceptaste?
Marco tardó unos segundos en responder.
—Porque algunas obligaciones no se eligen.
Aquella frase golpeó más fuerte de lo esperado.
Porque ella entendía exactamente lo que significaba.
—Debió ser difícil.
Marco la observó.
Sorprendido.
Como si nadie le hubiera hecho esa pregunta antes.
—Lo fue.
Silencio.
Largo.
Tranquilo.
Humano.
—¿Y ahora?
preguntó Livia.
—¿Ahora qué?
—¿Sigues queriendo casarte con ella?
Marco no respondió inmediatamente.
Y por alguna razón, eso hizo que el corazón de Livia latiera más rápido.
—No lo sé.
Aquella respuesta cayó entre ellos.
Pesada.
Peligrosa.
Porque por primera vez Livia tuvo la sensación de que Marco no estaba hablando de Octavia.
Estaba hablando de ella.
Y eso era imposible.
Porque la mujer que empezaba a gustarle ni siquiera existía.
Lo extraño era que Marco parecía estar de acuerdo.
Y aquello era absurdo.
Porque la mujer que él empezaba a apreciar ni siquiera era la mujer con la que había aceptado casarse.
Era una esclava.
Una mentira.
Una impostora.
Y aun así...
Parecía preferirla.
—Marco.
Una voz femenina interrumpió el momento.
Livia giró la cabeza.
Y sintió cómo el estómago se hundía.
La joven avanzaba hacia ellos sonriendo.
Hermosa.
Elegante.
Segura de sí misma.
—Claudia.
dijo Marco.
La mujer llegó hasta ellos.
Y abrazó a Livia sin previo aviso.
—Pensé que jamás volvería a verte.
Pánico.
Absoluto pánico.
Porque aquella mujer conocía a Octavia.
Y ella no tenía idea de quién era.
—Yo...
—Ni siquiera me escribiste.
Claudia retrocedió.
Observándola.
Frunciendo ligeramente el ceño.
—¿Te encuentras bien?
—Claro.
—Porque me estás mirando como si nunca me hubieras visto.
El corazón de Livia empezó a golpear con fuerza.
Marco seguía allí.
Observando.
Esperando.
Y por primera vez desde que llegó a Roma...
No tuvo una respuesta.
