Capítulo 4 4

—Porque me estás mirando como si nunca me hubieras visto.

El corazón de Livia golpeó con fuerza.

Claudia seguía observándola.

Esperando.

Sonriendo.

Pero aquella sonrisa ya no parecía amistosa.

Parecía curiosa.

Y la curiosidad podía ser mortal.

—Han pasado años.

La respuesta salió antes de que pudiera pensarla demasiado.

Claudia ladeó la cabeza.

—Tres.

—Mucho tiempo.

—No para olvidar a tu mejor amiga.

Maldita sea.

Mejor amiga.

Información nueva.

Información que debería haber conocido.

—Claro que no te olvidé.

Claudia siguió observándola durante unos segundos.

Luego sonrió.

Y Livia sintió deseos de agradecerles a todos los dioses romanos.

Había sobrevivido.

Por ahora.

—Sigues siendo extraña.

—Gracias.

—No era un cumplido.

—Lo imaginé.

Marco soltó una carcajada.

Y por alguna razón aquello alivió la tensión.

Solo un poco.

Cuando Claudia finalmente se marchó, Livia sintió que podía volver a respirar.

—Tuviste suerte.

dijo Marco.

—¿Perdón?

—Claudia habla mucho.

—Eso ya lo noté.

Marco volvió a sonreír.

Y aquella sonrisa hizo algo extraño dentro de ella.

Algo que necesitaba dejar de ocurrir.

Inmediatamente.

Porque enamorarse del hombre que podía condenarla a muerte era una pésima estrategia de supervivencia.

A la mañana siguiente.

Livia desayunaba sola cuando una sirvienta apareció.

—Mi señora.

—¿Sí?

—Lady Cornelia desea verla.

Perfecto.

Justo la persona que menos quería ver.

Minutos después.

Cornelia estaba sentada frente a ella.

Elegante.

Impecable.

Intimidante.

Como siempre.

—Te ves cansada.

—Estoy casada.

Cornelia arqueó una ceja.

—Eso explica muchas cosas.

Por primera vez, Livia estuvo a punto de reír.

Aquello la sorprendió.

Porque hasta ese momento no había creído que Cornelia tuviera sentido del humor.

—¿Qué desea?

preguntó.

Cornelia tomó una copa de vino.

—Quería conocer mejor a la nueva esposa de Marco.

Aquello sonó inocente.

Demasiado inocente.

—Ya me conoce.

—No.

La respuesta llegó inmediatamente.

—Conocía a Octavia.

No a ti.

Silencio.

Aquellas palabras se sintieron peligrosas.

Muy peligrosas.

Porque por un instante pareció que Cornelia sabía algo.

Algo importante.

—Las personas cambian.

dijo Livia.

Cornelia sonrió.

—Esa frase empieza a aburrirme.

Livia decidió que definitivamente no le agradaba aquella mujer.

—¿Siempre fue tan amable?

preguntó.

—No.

—Qué alivio.

—Antes era peor.

Aquello sí la hizo sonreír.

Cornelia la observó durante unos segundos.

Y por primera vez pareció menos fría.

Más humana.

—Marco merece ser feliz.

La frase apareció de la nada.

Livia parpadeó.

—Supongo.

—No.

Lo merece.

Silencio.

—Ha pasado demasiados años intentando ganar el afecto de una mujer que jamás quiso dárselo.

Aquello golpeó directamente en el pecho.

Porque sabía exactamente de quién hablaba.

De Octavia.

—¿La amaba?

preguntó antes de poder detenerse.

Cornelia soltó una risa amarga.

—No.

Livia se sorprendió.

—¿No?

—Creía que la amaba.

Hay diferencia.

Aquello la confundió todavía más.

—No entiendo.

—Porque nunca tuvo otra opción.

respondió Cornelia.

—Desde niño le dijeron que algún día se casaría con ella.

Así que dedicó años a intentar merecer algo que nunca fue suyo.

Livia bajó la mirada.

Por alguna razón aquello la entristeció.

Mucho.

—Es injusto.

Cornelia la observó.

—Sí.

Lo es.

Y por primera vez, Livia comprendió algo.

Cornelia no odiaba a Marco.

Lo apreciaba.

Quizá demasiado.

Y eso explicaba muchas cosas.

Horas después.

Livia caminaba por los jardines cuando encontró a Marco entrenando.

Solo.

Sin soldados.

Sin escoltas.

Sin espectadores.

Una espada de madera descansaba en sus manos.

Y por primera vez no parecía un general.

Parecía simplemente un hombre.

Uno agotado.

Marco se giró al escucharla.

—¿Necesitas algo?

—No.

—Entonces ¿por qué me observas?

—Porque pareces menos aterrador cuando no estás rodeado de soldados.

Marco soltó una risa.

—Eso es decepcionante.

—Para ti quizá.

—Para mi reputación.

Livia sonrió.

Y durante un instante olvidó quién era.

Olvidó la mentira.

Olvidó el peligro.

Olvidó todo.

—¿Quieres intentarlo?

preguntó Marco.

—¿Qué?

—La espada.

Livia casi se atragantó.

—Ni siquiera sé sostener una.

—Lo sé.

—Gracias por la confianza.

Marco se acercó.

Le entregó la espada de madera.

Y cuando sus dedos se rozaron...

Algo ocurrió.

Algo pequeño.

Ridículo.

Pero imposible de ignorar.

Los dos lo sintieron.

Porque ambos se quedaron inmóviles.

Solo un segundo.

Solo un instante.

Pero fue suficiente.

Livia fue la primera en apartarse.

Porque aquello era peligroso.

Demasiado peligroso.

—Tu postura es horrible.

dijo Marco.

Ella lo fulminó con la mirada.

—Y aquí estaba pensando que eras amable.

—Jamás he sido acusado de eso.

La siguiente media hora transcurrió entre risas.

Errores.

Comentarios sarcásticos.

Y algo que Livia no había experimentado en mucho tiempo.

Paz.

Simple paz.

Hasta que tropezó.

La espada cayó.

Y ella también.

Marco reaccionó por instinto.

Sujetándola antes de que golpeara el suelo.

Silencio.

El mundo pareció detenerse.

Porque ahora estaban demasiado cerca.

Muchísimo más cerca de lo que deberían.

Livia podía sentir su respiración.

Ver cada detalle de su rostro.

Cada cicatriz.

Cada línea.

Cada emoción.

Y por primera vez comprendió algo aterrador.

No le gustaba Marco porque era poderoso.

No le gustaba porque era un general.

No le gustaba porque era importante.

Le gustaba porque era bueno.

Y aquello era muchísimo peor.

Porque los hombres buenos eran los más difíciles de olvidar.

Marco tampoco se movió.

Durante varios segundos.

Demasiados segundos.

—Deberías tener más cuidado.

murmuró.

La voz sonó diferente.

Más baja.

Más suave.

Y eso hizo que el corazón de Livia latiera todavía más rápido.

—Intentaré recordarlo.

Marco siguió observándola.

Y por primera vez desde que se conocieron...

Las sospechas desaparecieron de su mirada.

Solo por un instante.

Solo un momento.

Pero desaparecieron.

Y aquello fue más peligroso que cualquier interrogatorio.

Porque significaba que estaba empezando a confiar en ella.

Esa noche.

Mientras intentaba dormir, Livia no podía dejar de pensar en algo.

No en Octavia.

No en Cornelia.

No en la mentira.

Pensaba en Marco.

Y comprendió que tenía un problema.

Uno enorme.

Porque estaba empezando a enamorarse de su propio esposo.

Capítulo anterior
Siguiente capítulo