Capítulo 5 5

Livia llevaba tres días intentando dejar de pensar en Marco.

Tres días.

Había fracasado miserablemente.

Porque cada vez que lograba olvidarlo durante unos minutos...

Aparecía.

Sonriendo.

Bromeando.

O simplemente existiendo.

Y eso era suficiente para arruinar cualquier esfuerzo.

Se repetía una y otra vez que aquello era absurdo.

Él solo era un romano.

El hombre al que debía engañar.

La persona cuya confianza necesitaba para cumplir su misión.

Nada más.

Entonces recordaba la forma en que había reído con ella aquella mañana.

O la paciencia con la que escuchaba incluso sus comentarios más absurdos.

Y toda esa lógica se desmoronaba como un muro construido sobre arena.

—Te ves distraída.

Livia levantó la vista.

Claudia.

Por supuesto.

—Y tú te apareces demasiado.

Claudia sonrió con esa expresión traviesa que siempre parecía anunciar problemas.

—Eso no fue una negación.

—Porque era una observación.

—Claro.

La joven tomó asiento frente a ella sin pedir permiso.

Apoyó los codos sobre la mesa y la estudió durante varios segundos.

—¿Qué ocurre?

—Nada.

—Mientes peor que antes.

Livia casi se atragantó.

—¿Qué?

—Antes eras mejor mintiendo.

Silencio.

Un silencio brutal.

Porque Claudia estaba bromeando.

Pero Livia sintió cómo el corazón se detenía.

Durante un instante creyó que la habían descubierto.

Que alguien había visto detrás de la máscara.

Que todo había terminado.

—Estoy cansada.

dijo rápidamente.

—Últimamente siempre estás cansada.

—Es una enfermedad terrible.

Claudia soltó una carcajada.

Por suerte.

Porque por un momento Livia creyó que todo había terminado.

La conversación continuó por otros asuntos, pero apenas escuchó una palabra.

Su mente seguía atrapada en aquella frase.

"Mientes peor que antes."

¿De verdad estaba perdiendo el control?

Horas después.

Marco regresó de una reunión militar.

Visiblemente irritado.

Lo cual resultó extraño.

Porque normalmente parecía tener el control absoluto de sí mismo.

Incluso cuando discutía con los senadores o recibía malas noticias, conservaba aquella calma casi insoportable.

Esta vez no.

Su mandíbula permanecía tensa.

Sus hombros rígidos.

Y caminaba como si todavía siguiera discutiendo con alguien.

—¿Problemas?

preguntó Livia.

Marco levantó la vista.

Como si acabara de recordar que ella estaba allí.

—Siempre.

—Eso no responde nada.

—Precisamente.

Aquello la hizo sonreír.

—Debes ser muy popular en el Senado.

—Me toleran.

—Suena romántico.

Marco soltó una risa.

Y el mal humor desapareció un poco.

—No tienes idea.

Silencio.

Cómodo.

Natural.

Peligroso.

Porque cada vez ocurría con más frecuencia.

Y cada vez resultaba más fácil permanecer cerca de él sin recordar que debía mantener distancia.

—¿Por qué me observas así?

preguntó Marco.

Livia apartó la mirada inmediatamente.

—No te observaba.

—Claro que sí.

—No.

—Sí.

—No.

—Sí.

Ella cruzó los brazos.

—Empiezas a parecerte a mí.

Marco sonrió.

Y aquella sonrisa hizo cosas extrañas dentro de ella.

Como si alguien hubiera encendido una pequeña llama donde antes solo existía prudencia.

Cosas que necesitaban detenerse.

Urgentemente.

Esa tarde.

Livia encontró algo inesperado.

Un pequeño templo familiar dentro de la villa.

Era sencillo.

Silencioso.

Alejado del resto de la casa.

El murmullo de los esclavos desaparecía allí.

Solo quedaba el perfume del incienso antiguo y la luz temblorosa que entraba por una pequeña abertura del techo.

Y por alguna razón decidió entrar.

Quizá porque necesitaba pensar.

Quizá porque necesitaba escapar.

Quizá porque estaba cansada de mentir.

Había varias figuras religiosas.

Algunas ofrendas.

Y una pequeña placa de piedra.

Livia se acercó.

Leyó el nombre.

Y se quedó inmóvil.

Valerio.

No Marco.

Otro.

Más antiguo.

Más viejo.

—Mi padre.

La voz apareció detrás de ella.

Livia se giró.

Marco estaba allí.

No parecía molesto por encontrarla.

Solo cansado.

—No sabía que alguien estaba aquí.

—Normalmente nadie viene.

Silencio.

Marco observó la placa durante unos segundos.

Había algo distinto en su expresión.

Menos firme.

Más humana.

—Murió cuando yo tenía doce años.

Aquello la sorprendió.

Porque nunca hablaba de sí mismo.

Nunca.

—Lo siento.

—Yo también.

La respuesta llegó con una honestidad que la desarmó.

—¿Eran cercanos?

Marco soltó una risa breve.

Sin humor.

—No.

Aquello la tomó desprevenida.

—¿No?

—Pasé toda mi infancia intentando que se sintiera orgulloso de mí.

Silencio.

Sus palabras no sonaban amargas.

Sonaban resignadas.

Como si hubiera aceptado hacía mucho tiempo que jamás obtendría la respuesta que había esperado durante años.

—¿Lo consiguió?

Marco tardó varios segundos en responder.

Mantuvo la vista fija en la placa.

—Murió antes de decidirlo.

Aquella frase golpeó directamente en el pecho.

Porque entendía exactamente ese dolor.

Demasiado bien.

Las personas que desaparecen dejan preguntas.

Las personas que mueren dejan silencios.

Y ambos pesan durante toda la vida.

—Mi madre desapareció cuando yo tenía diez años.

La confesión escapó antes de que pudiera detenerla.

Silencio.

Marco levantó la vista.

Sorprendido.

Porque era la primera verdad real que ella le decía.

—¿Desapareció?

Livia asintió lentamente.

Sintió un nudo en la garganta.

Como si aquellos recuerdos siguieran esperando detrás de una puerta que jamás había querido abrir.

—La vendieron.

La palabra salió áspera.

Fría.

Dolorosa.

—Intenté correr detrás del carro.

Tenía diez años.

Pensé que si corría lo bastante rápido podría alcanzarla.

Marco no dijo nada.

Ella tampoco.

Las imágenes regresaban con una claridad insoportable.

El polvo levantándose bajo las ruedas.

Los gritos.

El sonido de los caballos.

Y la mano de su madre extendida hacia ella por última vez.

—Un soldado me empujó.

Caí sobre las piedras.

Todavía tengo la cicatriz.

La voz comenzó a quebrarse.

Muy ligeramente.

—Nunca volví a verla.

Silencio.

Largo.

Profundo.

Y por primera vez desde que llegó a Roma, nadie intentó arreglar su dolor.

Nadie intentó decir que todo estaría bien.

Marco simplemente permaneció allí.

Escuchando.

Sin interrumpir.

Sin ofrecer respuestas vacías.

Y eso fue peor.

Porque la hizo sentir comprendida.

—Lo siento.

dijo finalmente.

Y aquellas dos palabras hicieron más que todas las demás.

Porque sonaron sinceras.

Porque parecían reales.

Porque ella quiso creerlas.

Aquello era un problema.

Uno enorme.

Porque estaba empezando a confiar en él.

Y él jamás debería confiar en ella.

Esa noche.

Mientras intentaba dormir, alguien llamó a la puerta.

Livia abrió.

Y encontró a una sirvienta.

La muchacha respiraba con dificultad, como si hubiera recorrido media villa para encontrarla.

—Mi señora.

—¿Qué ocurre?

—Ha llegado un mensajero.

—¿A estas horas?

—Sí.

La joven parecía nerviosa.

Demasiado nerviosa.

Sus manos temblaban.

Y evitaba mirarla directamente.

—¿Qué sucede?

La sirvienta tragó saliva.

—Trae noticias sobre Lady Octavia.

El corazón de Livia se detuvo.

Otra vez.

Pero esta vez no sintió miedo.

No inmediatamente.

Sintió algo peor.

Porque por primera vez desde que llegó a Roma...

No estaba pensando en lo que le ocurriría a ella.

Estaba pensando en Marco.

Y en cómo cambiaría su mirada cuando descubriera la verdad.

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