Capítulo 6 6

—Trae noticias sobre Lady Octavia.

El corazón de Livia se detuvo.

La sirvienta permanecía junto a la puerta.

Esperando.

Nerviosa.

Como si incluso ella comprendiera el peso de aquellas palabras.

Y por primera vez desde que había llegado a aquella villa, Livia descubrió algo aterrador.

No estaba pensando en sí misma.

No estaba pensando en la mentira.

No estaba pensando en la ejecución.

Estaba pensando en Marco.

En la expresión que tendría al escuchar aquellas noticias.

En la esperanza que quizá volvería a encenderse dentro de él.

Y esa idea dolía mucho más de lo que debería.

—¿Dónde está el mensajero?

preguntó.

—Con el general.

Por supuesto.

¿Con quién más?

Livia permaneció inmóvil varios segundos.

Quiso salir corriendo.

Quiso escuchar la conversación.

Quiso esconderse y no saber nada.

Al final solo asintió.

—Gracias.

La sirvienta se retiró.

Y el silencio regresó.

Pesado.

Incómodo.

Doloroso.

Porque una pregunta no dejaba de repetirse dentro de su cabeza.

¿Y si Octavia regresaba?

Aquello debería haberla tranquilizado.

Después de todo, significaría el final de la mentira.

El final del peligro.

El final de todo.

Entonces, ¿por qué sentía que le estaban arrancando algo?

Porque si Octavia regresaba...

Marco jamás volvería a mirarla de la misma forma.

Y aquella idea dolió mucho más de lo que estaba dispuesta a admitir.

No tenía derecho a sentirse así.

No después de todo lo que estaba ocultando.

No después de haber construido aquella relación sobre una mentira.

A la mañana siguiente.

La villa parecía un hormiguero alterado.

Sirvientes corriendo.

Soldados entrando y saliendo.

Mensajes.

Órdenes.

Rumores.

Incluso los esclavos hablaban en voz baja mientras cruzaban los patios.

Todo el mundo parecía conocer la noticia.

Y nadie parecía saber realmente nada.

Livia encontró a Claudia en uno de los corredores.

La joven llevaba varios pergaminos entre los brazos y caminaba con expresión agotada.

—¿Qué ocurre?

Claudia suspiró.

—Nada.

—Eso es mentira.

—Sí.

—Gracias por la honestidad.

Claudia cruzó los brazos.

—Un comerciante afirma haber visto a Octavia en Ostia.

Livia parpadeó.

—¿Solo eso?

—Solo eso.

Silencio.

—¿Ni pruebas?

—No.

—¿Ni testigos?

—No.

—¿Ni certeza?

—Tampoco.

Livia soltó lentamente el aire.

Aquello no era una noticia.

Era un rumor.

Nada más.

Roma vivía de rumores.

Un hombre decía haber visto algo.

Otro juraba conocer la verdad.

Y al final nadie sabía distinguir una historia de un hecho.

—Entonces podría ser cualquier mujer.

—Exactamente.

—Y toda Roma está perdiendo la cabeza por eso.

—También exactamente.

Por primera vez en horas, Livia sintió un poco de alivio.

Solo un poco.

Porque Octavia seguía siendo una amenaza.

Pero ya no parecía estar regresando mañana.

Y eso le daba tiempo.

Un tiempo que probablemente no merecía.

Horas después.

Marco regresó de una reunión con expresión cansada.

Muy cansada.

Su túnica mostraba el polvo del camino.

Llevaba el ceño fruncido.

Y caminaba más despacio que de costumbre.

Livia lo observó desde el otro extremo del atrio.

Y por primera vez comprendió algo.

Él tampoco parecía feliz con la noticia.

Aquello era extraño.

Porque si realmente había amado a Octavia...

¿No debería alegrarse?

¿No debería aferrarse a cualquier posibilidad de encontrarla?

—Te ves decepcionado.

La frase escapó antes de que pudiera detenerla.

Marco levantó la vista.

—¿Decepcionado?

—Sí.

—¿Por qué?

—Porque la encontraron.

Silencio.

Marco la observó varios segundos.

Como si intentara descubrir qué había detrás de aquella pregunta.

—No la encontraron.

—Ya sabes a qué me refiero.

La mirada del general se perdió durante un instante.

Como si estuviera pensando algo que no quería compartir.

Algo que llevaba demasiado tiempo guardando.

—No.

No lo sé.

Aquella respuesta la sorprendió.

—¿Qué significa eso?

Marco apoyó una mano sobre una columna.

Parecía agotado.

No físicamente.

Sino de una forma mucho más profunda.

—Significa que llevo años esperando algo.

Y ahora no estoy seguro de qué estoy esperando exactamente.

El corazón de Livia comenzó a latir más rápido.

Porque aquella frase parecía tener dos significados.

Y ambos eran peligrosos.

—Marco...

Él soltó una exhalación lenta.

—Olvídalo.

—No parece algo fácil de olvidar.

Una sonrisa apareció en los labios de él.

Pequeña.

Triste.

Como si incluso sonreír requiriera demasiado esfuerzo.

—Últimamente muchas cosas han dejado de ser fáciles.

Y por primera vez, ninguno apartó la mirada.

Porque ambos sabían que ya no estaban hablando de Octavia.

Había algo más.

Algo que ninguno se atrevía a nombrar.

Porque ponerle nombre significaría hacerlo real.

Esa tarde.

Livia decidió refugiarse en los jardines.

Necesitaba pensar.

Necesitaba respirar.

Necesitaba recordar que todo aquello era temporal.

El viento movía lentamente las ramas de los cipreses.

La fuente dejaba escapar un murmullo constante.

Por unos minutos consiguió olvidar el ruido de la villa.

Encontró un rincón tranquilo junto a una fuente.

Y por primera vez en días logró relajarse.

Hasta que escuchó pasos.

Marco.

Por supuesto.

Ya empezaba a parecer una costumbre.

—Empiezo a sospechar que me sigues.

dijo ella.

—Sería una estrategia terrible.

—¿Por qué?

—Porque eres muy difícil de encontrar.

Livia sonrió.

Y aquello fue un error.

Porque Marco sonrió también.

Y de repente el jardín pareció demasiado pequeño.

El aire demasiado cálido.

La distancia entre ambos demasiado corta.

—¿Te preocupa?

preguntó él.

—¿Qué cosa?

—Octavia.

La pregunta llegó tan directamente que el corazón de Livia tropezó.

—¿Debería preocuparme?

Marco tardó unos segundos en responder.

La estudió con atención.

Como si intentara leer algo escondido en su rostro.

—No.

Aquella palabra resultó extrañamente dolorosa.

Porque una parte de ella había querido escuchar otra cosa.

No sabía cuál.

Solo sabía que aquella respuesta la había dejado vacía.

—¿Por qué no?

preguntó.

Marco la observó.

Largamente.

Demasiado.

—Porque nada ha cambiado.

El mundo pareció detenerse.

—¿Nada?

—Nada.

La voz sonó firme.

Segura.

Como si estuviera completamente convencido.

Y eso fue precisamente lo que asustó a Livia.

Porque algo sí había cambiado.

Todo había cambiado.

Él simplemente aún no lo sabía.

Esa noche.

Livia no consiguió dormir.

Otra vez.

Permaneció sentada junto a la ventana.

Mirando las luces lejanas de Roma.

Pensando.

Recordando.

Sufriendo.

La ciudad seguía viva incluso a aquellas horas.

Podía escuchar voces lejanas.

Algún carro avanzando por las calles.

El ladrido de un perro.

Y, sin embargo, nunca se había sentido tan sola.

Hasta que una pregunta apareció.

Una que jamás se había permitido formular.

¿Y si Octavia nunca regresaba?

El pensamiento la horrorizó.

Porque era egoísta.

Cruel.

Injusto.

Pero estaba allí.

Y no podía ignorarlo.

Porque por primera vez en su vida...

Deseaba quedarse.

Deseaba pertenecer.

Deseaba dejar de huir.

Deseaba despertar cada mañana en aquella villa sin preguntarse cuánto tiempo le quedaba antes de que todo se derrumbara.

Y ese era exactamente el problema.

Porque los esclavos no aprendían a soñar.

Los esclavos aprendían a sobrevivir.

Y ella estaba empezando a olvidar la diferencia.

Capítulo anterior
Siguiente capítulo