Capítulo 7 7
Livia llevaba toda la mañana evitando a Marco.
Era una estrategia infantil.
Ineficiente.
Y completamente inútil.
Porque Roma parecía empeñada en empujarlos uno hacia el otro.
—Lady Octavia.
Livia cerró los ojos.
No.
Otra vez no.
Cuando abrió los ojos, encontró a Cornelia frente a ella.
Perfecto.
Todavía peor.
—Lady Cornelia.
—Te estaba buscando.
—Eso nunca son buenas noticias.
Cornelia arqueó una ceja.
—Empiezo a entender por qué le agradas.
El corazón de Livia tropezó.
—¿A quién?
—No insultes mi inteligencia.
Silencio.
Peligroso silencio.
Cornelia avanzó lentamente por el corredor.
—Marco ha sonreído más esta semana que en los últimos tres años.
Aquello la tomó por sorpresa.
Porque no esperaba escuchar algo así.
—Quizá está de buen humor.
—Marco nunca está de buen humor.
—Qué descripción tan alentadora.
—Estoy siendo sincera.
Livia observó a la mujer.
Y por primera vez tuvo la sensación de que Cornelia estaba estudiándola.
No como rival.
No todavía.
Como un problema.
—¿Qué ocurre?
preguntó finalmente.
Cornelia tardó varios segundos en responder.
—Lo estás cambiando.
Y aquello resultó mucho más aterrador que cualquier amenaza.
Porque era verdad.
Y porque ella también estaba cambiando.
Horas después.
Marco regresó de una reunión con varios oficiales.
Visiblemente cansado.
Pero al verla en el atrio, algo se suavizó en su expresión.
Solo un poco.
Solo un instante.
Pero Livia lo vio.
Y aquello fue suficiente para arruinarle el resto del día.
—Te estaban buscando.
dijo ella.
—¿Quién?
—La mitad del imperio.
Marco soltó una risa.
—Entonces fue un día normal.
Livia sonrió.
Maldita sea.
Otra vez.
—Deberías cobrar impuestos por tu sarcasmo.
—Me volvería más rico que el emperador.
Caminaron juntos hacia los jardines.
Como si fuera lo más natural del mundo.
Y quizá ese era precisamente el problema.
Porque estaba empezando a sentirse natural.
Demasiado natural.
—¿Puedo preguntarte algo?
dijo Marco.
El corazón de Livia se tensó inmediatamente.
—Depende.
—¿Siempre fuiste tan desconfiada?
—Sí.
—Eso explica muchas cosas.
Silencio.
—¿Y tú?
—¿Yo qué?
—¿Siempre hiciste tantas preguntas?
Marco sonrió.
—Solo cuando algo me interesa.
Aquella respuesta cayó entre ellos.
Y por alguna razón ninguno pareció dispuesto a romper el silencio.
Porque ambos entendieron perfectamente lo que significaba.
Al llegar a los jardines encontraron una pequeña mesa de piedra bajo la sombra de unos cipreses.
Livia se sentó.
Marco permaneció de pie unos segundos.
Observándola.
Pensativo.
Como si estuviera intentando resolver algo.
Otra vez.
—¿Qué?
preguntó ella.
—Nada.
—Mentira.
—Probablemente.
Livia soltó una risa.
Y entonces ocurrió.
Marco también sonrió.
Pero esta vez no apartó la mirada.
—Hay algo que no entiendo.
dijo finalmente.
El corazón de Livia comenzó a latir más rápido.
—¿Qué cosa?
—Tú.
El mundo pareció detenerse.
—Eso es muy amplio.
—Lo sé.
—Gracias por la precisión.
Marco ignoró el comentario.
—Durante años creí conocer perfectamente a Octavia.
Silencio.
—Y ahora...
No terminó la frase.
No hizo falta.
Livia entendió.
Demasiado bien.
—Las personas cambian.
murmuró.
Marco soltó una pequeña risa.
—Otra vez esa frase.
—Funciona.
—No tanto como crees.
El corazón empezó a golpear con fuerza.
Porque aquella conversación se acercaba peligrosamente a la verdad.
Y la verdad era el único lugar al que no podían llegar.
—Marco...
—No importa.
La interrumpió suavemente.
—Solo sé que ahora pareces más feliz.
Aquello la dejó inmóvil.
Porque nadie le había dicho algo así antes.
Nunca.
No cuando era esclava.
No cuando era invisible.
No cuando sobrevivía.
—¿Feliz?
—Sí.
—Te equivocas.
La respuesta salió demasiado rápido.
Marco la observó.
Y por primera vez pareció ver algo detrás de sus palabras.
Algo real.
Algo doloroso.
—No.
dijo en voz baja.
—Creo que eres tú quien se equivoca.
El corazón de Livia se rompió un poco.
Porque nadie había intentado verla antes.
Nadie.
Ni los amos.
Ni los comerciantes.
Ni los soldados.
Todos veían una esclava.
Una propiedad.
Una herramienta.
Algo reemplazable.
Marco había sido el primero en ver a Livia.
Y aquello era mucho más peligroso que enamorarse.
Porque la hacía sentir importante.
La hacía sentir humana.
La hacía sentir vista.
Y una parte de ella empezó a preguntarse cuánto dolor causaría perder algo así.
—¿En qué piensas?
preguntó Marco.
Livia levantó la vista.
—En que haces demasiadas preguntas.
—Y tú muy pocas respuestas.
—Quizá por eso nos llevamos bien.
Marco soltó una carcajada.
Y por un momento todo pareció sencillo.
Hasta que apareció Claudia.
Corriendo.
Agitada.
Y visiblemente alterada.
—Marco.
La sonrisa desapareció inmediatamente.
—¿Qué ocurre?
Claudia se detuvo frente a ellos.
Sin aliento.
—Llegó otro mensaje de Ostia.
Silencio.
El nombre cayó como una piedra.
Octavia.
Otra vez.
Livia sintió que el estómago se contraía.
Marco permaneció inmóvil.
—¿Y?
preguntó.
Claudia dudó.
Solo un segundo.
Pero fue suficiente.
—La mujer fue identificada.
El corazón de Livia dejó de latir.
—No era Octavia.
El aire regresó a sus pulmones.
De golpe.
Violentamente.
Pero antes de que pudiera sentir alivio...
Vio la expresión de Marco.
Y comprendió algo.
Él también estaba aliviado.
Mucho más de lo que debería.
