Capítulo 8 8

Marco no la había mirado en tres días.

No porque estuviera ocupado.

Porque la estaba evitando.

Y Livia no sabía qué era peor: que hubiera descubierto su mentira... o que simplemente hubiera dejado de importarle.

Había aprendido la ubicación de sus cicatrices antes que el sonido de su risa.

Un escriba le acercó otro rollo. Marco lo tomó sin alzar la vista. Dijo dos palabras. El escriba asintió y se retiró. Todo el peso de una orden en ocho sílabas.

Livia pensó en el banquete de Cayo.

En la pregunta sobre la familia Aurelia.

En el silencio que duró demasiado —el silencio que la delató, porque una noble no duda ante su propio apellido— y en Marco respondiendo por ella sin mirarla. Su voz tranquila. Su mentira perfecta. Como si hubiera ensayado cubrirla.

¿Por qué la protegió?

Esa pregunta era el problema. Si Marco sospechaba, ese gesto podría ser una trampa. Si no sospechaba, podría ser instinto. Pero había una tercera opción que Livia no quería considerar:

Que lo hiciera porque se preocupaba.

Esa posibilidad era la más peligrosa de todas.

—¿Llevas mucho tiempo ahí?

Livia dio un paso involuntario hacia atrás. Marco no había movido la cabeza. Seguía con los ojos en el pergamino.

—No —dijo ella.

Él firmó. Recogió el documento. Solo entonces la miró.

Tres días sin ese contacto y el impacto fue físico. Los ojos grises de Marco tenían algo que Livia nunca había visto en nadie libre: la capacidad de mirar sin necesitar nada a cambio.

—El jardín de mi madre —dijo él— está al fondo del corredor norte. Ella prefiere hablar ahí.

No era una pregunta. Tampoco era una orden. Era información entregada como si fuera neutral, pero Livia entendió que no lo era.

—¿Me convocó ella o me lo dices tú?

Marco bajó la mirada de nuevo a sus documentos.

—Las dos cosas pueden ser ciertas al mismo tiempo.

Ella ya estaba girando para marcharse cuando él habló.

El jardín parecía pertenecer a otra casa.

Sin mirto ordenado ni fuentes decorativas. Solo hierbas que crecían en macetones de arcilla oscura, un banco de piedra bajo una higuera, y la matriarca sentada con las manos sobre el regazo como si hubiera estado esperando desde siempre.

—Siéntate —dijo Flavia, sin preámbulo.

Livia obedeció. El banco era frío incluso bajo el sol de mediodía.

Flavia la estudió en silencio. No con la curiosidad de Cayo —esa mirada que buscaba grietas— sino con algo más antiguo. Como quien intenta recordar el nombre de una melodía que escuchó una sola vez.

—Cuéntame de tu infancia —dijo por fin.

Durante un instante deseó que alguien interrumpiera la conversación.

El estómago de Livia no se contrajo. Lo había aprendido a controlar. Respiró despacio y pensó en Octavia: noble, protegida, criada entre columnas y lecciones de música.

—Fue tranquila —respondió—. La villa de los Aurelio tiene jardines más grandes que estos. Mi madre insistía en que aprendiéramos a distinguir las hierbas medicinales desde pequeñas.

Flavia asintió.

—¿Cuántas hermanas?

—Dos. —Esto sí lo sabía. Lo había memorizado. — Claudia y Marta. Menores que yo.

—¿Y el río que pasa cerca de la villa?

Livia abrió la boca.

Se detuvo.

El corazón de Livia dio un vuelco.

No recordaba ningún río.

Porque nunca había vivido allí.

—El río —repitió Livia, con calma recuperada— crecía en primavera. Recuerdo que de niña nos prohibían acercarnos.

Flavia no sonrió. No frunció el ceño. Simplemente archivó esa pausa en algún lugar detrás de sus ojos y cambió de tema con la misma naturalidad con que cambia el viento.

—¿Marco te trata bien?

El giro fue tan abrupto que Livia tardó un instante en seguirlo.

—Sí.

—¿Te habla?

—Cuando tiene algo que decir.

—Eso —dijo Flavia— es más de lo que hacía con la mayoría. —Hizo una pausa. — Mi hijo aprendió a guardar silencio en la guerra. Tarda en confiar. Pero—Cuando confía...

Flavia calló.

—No importa.

Mientras Flavia hablaba de Marco —de la primera vez que volvió del frente, de cómo había cambiado su forma de caminar— Livia mantuvo las manos quietas sobre el regazo.

Pensó en Cayo.

En el esclavo que había visto salir del cubículo de administración esa mañana con cara de quien acaba de responder preguntas que no debería haber respondido. Nadie le había dicho nada, pero Livia sabía reconocer ese gesto. Era el gesto de alguien que acaba de ser usado sin saberlo.

Cayo construía algo.

Y ella no tenía forma de saber cuánto tiempo le quedaba antes de que lo terminara.

Flavia se puso de pie cuando el sol empezó a bajar.

Livia también. El protocolo era mecánico ya: esperar a que la mayor se moviera primero, inclinarse ligeramente, no dar la espalda.

Pero cuando Flavia pasó junto a ella, se detuvo.

Sus dedos apenas rozaron el dorso de su mano.

No era una caricia.

Era una confirmación.

No fue un gesto de afecto. Fue algo más deliberado. Dos dedos sobre el dorso de la mano de Livia, apenas un segundo, como si estuviera comprobando algo que ya sabía.

Y entonces dijo, en voz baja, casi para sí misma:

—Tienes los ojos de alguien a quien conocí hace mucho.

No.

No podía estar hablando de eso.

No podía...

Livia no pudo respirar.

Flavia no la miró. Siguió caminando hacia el interior de la domus con esa calma de quien acaba de dejar caer una moneda en un pozo y espera escuchar el golpe.

Livia permaneció inmóvil bajo la higuera.

Los ojos de alguien a quien conocí hace mucho.

No dijo "los ojos de Octavia". No dijo "los ojos de los Aurelio". Dijo de alguien. Dijo hace mucho.

Veinte años, al menos. Tal vez más.

El corazón de Livia latió dos veces demasiado fuerte antes de que ella lo obligara a calmarse.

Flavia no hablaba de la noble que se suponía que era.

Hablaba de otra persona.

Y Livia, que había sobrevivido toda su vida aprendiendo a no querer saber ciertas cosas, comprendió que esta vez no iba a poder evitarlo.

Porque la única persona que Flavia podía haber conocido hace veinte años con esos ojos era alguien a quien Livia misma había visto por última vez en un mercado, a los seis años, siendo vendida al mejor postor.

Su madre.

Flavia conocía a su madre.

Esa noche, cuando el atrium quedó vacío, Livia pasó junto a la mesa de Marco.

Había un solo documento olvidado sobre la madera. Una lista de nombres, sellada a medias.

No lo tocó.

Pero vio, en el borde del pergamino, escrito con la letra precisa de Marco, un nombre que no debería estar ahí.

El nombre de la madre de Octavia. Con una fecha. Y al lado, dos palabras: "Confirmar. Viva."

Livia lee.

No entiende.

Vuelve a leer.

Entonces comprende.

Livia retiró la mano antes de que pudiera tocar nada.

Marco no investigaba a Octavia.

Investigaba a la familia de Octavia.

Si encontraba primero la verdad...

su mentira sería el menor de sus problemas.

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