Capítulo 9 9
Era tarde cuando escuchó sus pasos.
Livia supo que era Marco antes de verlo.
No por el sonido de las sandalias sobre la piedra, sino por el ritmo. Siempre caminaba con la seguridad de quien no esperaba encontrar obstáculos. Aquella noche, sin embargo, había algo distinto. El paso seguía siendo firme, pero arrastraba un peso invisible.
Se quedó inmóvil junto a la lámpara de aceite.
Cuando Marco cruzó el umbral del tablinum, el olor a hierro llegó antes que él.
Sangre.
La túnica estaba ligeramente abierta por el calor de la noche. Bajo la tela, el vendaje del costado izquierdo aparecía oscurecido por una mancha reciente.
La antigua cicatriz había vuelto a abrirse.
O alguien la había abierto.
Marco siguió caminando como si no ocurriera nada.
No levantó la vista.
Se acercó a la mesa, tomó una copa y bebió de espaldas a ella.
Livia comprendió que fingía normalidad.
Y que esperaba que ella hiciera lo mismo.
No lo hizo.
Cruzó la habitación hasta el armarium donde Flavia guardaba las vendas de lino. Había aprendido la distribución de toda la casa en apenas unas semanas. Era la única forma de sobrevivir que conocía: aprender antes de necesitar saber.
Tomó aceite de oliva, una tela limpia y regresó.
Marco seguía inmóvil.
—No tienes que...
—Siéntate.
Las palabras salieron tranquilas.
No eran una orden.
Tampoco una súplica.
Solo la voz de alguien que había tomado una decisión.
Marco permaneció de pie unos segundos.
Después obedeció.
Livia dejó los utensilios sobre la mesa y comenzó a retirar el vendaje viejo.
Trabajó despacio, sin añadir más luz. La lámpara bastaba. La penumbra hacía más sencillo ignorar la cercanía de su piel.
El lino cedió en varias tiras.
La cicatriz seguía allí, larga, pálida y antigua.
La herida nueva era pequeña.
Demasiado precisa.
No parecía un accidente.
Parecía el golpe de alguien que sabía exactamente dónde atacar.
Livia humedeció otro paño y limpió la sangre.
Marco no emitió un solo sonido.
Solo una exhalación lenta escapó de sus labios cuando ella presionó sobre la abertura.
No era el suspiro de un hombre débil.
Era el de alguien que llevaba años entrenándose para no mostrar dolor.
—¿Quién fue?
Marco tardó unos segundos en responder.
—No preguntes.
Ella podría haber insistido.
No lo hizo.
Había aprendido que algunas respuestas solo aparecían cuando dejaban de perseguirse.
Continuó colocando el vendaje limpio.
Sus manos eran firmes.
Seguras.
Marco bajó apenas la cabeza.
No se apartó.
No retrocedió cuando sus dedos rozaron su piel.
Aceptó el contacto como aceptaba una herida: en silencio.
—Tienes práctica.
No era exactamente una pregunta.
Era una puerta entreabierta.
Livia terminó de ajustar el lino antes de responder.
—Sí.
Nada más.
Otra puerta que permanecía cerrada.
Marco giró apenas el rostro.
La luz iluminó su perfil.
No la estaba mirando.
O al menos eso parecía.
—¿La aprendiste en casa de tu padre?
El pecho de Livia se tensó.
No por miedo.
Por memoria.
Su padre.
El hombre que había permitido que su familia desapareciera una pieza a la vez.
El hombre que nunca volvió a buscarlos.
Durante un instante, las imágenes regresaron sin permiso.
El mercado.
Las cadenas.
Su madre alejándose entre desconocidos.
Respiró antes de contestar.
—Aprendí sola.
Marco guardó silencio.
No insistió.
Pero algo cambió en su postura.
Como si aquella respuesta hubiera confirmado una sospecha que todavía no estaba dispuesto a nombrar.
Livia terminó el último nudo.
Sus dedos permanecieron un instante sobre el vendaje.
Solo un instante.
Marco tampoco se movió.
El silencio dejó de sentirse incómodo.
Por primera vez desde que ella había llegado a aquella casa, el silencio parecía un lugar compartido.
Fue Marco quien lo rompió.
—Guardé la carta.
Livia levantó lentamente la vista.
Él tenía los ojos cerrados.
No parecía arrepentido.
Parecía cansado de seguir callándolo.
La carta.
Su verdadero nombre.
Livia.
No Octavia.
—Marco...
—No me preguntes por qué.
Su voz apenas cambió.
—Ya te dije que no preguntaras.
El corazón de Livia golpeó con fuerza.
Había sospechado que conservaba aquella carta.
Escucharlo admitirlo era distinto.
Porque una sospecha podía negarse.
Una confesión no.
No sabía si acababa de advertirle que conocía la verdad...
O de decirle que estaba dispuesto a protegerla.
Tal vez ambas cosas.
Terminó de recoger las vendas usadas para ocultar el temblor de sus manos.
—Mañana tendré que cambiar el vendaje.
—Lo sé.
No añadió nada más.
Livia inclinó ligeramente la cabeza y caminó hacia la puerta.
Necesitaba salir antes de olvidar quién era.
Ya había dado varios pasos cuando la voz de Marco volvió a detenerla.
—Livia.
Se quedó inmóvil.
Ese nombre seguía teniendo un efecto absurdo sobre ella.
No giró.
Si lo hacía, él vería demasiado en su rostro.
Durante unos segundos ninguno habló.
Finalmente Marco rompió el silencio.
—Ve a dormir.
Era una frase sencilla.
Pero debajo de aquellas tres palabras había algo que ninguno de los dos podía pronunciar todavía.
Ten cuidado.
Quédate.
No desaparezcas.
Livia salió sin responder.
Necesitó recorrer todo el corredor para convencerse de que marcharse seguía siendo la decisión correcta.
En el ala este de la domus, Cayo Valerio continuaba despierto.
Una pequeña tablilla descansaba entre sus manos.
Tres líneas escritas por un mercader.
Las había leído cuatro veces.
Las leyó una quinta.
El acento no pertenece a una familia patricia. Nunca perteneció.
Cayo sonrió.
No era una prueba.
Aún no.
Pero ya no necesitaba pruebas para empezar a construir una teoría.
Doblando la tablilla con cuidado, murmuró para sí:
—Cada mentira termina olvidando un detalle.
La paciencia siempre había sido su mejor arma.
Solo debía esperar a que Livia olvidara el siguiente.
Cuando por fin cerró la puerta de su habitación, Livia apoyó la espalda contra la madera.
Cerró los ojos.
No podía dejar de pensar en un detalle.
Marco había cerrado los ojos mientras ella terminaba el vendaje.
No por dolor.
No por alivio.
Como si, durante unos segundos, hubiera decidido confiar en alguien.
Y aquello era mucho más peligroso que cualquier herida.
Porque Livia había sobrevivido toda su vida aprendiendo cuándo debía marcharse.
Nunca había querido nada que pudiera perder.
Pero esa noche, mientras aún sentía el calor de la piel de Marco en las manos, comprendió una verdad que la aterró más que todas sus mentiras.
Había querido quedarse.
Y empezaba a sospechar que, si él volvía a llamarla por su verdadero nombre...
Tal vez un día ya no sería capaz de irse.
