Capítulo 2: Se derramará sangre

El golpeteo en la puerta de mi apartamento resonó como disparos. Me levanté del sofá, con el corazón acelerado.

No estaba esperando a nadie.

Abrí la puerta con cautela. Dante estaba al otro lado, su imponente figura llenando el umbral.

—Buenos días, Ana —dijo con voz grave—. Es hora de irnos.

Su mirada era penetrante, como si pudiera leer mis pensamientos. Supuse que no me veía en mi mejor momento, y creo que él lo notó.

—No estoy lista —murmuré, sintiendo una ola de pánico apoderarse de mí.

—Creo que puedes encontrar algo bonito en tu armario.

—Me refiero a que no estoy lista para la reunión, Dante.

—No tienes opción —respondió con severidad—. La reunión empieza en una hora.

Asentí, sin saber qué más decir. Supongo que es mejor acabar con esto de una vez. Me apresuré a cambiarme y ponerme la ropa más formal que pude encontrar. Me preguntaba si había un código de vestimenta para la mafia.

Dante me escoltó hasta su coche, un vehículo blindado negro que me hizo sentir aún más atrapada. El trayecto hasta la mansión fue silencioso. La tensión se podía cortar con un cuchillo.

Cuando llegamos, Dante me llevó a la biblioteca, donde ya se habían reunido varios hombres de aspecto sombrío.

Mi tío Marco estaba al frente de la sala, con una expresión seria en el rostro.

—Ana, estos son los miembros clave de la organización —dijo mi tío, señalando a los hombres—. Ellos son los que te ayudarán a liderar.

Los hombres me miraron en silencio, con una mezcla de curiosidad y sospecha en sus ojos.

—Tío, yo no... —empecé a decir, pero él me interrumpió.

—Ana, es hora de que tomes tu lugar como la heredera. Tu padre confiaba en que serías la única capaz de mantener el orden y la unidad.

—Y nosotros confiábamos en tu padre —habló uno de los hombres en la mesa—. Si él creía que tenías lo necesario para liderarnos, entonces sé que lo tienes. Tienes mi apoyo, señorita Salvatore.

—Y el nuestro —dijeron otras tres personas al mismo tiempo.

—Y nuestro apoyo también.

—Y creo que no hace falta decir que tienes el mío, eres mi sobrina favorita.

Tragué saliva, sintiendo un nudo en la garganta. No estaba lista para esto.

—Haré lo mejor que pueda —deseé que mi voz no hubiera sonado tan temblorosa.

Mi tío me sonrió, una sonrisa que no llegó a sus ojos.

—Sé que lo harás, Ana, eres la hija de tu padre.

Se volvió hacia los hombres.

—Escuchen con atención —habló con voz autoritaria—. Ana Salvatore es la nueva líder de la organización. A partir de este momento, le deben obediencia y respeto.

Los hombres se inclinaron ante mí, susurrando palabras de sumisión.

Me sentí mareada, como si estuviera a punto de desmayarme. Dante, que había permanecido al margen, se acercó a mí y me susurró al oído.

—No te preocupes, puedes manejarlos.

Lo miré a los ojos y encontré una fuerza que me dio valor. No sería fácil, pero no me rendiría.

Sería la líder que mi padre necesitaba, la mujer que la mafia temía y respetaba.

Una vez que terminó esa reunión, fui a una parte de la mansión donde pensé que podría estar sola. Un golpe en la puerta me sacó de mis pensamientos. Me levanté y la abrí, encontrándome con Valeria, quien me sonrió tímidamente.

—¡Ana! —exclamó, abrazándome con fuerza—. Me alegra tanto verte.

Entramos en la sala y nos sentamos en el sofá. Valeria me miró con sus ojos llenos de preocupación.

—Sé por lo que estás pasando y entiendo que no debe ser fácil. Es mucho que asimilar.

Le conté todo lo que había sucedido desde la muerte de mi padre, la mafia, la responsabilidad de ser la heredera. Valeria escuchó atentamente, sin interrumpirme, sin juzgarme.

—No tienes que hacer esto sola —dijo cuando terminé de hablar—. Estoy aquí para ti, pase lo que pase.

Le sonreí, agradecida por su apoyo. En ese momento, Dante entró en la habitación. Su mirada se posó en mí y sus ojos se iluminaron.

—Buenos días, Ana.

Valeria lo miró con desconfianza, como si la presencia de Dante fuera lo peor del mundo.

—Estaba teniendo una conversación privada con mi amiga, ¿quién demonios eres tú? —preguntó fríamente.

—Soy el guardaespaldas de Ana —respondió Dante con calma—. Me han ordenado acompañarla a su nuevo hogar.

—¿Nuevo hogar? —pregunté sorprendida—. ¿De qué estás hablando?

Dante me miró con una expresión seria.

—Por orden de la mafia, este es ahora tu hogar.

Miré a Valeria, la confusión visible en nuestros rostros.

—No entiendo, Dante.

—Debes dejar tu apartamento y vivir aquí, con el resto de la familia.

Sentí como si el mundo se derrumbara a mi alrededor. No quería renunciar a mi vida, a mi libertad.

—No puedo hacer eso, tengo mi propia vida. Además, no puedes llamar familia a un grupo de mafiosos.

—Ana, no tienes opción.

—Estoy cansada de escuchar la misma frase, todos aquí saben que tienen que obedecerme, pero parece que soy yo la que está a su merced.

—Es por tu seguridad.

Me quedé en silencio, esperando que dijera algo más, lo cual no hizo. Valeria tomó mi mano y me miró con complicidad.

—No te preocupes, Ana —susurró—. Encontraremos una forma de salir de esto, déjame hacer una llamada y vuelvo enseguida.

Le sonreí agradecida y cuando Valeria se fue, Dante me miró de nuevo, esta vez con una expresión más suave.

—Sé que esto es difícil para ti, pero haré todo lo posible para que te sientas cómoda aquí.

Hubo un silencio incómodo, hasta que Dante lo rompió con una sonrisa.

—¿Te gustaría un café? Hago el mejor café de la ciudad.

Lo miré sorprendida. ¿Un mafioso que hace café?

—No me vas a envenenar, ¿verdad?

—Mi trabajo es proteger tu vida, no ponerla en peligro.

—Está bien, me vendría bien un café.

Dante fue a la cocina y comenzó a preparar café. Valeria me miró con una sonrisa pícara cuando regresó.

—Entonces, ¿qué piensas de tu nuevo guardaespaldas? —preguntó con un guiño.

—No está mal —admití—. Es guapo, fuerte y parece saber lo que hace.

—Ten cuidado, Ana —dijo Valeria con tono de advertencia—. No te dejes engañar por las apariencias. Este mundo es peligroso.

—Lo sé, pero no voy a dejar que me controlen. Voy a encontrar una manera de escapar de esto.

Dante regresó con dos tazas de café humeante.

—Aquí tienes —me entregó la taza.

Tomé un sorbo del café y sonreí.

—Está delicioso.

Dante sonrió con satisfacción.

—Me alegra que te guste.

Le entregó la otra taza a Valeria y se fue, o al menos eso nos hizo creer. Nos sentamos a la mesa y charlamos un rato.

Por un momento, olvidé mi situación, la mafia, la responsabilidad que pesaba sobre mis hombros. Me sentí como si estuviera con mi amiga, alguien en quien podía confiar, en un día cualquiera.

Sin embargo, sabía que la realidad era diferente. Por mucho que deseara que Valeria pudiera quedarse conmigo para siempre, tuvo que irse al caer la noche. Estaba caminando por el jardín cuando me encontré con mi tío. Nuestra conversación se convirtió en una discusión. Él insistía en que este era mi deber y yo le dije que estaba cansada de seguir los pasos de mi padre.

—Ana, escúchame —creí escuchar la voz de mi tío más seria—. Sé que esto es difícil para ti, pero debes seguir mi consejo. Es la única manera de convertirte en la líder que tu padre quería.

Lo miré con fiereza.

—Tío Marco, sabes que no estoy de acuerdo con nada de esto. No quiero ser parte de la mafia.

—Ana, a veces no podemos elegir nuestro destino —respondió con resignación—. Pero podemos controlarlo.

—Dudo que pueda controlar el mío, prácticamente me tienen aquí en contra de mi voluntad.

Guardó silencio por un momento, como si buscara las palabras adecuadas.

—Tu padre te preparó para esto —continuó—. Te enseñó todo lo que necesitas saber para liderar.

—No me enseñó a ser un monstruo —dije con amargura.

—No, Ana, te enseñó a ser fuerte, a ser inteligente, a tomar decisiones difíciles. Esas son las cualidades que necesitas para ser una buena líder.

Apreté los puños, sintiendo una ola de ira recorrer mi cuerpo.

—No quiero ser una buena líder para la mafia —dije con vehemencia—. Quiero ser libre.

Mi tío me miró con una intensidad que me dejó sin aliento.

—Ana, hay cosas que necesitas saber, cosas que cambiarán tu vida. —Se acercó a mí y me susurró al oído—: Sé quién mató a tu padre.

Me quedé petrificada. Las palabras de mi tío resonaron en mi cabeza como un trueno.

—¿Qué? —pregunté en un susurro apenas audible.

—Sé quién mató a tu padre —repitió mi tío con voz firme—. Y te lo diré, pero primero debes prometerme que seguirás mi consejo y te convertirás en la líder que él quería.

Lo miré, sin estar segura de qué decir. La ira, la tristeza y la confusión se mezclaban en un torbellino de emociones.

—Prométemelo, Ana —insistió mi tío.

Tragué saliva, sintiendo un nudo en la garganta.

—Lo prometo.

—Piensa en la persona que más odia a la familia Salvatore. No fue un accidente, esto fue intencional, querían matar al líder de la mafia.

—Solo una persona me viene a la mente —apreté la mandíbula—. Paolo Di Marco, ese bastardo lo hizo, ¿verdad?

—Y lo peor es que viene aquí, listo para ocupar el lugar de tu padre.

—No mientras yo esté viva.

Mi tío se acercó para abrazarme, como si eso fuera todo lo que quería escuchar.

—A veces es necesario ensuciarse las manos, pero vengarás a tu padre, matarás a Paolo y entonces serás libre.

Si la sangre es lo que esta guerra requiere, entonces sangre es lo que habrá.

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