Capítulo 3: Venganza

Ana

La rabia ardía dentro de mí como un fuego incontrolable. Desde que mi tío Marco reveló la verdad sobre la muerte de mi padre, solo una cosa ocupaba mi mente: venganza. Estaba dispuesta a hacer cualquier cosa para vengarlo. Su muerte no sería en vano.

Paolo Di Marco, el jefe de la mafia rival, era responsable de la muerte de mi padre. Y yo, como su heredera, tenía la obligación de vengar su muerte. Era tan simple y complicado como eso. Por supuesto, esto retrasó mis planes, pero había llegado el momento de cumplir mi destino.

Mi guardaespaldas me escoltó al lugar secreto donde me encontraría con Paolo. Era una tradición, según me dijeron. Los líderes de la mafia debían reunirse a solas. No tenía mucho sentido para mí. Cualquiera de los dos podría matar al otro fácilmente.

La tensión era tan densa que se podía cortar con un cuchillo.

—Ten cuidado, Ana —dijo Dante con su voz profunda y ronca, la que lo caracterizaba tan bien—. Este hombre es peligroso.

Asentí, sintiendo un escalofrío recorrer mi espalda. A pesar de la advertencia de Dante, sentía una extraña sensación de seguridad cuando él estaba cerca. Supongo que ese es el propósito de tener un guardaespaldas.

—Estaré bien. Sé que tu trabajo es preocuparte por mí, pero ten algo de fe en mí.

—Lo tengo, pero eso no significa que no me importe.

Llegamos a un edificio abandonado en las afueras de la ciudad. Dante me condujo a través de un laberinto de pasajes oscuros hasta que llegamos a una habitación vacía, iluminada solo por una tenue luz de luna.

—¿Lista, Ana?

—Por supuesto, como si no hubiera pasado por cosas como esta antes.

La verdad es que estaba aterrada, pero no dejaría que él lo viera. Nadie podía pensar que la nueva líder de la mafia es alguien que tiene miedo de todo.

Un escalofrío recorrió mi espalda al cruzar el umbral del edificio abandonado. La oscuridad me envolvía, y el único sonido que podía escuchar era el eco de mis propios pasos.

Caminé cautelosamente por el laberinto de corredores, guiada por la tenue luz que se filtraba por las grietas. El aire estaba cargado de polvo y humedad, y un olor putrefacto me revolvía el estómago.

Al llegar a la habitación indicada, me detuve en seco. La figura de Paolo Di Marco se destacaba contra la luz tenue, su rostro oscurecido por una sonrisa cruel.

—Ana, querida —habló con una voz áspera—, finalmente llegaste. Me preguntaba cuánto más tardarías.

—Bueno, aquí estoy. Vamos al grano.

—Una mujer que sabe lo que quiere, me gusta eso. Parece que la espera ha terminado.

Su mirada cayó sobre mí, escaneando mi cuerpo descaradamente. Un escalofrío de disgusto recorrió mi piel, y él solo se lamió los labios. No podía decir si me miraba con fascinación o si simplemente se estaba acostumbrando a la idea de que yo sería su próximo juguete. Fuera lo que fuera, no dejaría que nada de eso sucediera.

—Gracias por aceptar venir.

—La verdad es que no tengo nada de qué hablar contigo.

—Vamos, Ana, no seas tan formal. Somos amigos, ¿recuerdas?

Amigos. La palabra sabía amarga en mi boca. Amigos que traicionan. Amigos que causan la muerte de tu madre. Tal vez Paolo y yo crecimos juntos, pero dejamos de ser amigos hace mucho tiempo. Si alguna vez se le consideró parte de mi familia, lo lamento.

Apreté los puños, luchando por controlar la ira que amenazaba con consumirme.

—No somos amigos, Paolo —le aseguré—. Ya no.

Su sonrisa se desvaneció, reemplazada por una expresión de furia.

—Prometimos que estaríamos el uno para el otro. ¿Lo olvidas?

—Tú mataste a mi madre. ¿Lo olvidas? —repetí, imitando su tono de voz.

—He explicado mil veces lo que pasó y yo...

—Basta, no quiero excusas. Ahora he abierto los ojos. He visto el tipo de monstruo que eres.

Sus ojos se entrecerraron, y por un momento, vi un destello de miedo en su mirada.

—No me subestimes, Ana, porque no sabes con quién te estás metiendo.

—Lo sé perfectamente —sonreí, sabiendo que ahora tenía el control—. Y estoy aquí para demostrarte que no te tengo miedo. No importa si eres un líder de la mafia o un asesino experimentado, para mí sigues siendo el mismo niño inmaduro que siempre has sido.

Paolo rió, una risa que sonaba como el aullido de un lobo.

—¿De qué te vas a jactar, Ana? —preguntó sarcásticamente—. No tienes idea de lo que estás diciendo. Recuerda, hasta hace poco seguías locamente enamorada de mí.

Me acerqué aún más hasta quedar a unos centímetros de él, mostrándole mi firmeza.

—Y recuerdo que tú también estabas enamorado de mí. Escóndelo todo lo que quieras, sé que aún tengo el mismo efecto en ti.

—No es verdad.

—No me subestimes —le advertí—. Soy la heredera de mi padre, y tengo la fuerza y la inteligencia para destruirte si quiero.

—¿Entonces qué estás esperando?

Su rostro se endureció y sus ojos se llenaron de odio. Está claro que Paolo y yo nunca podremos tener una relación estable de nuevo, no después de todo el daño que le ha hecho a mi familia.

—Muy bien, Ana. Juguemos a tu juego, pero primero escucha mi sugerencia.

Se acercó a mí, sus labios rozando los míos.

—Nada de lo que ofrezcas puede tentarme.

Ya podía sentir mi pulso acelerado, solo deseaba que se alejara porque no sería yo la primera en retroceder.

—He venido a proponerte un trato. Unámonos y gobernemos ambas mafias como una sola.

Sentí asco por su oferta.

—Nunca —traté de sonar firme—. Nunca me aliaría contigo.

—Lo harás, Ana. Tarde o temprano cederás.

Rindiéndome esta vez, di un paso atrás, sintiendo un nudo en la garganta.

—No me obligarás a hacer nada.

—Ya veremos —sonrió cruelmente.

Se dio la vuelta y comenzó a caminar hacia la salida.

—Espera —murmuré.

Se detuvo y me miró con una sonrisa burlona, aunque en el fondo podía notar que aún esperaba que aceptara.

—¿Qué quieres ahora, Ana?

—Quiero que sepas que esto no terminará aquí. Te juro que te destruiré.

Sus ojos se entrecerraron, y por un momento, vi un destello de miedo en su mirada.

—Adelante, Ana. Inténtalo.

Se dio la vuelta y salió de la habitación, dejándome sola en la oscuridad. Me quedé allí inmóvil durante unos minutos, respirando con dificultad. La ira y el odio me consumían por dentro.

Pero también una determinación inquebrantable. Le había jurado a mi madre que vengaría su muerte, y no descansaría hasta cumplir mi promesa.

Salí del edificio abandonado con el corazón latiendo con fuerza en mi pecho. La luz del sol me golpeó como un puñetazo en la cara, pero no fue suficiente para disipar la oscuridad que me rodeaba.

Dante me esperaba en el coche, su rostro serio y preocupado.

—¿Estás bien?

Asentí, incapaz de hablar. Me subí al coche y me hundí en el asiento, sintiendo un agotamiento abrumador.

Dante encendió el coche y comenzó a conducir en silencio. No sabía qué decir. La conversación con Paolo me había dejado sacudida, llena de una mezcla de ira, odio y miedo.

Finalmente, Dante rompió el silencio.

—¿Qué pasó? —preguntó en voz baja.

Le conté todo, desde la propuesta de Paolo hasta mi juramento de venganza. Dante me escuchó en silencio, sin interrumpir, y cuando terminé, me miró con una expresión triste en los ojos.

—Ana. Esto no es fácil. Pero tienes que ser fuerte.

Asentí, sintiendo las lágrimas acumularse en mis ojos.

—No estoy sola, ¿verdad?

Estaba tratando de convencerme de eso. Dante me miró con una intensidad que me dejó sin aliento.

—Nunca estarás sola, no mientras yo esté aquí para ti.

Le sonreí, una sonrisa débil y temblorosa. En ese momento, supe que podía contar con él.

Pronto la tristeza se convirtió en ira. ¿Cómo pude haber retrocedido ante Paolo? ¿Cómo pude haber sido la primera en bajar la guardia?

Llegué a casa con la furia ardiendo en mis venas. El encuentro con Paolo me había dejado un sabor amargo en la boca.

Había querido con todas mis fuerzas acabar con él en ese mismo instante, pero no pude. Ahora, estaba en mi habitación, mirando al vacío.

Mi tío Marco entró en la habitación sin llamar, como de costumbre.

—¿Cómo te fue?

Lo miré con una mezcla de ira y frustración.

—No salió como esperaba.

—¿Qué pasó?

Le conté todo sobre la propuesta de Paolo y mi negativa. Mi tío escuchó en silencio, con el ceño fruncido.

—No te preocupes, Ana, encontraremos la manera de derrotarlo.

No respondí. No me sentía en absoluto tranquila. Me levanté de la cama y me dirigí a mi oficina. Tenía mucho trabajo por hacer.

Ahora que estaba tomando en serio mi papel como líder de la mafia, no podía permitirme perder tiempo. Así que me senté en mi escritorio y encendí mi computadora.

Tenía que analizar la situación, desarrollar un plan, encontrar las debilidades de Paolo. No descansaría hasta haberlo derrotado.

No hasta haber vengado la muerte de mi padre.

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