Capítulo 4: Confrontaciones

El sol apenas asomaba por el horizonte cuando me despertó un fuerte golpe en la puerta de mi habitación. Salté de la cama, con el corazón latiendo con fuerza en el pecho. Inmediatamente alcancé la pistola que guardaba bajo mi almohada. Tenía que estar preparada en todo momento.

—¿Quién es?

Dudaba mucho que alguien que intentara matarme me lo dijera.

—¡Soy yo, Valeria! —respondió a través de la puerta.

Respiré hondo y me apresuré a abrir la puerta. Valeria estaba allí, con el rostro pálido y los ojos llenos de terror.

—Hola —me abrazó con fuerza—. Espera un segundo, ¿de verdad duermes con una pistola?

—Cuando se trata de la mafia, es mejor pensar en todas las posibilidades. Es por mi seguridad.

—Pensé que Dante se encargaba de eso.

—Sí, pero Dante no duerme conmigo, ¿verdad?

—Todavía no —me miró con una sonrisa burlona—. Necesito tu ayuda. Algo terrible ha sucedido.

Sin pensarlo dos veces, la invité a entrar en la habitación y la hice sentarse a mi lado. Había dejado todas las bromas y estaba más seria de lo habitual. Empezaba a preocuparme. Fuera lo que fuera, no era bueno.

—Cálmate, Valeria. Dime qué pasó.

Valeria me contó, entre sollozos, que su padre había sido asesinado. Me quedé sin aliento, incapaz de creer lo que estaba escuchando.

El padre de Valeria era un hombre poderoso en el mundo de la mafia, como muchos otros, pero algo me decía que estaban buscando objetivos específicos para eliminar. Algo no cuadraba aquí. Aunque su muerte era un golpe devastador para la organización, no podía quedarme de brazos cruzados sin hacer nada.

—No puedo creerlo. Lo siento mucho, Valeria. Sé que no era un buen padre, pero entiendo cómo te sientes.

—Peleábamos todo el tiempo. Siempre le decía que este no era su mundo, que debía rendirse mientras tuviera la oportunidad. Puede que no haya expresado mi amor por él muy a menudo, pero seguía siendo mi padre. Su muerte duele.

—¿Necesitas ayuda con algo en específico?

—Sé que eres hacker, y una de las mejores. ¿Hay alguna manera de que puedas rastrear quién está detrás de todo esto?

Era cierto que mis habilidades con la computadora eran notables. Siempre me habían dado muchas ventajas, y aunque era una habilidad que no todos conocían, me preocupaba que esta vez mis esfuerzos no fueran de mucha ayuda para mi amiga.

—Puedo intentarlo. ¿Tienes el teléfono de tu padre?

—Logré conseguirlo. Se lo robé a uno de sus socios sin que se diera cuenta.

Valeria me miró con los ojos llenos de lágrimas mientras me lo entregaba. Mi prioridad ahora tenía que ser encontrar respuestas. Le dije que no tenía que preocuparse por nada, yo me encargaría personalmente de este caso.

—Gracias, Ana —dijo con voz débil—. No sé qué haría sin ti.

La abracé con fuerza, sintiendo la necesidad de protegerla. En ese momento, supe que nuestra amistad solo se fortalecería con esta tragedia.

Pasamos el resto del día juntas, hablando y consolándonos, y por supuesto, trabajando en obtener la información que necesitaba. En un momento, miré hacia la puerta y vi a Dante observándonos en silencio.

Había algo diferente en su mirada. Era una expresión que nunca había visto en él antes. Una mirada que me llenó de una extraña sensación de calidez en el estómago, así que rápidamente aparté la vista, sin saber qué pensar.

¿Qué me estaba pasando? ¿Era posible que empezara a sentir algo por Dante? Era una idea impensable. Él era mi guardaespaldas, mi protector.

No podía permitirme tener sentimientos por él.

—Tengo que irme, aún tengo trabajo que hacer, pero llámame si necesitas algo, Ana. Sabes que siempre estoy disponible para ti.

—Lo mismo digo, amiga. Si necesitas hablar con alguien, sabes dónde encontrarme.

Cuando Valeria se fue, salí de la casa con Dante a mi lado, como era de esperar. Necesitaba un momento para despejar mi mente. La fresca brisa de la mañana golpeó mi rostro. Creo que esto era todo lo que necesitaba.

Era un día hermoso, pero una sensación de inquietud recorría mi cuerpo. No podía dejar de pensar en la muerte del padre de Valeria. ¿Quién lo había matado? ¿Y por qué?

Tenía una terrible sospecha de que Paolo Di Marco estaba detrás de todo.

De repente, un sonido agudo rompió el silencio. Un silbido estridente, seguido de una explosión ensordecedora.

Instintivamente me tiré al suelo, protegiendo mi cabeza con los brazos. Una lluvia de metralla y escombros cayó a nuestro alrededor. Sentí un dolor agudo en el brazo, y la sangre comenzó a fluir. Dante me empujó hacia un callejón cercano, protegiéndome con su cuerpo.

—Te cubriré, sigue mis instrucciones, Ana.

Las balas silbaban a nuestro alrededor, golpeando las paredes y el suelo. Dante me miró a los ojos, su rostro serio y decidido.

—No te preocupes, te sacaré de aquí.

Me aferré a su brazo, sintiendo una mezcla de miedo y gratitud. Dante me guió a través del laberinto de calles, esquivando balas y escombros con una habilidad impresionante.

Su fuerza y determinación me dieron la confianza que necesitaba para seguir adelante. Después de tanto caos, finalmente llegamos a un lugar seguro. Me apoyé contra la pared, respirando con dificultad.

El dolor en mi brazo era intenso, pero estaba viva. Solo tenía una herida que necesitaba ser curada, pero nada serio.

—Gracias, Dante —aún estaba sin aliento—. Me salvaste la vida.

Dante me sonrió, una sonrisa que me llenó de calidez.

—No fue nada —dijo modestamente—. Es mi trabajo protegerte. Además, no iba a dejarte allí sola, aunque sé que habrías logrado salir de eso.

Sé que este puede no haber sido el momento, pero al verlo tan seguro de sí mismo, con la respiración entrecortada, el sudor pegando algunos mechones de cabello a su frente, y su cuerpo en tan buena forma, no pude evitar verlo con otros ojos. Empezaba a sentir algo por él.

Era un sentimiento que me asustaba, pero que no podía negar. Respiré hondo y aparté esos pensamientos de mi mente. Ahora no era el momento de pensar en eso.

Tenía que concentrarme en una cosa: la venganza. Y sabía exactamente quién era el responsable.

Paolo Di Marco.

Me levanté con determinación, ignorando el dolor en mi brazo.

—Vamos, Dante. Es hora de darle una lección a Paolo.

Dante me miró con una mezcla de sorpresa y admiración.

—Estoy contigo, hagas lo que hagas.

Me llevó al edificio donde se encontraba Paolo. Esta vez no dejaría que me derrotara. Cuando llegamos a la puerta principal, la abrimos de golpe y entramos al edificio, armas en mano.

Los hombres de Paolo nos apuntaron con sus armas, pero no nos inmutamos. Avanzamos con paso firme, sin miedo. Sé bien que deben tener órdenes de no hacerme daño.

—¿Estás segura de esto?

—Sé que ese bastardo tiene algo que ver con la muerte del padre de Valeria y con el accidente de hace un tiempo que casi nos mata.

Las puertas del ascensor se abrieron con un chirrido metálico, revelando la oficina de Paolo Di Marco.

El ambiente era opulento y ostentoso, con muebles de caoba tallada, alfombras persas y obras de arte originales colgando de las paredes. Paolo estaba sentado detrás de un enorme escritorio, su rostro inexpresivo bajo la tenue luz de la lámpara de escritorio.

Ni siquiera se inmutó cuando entramos, Dante y yo.

—Ana, ¿a qué debo el placer de tu visita?

Lo miré fijamente, con los ojos llenos de odio.

—He venido a preguntarte sobre la explosión y el asesinato del padre de Valeria. Sé que estás detrás de eso.

Paolo se rió, una risa cruel que resonó en la habitación.

—¿Yo? —preguntó sarcásticamente—. ¿Por qué querría hacerle daño a tu amiga?

—No lo sé, pero algo me dice que estás mintiendo.

Paolo me miró con una intensidad que me heló los huesos.

—Ana, querida, te juro por mi vida que no tuve nada que ver con la explosión. Ni siquiera sabía que iba a suceder.

Lo miré a los ojos, buscando cualquier signo de mentira, pero no encontré nada. Su mirada era honesta, sincera, y para bien o para mal, sabía cómo reconocer eso.

—No te creo, no me importa si juras por tu vida, eso no significa nada, no puedo confiar en ti.

Paolo suspiró, derrotado.

—Está bien, Ana, si no me crees, no hay nada más que pueda hacer.

No me detuve a pensar en lo que estaba haciendo y simplemente apunté con la pistola a su pecho. No mostró ninguna reacción.

—Ana, hay algo que necesitas saber.

—¿De verdad crees que necesito escucharte ahora? Solo tengo que apretar el gatillo y los problemas se resuelven.

—Alguien te está traicionando. Alguien cercano a ti.

Me quedé sin aliento, incapaz de creer lo que estaba escuchando.

—¿Qué quieres decir?

—No puedo decirte más, pero tienes que tener cuidado. Hay alguien en quien no puedes confiar. Si estas van a ser mis últimas palabras, quería aprovecharlas para advertirte. Después de todo, todavía me importas.

Bajé la pistola, en parte por lo que había dicho y porque sabía que había mentido cuando dije que las cosas eran simples. Matar a Paolo Di Marco no resolvería nada. Su mafia iría con todo y querría destruir la mía. Hay ciertos códigos en la mafia que debemos seguir.

Me di la vuelta y salí de la oficina, sintiendo que el mundo se derrumbaba a mi alrededor.

Las palabras de Paolo resonaban en mi cabeza. ¿Alguien cercano a mí me estaba traicionando? ¿Quién era? No tenía idea, pero una cosa era segura: tenía que averiguarlo, porque por mucho que me duela admitirlo, sé que Paolo está diciendo la verdad.

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