Capítulo 2 Cinco años después.

Cinco años después.

El sol de la mañana entraba tímido por la cortina rota del departamento de dos piezas, al verla, se recordó que debía remendarla nada más tuviera algo de tiempo. Luna abrió los ojos y lo primero que vio fue el cabello oscuro y rizado de Estrella, desparramado sobre la almohada como una estrella fugaz. La niña dormía hecha un ovillo, respirando tranquila, con esa carita que se parecía demasiado a la de él.

Luna sintió el pinchazo habitual en el pecho. Cinco años. Cinco años desde aquella noche, desde las dos líneas rosadas, desde la bofetada emocional que le había dado la vida real.

Se levantó con cuidado para no despertarla y fue a la cocina diminuta. Preparó tostadas con palta, un huevo revuelto y un vaso de jugo de naranja. El olor a café barato llenó el espacio mientras revisaba el reloj. Tenía que llegar puntual. Siempre puntual. Porque si llegaba tarde, los “licenciados” se quedaban con el mérito de todo.

Estrella apareció en la puerta de la cocina frotándose los ojos, todavía en su pijama de unicornios.

—Buenos días, mami… ¿Hoy me llevas tú al jardín?

—Claro que sí, mi estrella. —Luna se agachó y le dio un beso en la frente—. ¿Quieres que te peine con las trencitas que tanto te gustan? —La niña asintió mientras bostezaba.

Mientras le hacía las trencitas, Estrella preguntó con esa inocencia que siempre dolía:

—Mami… ¿por qué los papás de mis amigos van a buscarlos al jardín y el mío nunca viene? ¿Por qué nunca lo he visto?

Luna sintió que el aire se le quedaba atrapado en la garganta. Terminó la trenza con dedos temblorosos.

—Porque a veces las familias son diferentes, mi amor. Pero tú tienes a la mami más fuerte y más loca del mundo. ¿Sí?

Estrella sonrió y asintió.

—Sí. Tú eres la mejor del mundo.

En la agencia de Publicidad Vanguardia, Luna llegó diez minutos antes. Llevaba tres años trabajando allí. Hacía las campañas más creativas, se quedaba hasta tarde escribiendo copy, diseñando conceptos, corrigiendo errores de los demás. Pero en las reuniones, el crédito siempre se lo llevaban los que tenían título universitario. Ella nunca lo terminó. El embarazo lo cambió todo.

En la reunión de las 9:30, su jefe de área —un chico de 27 años recién egresado— presentó la campaña navideña que Luna había armado casi sola durante tres noches seguidas.

—Excelente trabajo, equipo —dijo el gerente general sonriendo—. Muy buen concepto.

Nadie mencionó su nombre. Como siempre. Ella ya estaba acostumbrada.

A las 11:40 la secretaria se asomó a su cubículo.

—Luna, el señor Ramírez quiere verte en su oficina.

Don Héctor Ramírez. 58 años. Barriga enorme que amenazaba con reventar los botones de la camisa azul marino. Calva brillante, dientes amarillos por el café y el cigarro, y esa mirada que siempre se quedaba demasiado tiempo en sus pechos o en su trasero cuando pasaba por el pasillo. Llevaba años observándola. Haciendo comentarios “inocentes” que realmente no lo eran: “Qué bien te queda esa falda, Luna. Te hace ver más mujer que las otras.”

Luna respiró hondo y entró, tratando de armarse de toda la paciencia posible.

La oficina olía a sudor rancio, cigarro frío y un aftershave barato que le daba náuseas. Don Héctor estaba sentado detrás del escritorio, pero se levantó apenas cerró la puerta. El chasquido del seguro al cerrarse le heló la sangre.

—Siéntate, Luna. —Su voz era ronca, cargada de algo que ella conocía demasiado bien.

Ella se quedó de pie, la incomodidad se reflejaba en su rostro.

—¿Para qué me llamó, señor Ramírez?

Él rodeó el escritorio despacio, como un animal que ya sabe que tiene a su presa acorralada. Se paró demasiado cerca. Su aliento olía a café y algo agrio.

—Llevo mucho tiempo viéndote. Eres la que más trabaja aquí. Las buenas ideas siempre salen de tu cabeza, pero los muchachos con título se llevan el ascenso y todos los créditos. Yo puedo cambiar eso.

Luna sintió que la piel se le erizaba, ya se imaginaba para donde iba la cosa.

—No necesito favores, quiero que se me reconozca por mi talento y por nada más.

—Vamos, no seas tonta. —Él sonrió con los dientes sucios—. Eres madre soltera. La vida es cara. El arriendo, el jardín de la niña, la comida… Yo puedo ayudarte. Un ascenso. Más plata en el sueldo. Pero necesito que seas amable conmigo. Solo una vez. O dos. Nadie tiene que enterarse. Y si eres complaciente puedo cambiar tu vida.

Ella dio un paso atrás, mostrándose indignada con dicha propuesta.

—No.

Don Héctor se acercó más. Su mano gorda y húmeda agarró la muñeca de Luna con fuerza.

—Si no eres razonable, te despido. ¿Quién va a contratar a una madre soltera sin título universitario? Eres prescindible, Luna. Pero yo puedo hacer que te quedes… si te portas bien.

Su otra mano bajó hacia la cadera de ella, apretando con posesión. Intentó acercar su cara. El olor a sudor le revolvió el estómago.

Luna sintió asco. Puro, visceral, que le subió por la garganta como bilis.

Con toda la fuerza que tenía acumulada en cinco años de aguantar, de callar, de tragarse el orgullo, levantó la mano libre y le cruzó la cara con una bofetada seca y sonora.

El golpe resonó en la oficina.

Don Héctor se tambaleó hacia atrás, la mejilla izquierda roja como un tomate, los ojos inyectados en sangre de rabia y humillación.

— ¡Perra! —rugió—. ¡Estás despedida! ¡Lárgate ahora mismo o llamo a seguridad y te sacan como la basura que eres!

Luna no lloró. No suplicó. Levantó la barbilla y lo miró directo a los ojos.

—¡Me largo! ¡No estoy dispuesta a aguantar a un viejo asqueroso como usted! Veamos ahora quién va a hacer las campañas.

Salió de la oficina con la espalda recta. Recogió su bolso y la chaqueta del perchero bajo las miradas de los compañeros. Algunos bajaron la vista. Otros fingieron que no pasaba nada.

Bajó las escaleras de la agencia por última vez. El sol de la tarde le golpeó la cara cuando salió a la calle. El corazón le latía tan fuerte que sentía el pulso en las sienes.

Fue directo al jardín infantil. Estrella salió corriendo con su mochila de unicornios y se lanzó a sus brazos.

— ¡Mami! ¿Ya terminaste? ¿Vamos por helado como dijiste?

Luna la abrazó con fuerza, hundiendo la cara en su cabello limpio que olía a shampoo de bebé.

—Sí, mi estrella. Hoy mami tiene la tarde libre. Vamos por el helado que más te guste.

Esa noche, después de bañar a Estrella, contarle dos cuentos y verla dormida con la boquita entreabierta, Luna se quedó sentada en la oscuridad de la cocina. El departamento estaba en silencio. Revisó la cuenta del banco en el celular: le quedaban 87.000 pesos. El arriendo vencía en doce días y para pagarlo necesitaba 520.000 pesos.

Las lágrimas llegaron entonces. Silenciosas. Calientes. Cayendo sobre la mesa, mientras en su mente trataba de encontrar una solución para el problema.

Se secó la cara con rabia y se levantó.

—No —susurró para sí misma—. No voy a romperme. Por ti, Estrella. Voy a encontrar algo mejor. Voy a darte una vida donde nunca tengas que preguntar por un papá que no te quiso.

Se acercó a la ventana y miró las luces de la ciudad que nunca dormía.

En algún lugar de esa misma ciudad, Erick probablemente cenaba en un restaurante caro, sin saber que tenía una hija de cinco años que se llamaba Estrella y que su madre acababa de perder el trabajo por defenderse.

Luna cerró los puños contra el vidrio frío.

—Un día lo vas a saber —murmuró—. Pero no porque yo te ruegue. Porque mi hija merece que sepas exactamente lo que perdiste.

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