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La hija secreta del multimillonario

La hija secreta del multimillonario

julis.escritora · En curso · 109.9k Palabras

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Introducción

Luna Morales solo quería una cosa: contarle a Erick que estaba embarazada de su hija. En lugar de alegría, recibió una de las mayores humillaciones de su vida. El hombre del que se enamoró hasta perder la razón le dijo que todo había sido un juego. Que ella nunca había pertenecido a su mundo.

Cinco años después, Luna es una madre soltera que sobrevive como puede, trabajando sin descanso para darle a su hija Estrella una vida digna. Pero cuando la despiden injustamente y el dueño de su departamento le da una semana para pagar o ser desalojada, Luna se queda sin opciones.

Desesperada, acepta un acuerdo que cambiará su destino para siempre: convertirse en la esposa por contrato de Alejandro, un hombre poderoso, frío y extremadamente rico. A cambio, él le dará estabilidad económica, protección… y un apellido que abre puertas.
Lo que Luna no sabe es que Alejandro guarda un secreto que lo une directamente con el pasado que ella intentó olvidar. Y cuando Erick vuelva a aparecer en su vida, descubriendo que la mujer que una vez despreció ahora lleva el apellido de su familia… la traición, los celos y los secretos saldrán a la luz.

Porque esta vez, la hija que Erick nunca quiso reconocer, podría costarle todo.

Capítulo 1

¡Positivo!

El baño de su diminuto departamento olía a humedad y popurrí. Las baldosas estaban frías bajo los pies descalzos de Luna y el fluorescente parpadeaba como si también estuviera a punto de romperse. Tenía el test de embarazo entre sus manos temblorosas. Lo había comprado esa misma mañana en la farmacia que estaba cerca de la universidad, después de vomitar por segunda vez en la semana y de que su regla no llegara en la fecha correspondiente.

“Que salga negativo… por favor”, susurró, no podía estar embarazada, no en un momento como este, donde estaba a punto de finalizar su carrera como publicista.

Dos minutos después el temporizador del celular sonó, logrando sobresaltar a Luna.

Tomó el test con manos temblorosas, aparecieron dos líneas rosadas, claras, definitivas.

Positivo.

Luna soltó un jadeo ahogado y se dejó caer sentada sobre la tapa del inodoro. Las lágrimas le quemaron los ojos. Sintió miedo, pánico… y algo más. Una ternura salvaje que le apretó el pecho. Un bebé. El bebé de Erick. Un hijo con el hombre del cual se había enamorado y al que se había entregado en cuerpo y alma.

Su mano bajó instintivamente a su vientre plano, porqué a pesar del miedo que pudiera sentir, el amor por Erick y por el bebé que se comenzaba a gestar en su vientre era mucho mayor.

—Mi amor… —murmuró con la voz rota—. Mamá está aquí. Mamá te va a cuidar y ya verás que papi se pondrá feliz cuando le dé la noticia.

El recuerdo la golpeó sin aviso, tan vívido que sintió el olor de su colonia otra vez.

Cuarenta y tres días antes.

El apartamento de Erick olía a algo masculino y a ese aroma tan propio de él. Sándalo, madera pulida y algo oscuro y masculino que se le metía bajo la piel. Luna estaba de espaldas contra la pared del living, con su camiseta dos tallas más grande subida hasta el cuello, mientras las manos grandes de Erick le apretaban las caderas con una posesión que le quitaba el aire.

Sus bocas se devoraban. Lenguas húmedas, calientes, desesperadas. El sabor a whisky y menta de él. Erick le pellizcó un pezón a través del sujetador de encaje y Luna jadeó contra su boca, un jadeo bajito y tímido.

—Erick…

—Dime qué quieres —gruñó él, mordiéndole el labio inferior—. Dilo claro.

—A ti. Solo te quiero a ti.

La levantó como si no pesara nada y la llevó al dormitorio. La cama king size con sábanas negras de seda era otro universo. La desnudó con impaciencia controlada. Besó su cuello, su clavícula, chupó sus senos hasta dejarlos rojos e hinchados. Bajó más. Le bajó los jeans y las bragas de un tirón. El aire acondicionado rozó su coño ya hinchado y brillante.

Erick se arrodilló entre sus piernas abiertas e inhaló profundo.

—Hueles tan jodidamente bien, Luna. Ya estás chorreando por mí.

Su lengua ancha y caliente lamió desde la entrada hasta el clítoris. La chupó con fuerza mientras dos dedos gruesos entraban en ella, curvándose justo donde sabía que la volvía loca. Luna gritó, las manos enredadas en su cabello negro, las caderas moviéndose contra su cara.

— ¡Erick! ¡Me corro…!

Se corrió con fuerza, contrayéndose, mojando su boca y su barbilla. Él bebió de ella con un gruñido bajo.

Se levantó, se bajó los pantalones. Su polla saltó libre, gruesa, venosa, la cabeza brillante con precum. Luna se incorporó, la tomó con las dos manos, la lamió de la base a la punta y se la metió en la boca lo más profundo que pudo. Erick le agarró el pelo y gimió.

—Buena chica… esa boquita caliente me está volviendo loco.

Pero no aguantó mucho. La empujó contra las sábanas, le abrió las piernas de par en par y frotó la cabeza gruesa contra su entrada resbaladiza.

—Eres mía, solo mía —dijo con voz grave, y empujó de un solo golpe, hundiéndose hasta el fondo en su interior.

Luna gritó. Estaba tan llena, tan estirada alrededor de esa polla gruesa. Erick empezó a moverse con embestidas profundas y rítmicas. El sonido húmedo y obsceno de piel contra piel llenaba la habitación, mezclado con sus gemidos y los gruñidos bajos de él.

—Tan apretada… este coño es mío, ¿verdad? Dilo.

— ¡Sí! Tuyo… solo tuyo, Erick… ¡más fuerte!

Él la folló más duro, golpeando ese punto dentro de ella que la hacía ver estrellas. Sus senos rebotaban, el sudor de él goteaba sobre su piel, el olor a sexo y colonia lo impregnaba todo. Luna se corrió otra vez, apretándolo como un puño, uñas clavándose en su espalda ancha y sudorosa.

Erick la volteó sin salir de ella. La puso a cuatro patas, le agarró las caderas con fuerza y tiró de su cabello para arquearla más. Empezó a embestir desde atrás, profundo, brutalmente delicioso. Con una mano le daba nalgadas rítmicas.

— ¡Erick! ¡Otra vez… me voy a correr otra vez!

—Hazlo. Córrete en mi polla, pequeña.

Ella se deshizo con un grito ahogado. Segundos después Erick gruñó su nombre, se enterró hasta el fondo y soltó chorros calientes de semen dentro de ella, llenándola, marcándola por dentro. Se quedó allí un momento, respirando agitado, besando su espalda sudorosa.

Luego se acostó a su lado y la atrajo contra su pecho. La besó en la frente con ternura.

—Eres especial para mí, Luna. Contigo todo es… diferente.

Ella sonrió, exhausta y feliz, sintiendo el calor de su semilla dentro, sin saber que pronto crearía vida.

Presente

De vuelta en el presente, Luna se secó las lágrimas con rabia. No. No se quedaría llorando en el baño. Erick tenía derecho a saber. Iban a tener un hijo. Quizás… quizás todo cambiaría. Él la amaba tanto como ella a él, de seguro se pondría feliz con la noticia.

Se vistió rápido: jeans gastados y rotos en las rodillas, una blusa blanca limpia, el cabello recogido en una cola baja. Tomó el bus que atravesaba la ciudad. Los barrios humildes dieron paso a edificios altos y relucientes. Cada parada la acercaba más al abismo.

Llegó a un edificio de lujo. El portero la reconoció y le abrió la puerta con una sonrisa educada. Subió en el ascensor hasta el piso quince. Llamó a la puerta del 1502.

La puerta se abrió.

Erick estaba frente a ella. Camisa blanca desabotonada hasta la mitad del pecho, marcas rojas de labios en el cuello y en su pecho bronceado. Su cabello negro revuelto. Y detrás, en el sofá de cuero, Isabella. Preciosa, elegante, vestido caro. Luna la observó confundida, tiempo atrás Erick le dijo que era su prima.

Isabella la miró de arriba abajo con una sonrisa pequeña y condescendiente, la burla brillando en sus ojos azules.

Erick frunció el ceño.

—Luna. ¿Qué mierda haces aquí?

—Necesito hablar contigo —dijo ella, su voz salió temblorosa—. Es importante. Necesitamos hablar, a solas.

Él no se apartó de la puerta.

—Isabella y yo estábamos ocupados. No creo que haya nada que hablar. Cualquier cosa que quieras decir puede esperar.

Luna sintió que el suelo se movía bajo sus pies.

—Erick, por favor. Lo nuestro… yo pensé que significaba algo.

Él rio. Una risa corta, fría, cruel. —¿Lo nuestro? Vamos, Luna, sé realista. Tú estudias con beca, trabajas en esa cafetería miserable para pagar tus libros. Yo… mi familia tiene tres empresas y un sin fin de propiedades. ¿De verdad creíste que esto iba a ser algo serio? Eres demasiado ingenua.

Cada palabra era como un cuchillo clavándose en el centro de su pecho.

—Fue un juego. Una apuesta que hice con mis amigos. “A ver hasta dónde llega la pobre diabla con el tipo de dinero”. Y llegaste lejos. Te abrías de piernas cuando yo quería, te corrías gritando mi nombre cada vez que te follaba. Pero se acabó. Isabella no es mi prima, es mi prometida. Mismo mundo. Misma clase. Tú fuiste solo una distracción exótica. Pero para mí no significas nada.

Luna se tambaleó y retrocedió lentamente.

—Pero yo te amo… Tú me dijiste que era diferente.

Erick se encogió de hombros.

—Te dije lo que necesitabas oír para que te corrieras rico. Y funcionó. Ahora vete. No pertenezcas a este mundo. Y si intentas contactarme otra vez, mis abogados se encargarán de darte una buena lección.

Isabella rodeó la cintura de Erick y besó su hombro con total descaro. —Pobrecita. Vuelve a tu realidad, cariño. Entre nosotras no existe punto de comparación.

Luna no pudo responder. El dolor era físico. Dio un paso atrás, giró y corrió hacia el ascensor. Las lágrimas caían sin control por su rostro.

Bajó a la calle. Empezó a llover con fuerza. El agua fría empapó su ropa, pero ella apenas lo sintió. Se detuvo bajo un alero, una mano protectora sobre su vientre aún plano.

Las lágrimas se mezclaban con la lluvia.

—No lloraré, seré fuerte por tí mi bebé —susurró con voz rota pero firme—. Tu mamá está aquí. No necesitas a un padre que no te quiera. No necesitamos a nadie. Solo tú y yo. Y te voy a dar todo el amor que él nunca te dio.

Levantó la mirada hacia el cielo gris. Los ojos hinchados, pero brillantes con una determinación feroz.

El bebé era suyo.

Y nadie se lo iba a quitar.

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