Capítulo 3 Sin más opciones
Sin más opciones
Los dos días siguientes fueron una lenta tortura.
Luna se levantaba antes del amanecer para preparar a Estrella. Le trenzaba el cabello con dedos que ya no temblaban solo de cansancio, sino de pura desesperación. La niña de cinco años hablaba sin parar mientras se ponía los zapatos gastados:
—Mami, ¿hoy me compras el jugo de durazno que me gusta?
—Veremos, mi estrella —respondía Luna con una sonrisa que no le llegaba a los ojos.
Sabía que el jugo de durazno ya no entraba en el presupuesto. Apenas le quedaban dos paquetes de fideos, un poco de arroz y tres huevos. El arriendo vencido pesaba como una losa sobre su cabeza. Lad opciones comenzaban a agotarse y no sabía que más hacer.
Dejó a Estrella en el jardín infantil con un beso largo y caminó hasta la parada del bus. El sol ya apretaba fuerte aunque eran apenas las ocho de la mañana. En el trayecto revisó el celular: tres correos de rechazo automático. “Gracias por su postulación. En esta oportunidad hemos seleccionado a otro candidato.”
Se bajó en el centro y fue caminando bajo el sol hasta la primera agencia que encontró. El aire acondicionado del edificio le dio un alivio momentáneo. La entrevistadora era una mujer de unos cuarenta años, maquillaje perfecto y mirada profesional.
—Su currículum es interesante —dijo hojeando las hojas—. Pero tiene un vacío importante de casi cinco años. ¿Qué hacía en ese período?
—Criar a mi hija —respondió Luna con la voz firme.
La mujer levantó una ceja.
—Entiendo. El tema es que aquí necesitamos disponibilidad total. Horarios extendidos, fines de semana cuando hay campañas grandes… ¿Tiene apoyo familiar sólido?
—Tengo todo bajo control —mintió Luna...
Salió de esa oficina con el estómago vacío y la dignidad hecha trizas.
En la segunda entrevista, un hombre de traje barato la miró de arriba abajo y fue más directo:
—Con un hijo pequeño es complicado. La gente con hijos suele faltar, pedir permisos, tener emergencias. Nosotros buscamos perfiles más… estables.
Luna sintió que algo se rompía dentro de ella.
—Mi hija no es un problema —dijo con voz baja pero cortante—. Es mi motivación.
El hombre sonrió con condescendencia.
—Claro. Le avisaremos si hay novedades.
No le avisarían, eso estaba más que claro.
Caminó casi una hora hasta llegar a la tercera opción porque no quería gastar en otro pasaje. El sol le quemaba la nuca y la cabeza le dolía de hambre. En una esquina se detuvo frente a un carrito de choripanes. El olor a chorizo y mayonesa le revolvió el estómago. Se alejó rápido.
A las tres de la tarde recibió un mensaje de voz de una de las agencias a las que había enviado currículum por internet: "Lamentamos informarle que su perfil no califica para la vacante. Se requiere título profesional completo y experiencia reciente en el rubro."
Luna se sentó en una banca de la plaza, lejos de la gente, y lloró en silencio cinco minutos, sintiéndose tan jodidamente derrotada. Cuando se cansó de sentir lastima de su misma se secó la cara con las mangas de la blusa barata y siguió.
Volvió al departamento a las seis y media. Las piernas le temblaban. Abrió la nevera: dos huevos, un poco de arroz cocido de ayer y una zanahoria. Preparó una tortilla pequeña para Estrella y le dio la mayor parte. Ella solo comió un poco de arroz con zanahoria.
Mientras la niña cenaba, Luna revisó la cuenta del banco en el celular.
Saldo disponible: $47.320.
El arriendo costaba $520.000.
A las siete y veinte llamaron a la puerta, se tensó inmediatamente.
Era el señor López. Traía una carpeta bajo el brazo y el rostro serio. Luna lo hizo pasar. Estrella lo saludó desde el suelo con la boca llena de tortilla.
—Luna —dijo el hombre sentándose en la única silla decente—, vine por el tema del arriendo. Ya van tres días de retraso. ¿Qué pasó? Tu nunca me has quedado mal.
Ella se quedó de pie, entrelazando las manos con fuerza.
—Don López, por favor… me despidieron. El jefe… intentó propasarse conmigo. Lo abofeteé y me echaron. No tengo ahorros. Estoy buscando trabajo todos los días, se le juro.
El señor López miró alrededor del departamento pequeño: las paredes con humedad, los juguetes de Estrella ordenados en una caja de cartón, la cortina rota que apenas filtraba la luz.
—Entiendo que estás sola con la niña —dijo con tono más suave—. Pero yo también tengo deudas. El dividendo del departamento no se paga solo. Si no me das algo esta semana, voy a tener que iniciar el proceso de desalojo. No quiero llegar a eso.
Luna sintió que el piso se movía bajo sus pies. Se arrodilló frente a él sin pensarlo, con la voz quebrada.
—Don López, se lo ruego. Una semana más. Solo una. Estrella necesita comer, necesita cosas… necesita útiles para el jardín, necesita… —Se le quebró la voz—. Por favor. Haré limpieza extra, lo que sea. Le pago doble el próximo mes. Solo… no me quite el techo ahora.
El hombre se removió incómodo. Miró a Estrella, que los observaba con ojos grandes y serios. Suspiró profundamente.
—Una semana —dijo por fin—. Te doy siete días exactos. Si el día ocho no tengo el arriendo completo, voy a tener que pedirte las llaves. Es lo máximo que puedo hacer.
Luna asintió, las lágrimas cayendo por sus pálidas mejillas sin control.
—Gracias. Gracias de verdad.
Cuando el señor López se fue, Luna se quedó sentada en el suelo un largo rato. Estrella se acercó y le limpió la cara con su manita chiquita.
—No llores, mami. Yo te ayudo a buscar monedas en el suelo.
Luna rio y lloró al mismo tiempo, abrazándola con fuerza.
Esa noche, después de bañar a Estrella, contarle dos cuentos y verla dormida con la respiración tranquila, Luna cerró la puerta de la pieza con cuidado y se sentó en la mesa de la cocina.
El departamento estaba en penumbras. Solo la luz del viejo laptop iluminaba su cara. Abrió el refrigerador una vez más: vacío. El estómago le rugía. Se sirvió una taza de té y se sentó frente a la pantalla.
Buscó durante casi dos horas. “Trabajos urgentes en Santiago”, “empleos nocturnos”, “ingresos extras madre soltera”, “freelance desde casa”. Todo era lo mismo: estafas, sueldos de miseria o requisitos imposibles.
Estaba a punto de cerrar todo cuando apareció un anuncio pequeño, casi discreto, entre los resultados:
"Ingresos significativos • Discreción garantizada • Hombres exitosos buscan compañía femenina"
Algo en su interior se revolvió. Vergüenza caliente le subió por el cuello. Casi cerró la pestaña. Pero el número de la cuenta bancaria le quemaba en la mente. Y la carita de Estrella dormida al otro lado de la puerta también.
Hizo clic.
La página se abrió con un diseño elegante y oscuro. Fotos de cenas en restaurantes con vista a la ciudad, copas de vino tinto, hombres maduros de traje impecable y mujeres jóvenes hermosas, sonrientes, bien vestidas. El nombre del sitio: "Arreglos Discretos".
El texto principal era claro y directo:
“Plataforma exclusiva para conexiones mutuamente beneficiosas entre caballeros de alto nivel y mujeres atractivas, inteligentes y discretas. Búsquedas de compañía para cenas, eventos, viajes o momentos agradables. Sin compromiso emocional. Compensación generosa según acuerdo privado entre las partes. Máxima privacidad y discreción.”
Luna sintió que le faltaba el aire.
Se levantó, fue hasta la puerta de la pieza de Estrella y la abrió un poco. La niña dormía de lado, abrazada a su peluche viejo. La luz de la calle le daba en su carita un brillo suave.
“Lo hago por ti —pensó Luna con lágrimas en los ojos—. Haré lo que sea por ti. Aunque me odie después. Aunque me odie yo misma.”
Volvió al laptop. Las manos le temblaban tanto que tardó tres intentos en crear el correo nuevo.
Usuario: SexLuna25
Subió las fotos más "atrevidas" que tenía con el corazón en la garganta. Probó varias. Borró una donde salía muy sonriente porque le parecía falsa. Eligió una selfie donde se veía cansada pero todavía hermosa, y otra de cuerpo entero con un vestido negro sencillo que le quedaba bien. Nada vulgar. Solo ella siendo ella.
En la biografía escribió, borró y volvió a escribir cuatro veces:
“Madre soltera de 25 años, creativa, educada y muy discreta. Busco un arreglo respetuoso y mutuamente beneficioso con un caballero generoso que valore la compañía sincera y sin complicaciones. Discreción absoluta garantizada. Abierta a establecer límites claros desde el principio.”
Las lágrimas le caían sobre el teclado mientras escribía “madre soltera”. Se secó la cara con rabia cuando el recuerdo de Erick se clavó en su mente.
Completó los datos: edad, ciudad, lo que buscaba. “Apoyo económico discreto a cambio de compañía agradable y de calidad. Sin drama.”
Cuando terminó, el cursor parpadeó sobre el botón “Crear perfil y activar”.
Luna se quedó mirando la pantalla largo rato. El estómago le dolía de hambre y de vergüenza.
—Perdóname —susurró al aire, sin saber exactamente a quién se lo decía: a Estrella, a ella misma, o al recuerdo de Erick.
Hizo clic.
El perfil se activó.
Se levantó a servirse otra taza de té. Las piernas le flaqueaban. Se apoyó en el borde de la mesada y respiró hondo varias veces.
Cuando volvió a sentarse, sonó una notificación.
"¡Nuevo mensaje recibido!"
"De: Alejandro V."
"32 años • Empresario • Perfil verificado • Santiago"
Luna abrió el mensaje con dedos fríos.
“Hola Luna.
Vi tu perfil y me llamó la atención tu honestidad al mencionar que eres madre soltera. Eso habla de carácter y responsabilidad. Soy un hombre ocupado que valora la discreción absoluta y la compañía de calidad. No busco complicaciones ni drama. Me gustaría conocerte personalmente para conversar y ver si hay química. ¿Estás disponible para tomar un café esta semana? Sin compromiso de ningún tipo.”
Luna se quedó mirando la pantalla, el reflejo de su propia cara pálida y llorosa en el vidrio negro del monitor.
El primer paso ya estaba dado.
Y el abismo se abría frente a sus pies.
