Capítulo 4 La noche que todo cambió
La noche que todo cambió
El mensaje de Alejandro V. llegó a las once con doce minutos de la mañana. Luna estaba sentada en el borde de la cama, todavía en pijama, con el cabello revuelto y el celular en la mano. Estrella jugaba en el suelo con un conjunto de bloques de madera gastados, canturreando algo sin sentido. El departamento olía a café barato y a humedad de la noche anterior.
Leyó el mensaje tres veces, jamás imaginó que alguien la contactaría tan rápido.
“Hola Luna. Gracias por aceptar el café. Necesito compañía femenina discreta y elegante para un evento corporativo importante el viernes por la noche. Es una cena de gala con inversionistas. Te enviaré el vestido, las joyas y el transporte. Pago generoso por la noche completa. Solo compañía, sin compromisos extra. ¿Te interesa?”
El corazón le dio un vuelco. Se levantó despacio y caminó hasta la cocina para servirse un vaso de agua. El agua estaba tibia. Beberla no le calmó la garganta seca. Miró hacia la pieza donde Estrella seguía jugando, ajena a todo. Cinco días. Solo le quedaban cinco días para conseguir el dinero del arriendo. El señor López había sido claro.
Se sentó otra vez y respondió con dedos fríos:
“Me interesa. Podemos hablar si gustas.”
La respuesta de Alejandro llegó casi de inmediato. Quedaron de verse esa misma tarde a las cinco en un café discreto de Lastarria. Luna se quedó mirando la pantalla mucho rato después de cerrar la conversación. El pecho le pesaba, pero no era solo por vergüenza. Era algo más profundo, como si estuviera a punto de cruzar una puerta que no podría volver a cerrar ni aunque quisiera.
--
A las cuatro y media dejó a Estrella con doña Marta, la vecina del segundo piso. La anciana le dio un beso en la frente a la niña y le dijo a Luna, con esa mirada que lo veía todo:
—Cuidate, mijita. No te dejes llevar por cualquier cosa.
Luna solo asintió. Bajó las escaleras del edificio viejo sintiendo el olor a cigarro y a comida frita que siempre flotaba en el pasillo. El bus la dejó a dos cuadras del café. Caminó con paso rápido, el bolso apretado contra el costado. El viento de la tarde le revolvía el cabello y le traía el olor a lluvia lejana.
El café era pequeño, con mesas de madera oscura y luces cálidas. Alejandro ya estaba sentado junto a la ventana. Se levantó cuando la vio entrar. Era más alto de lo que había imaginado por la foto del perfil. Complexión sólida, hombros anchos, cabello negro con canas en las sienes y una mandíbula marcada. El traje gris oscuro le quedaba como si hubiera nacido en él. Le tendió la mano. La piel de él era seca, cálida, y el apretón firme sin ser agresivo.
—Alejandro Vargas —dijo con voz grave y controlada—. Gracias por venir.
Se sentaron. Él pidió un espresso y ella, un té de menta porque el estómago no le permitía nada más. Mientras el mesero se alejaba, Alejandro sacó un sobre delgado del interior de la chaqueta y lo dejó sobre la mesa.
—El evento es el viernes. Cena de gala en el hotel Marriott. Inversionistas extranjeros y socios del holding. Necesito a alguien que sepa estar, que no haga preguntas y que mantenga la discreción. Te enviaré el vestido y las joyas mañana. El transporte también. La transferencia se hará el mismo viernes, una vez que termine la noche. Es una suma generosa. Suficiente para resolver problemas urgentes, imagino.
Luna miró el sobre sin tocarlo. El olor a su colonia —algo caro, con notas de madera y cítricos— flotaba entre ellos.
—¿Y si… alguien pregunta quién soy? —preguntó en voz baja.
—Dices que eres una consultora externa. Nadie indaga demasiado en ese tipo de eventos. Solo compañía, Luna. Nada más. Si en algún momento te sientes incómoda, me avisas y nos vamos. No hay obligaciones de ningún otro tipo.
Ella asintió. La vergüenza le quemaba la cara, pero el pensamiento de Estrella sin techo era más fuerte. Firmó el documento de confidencialidad que él le extendió. La tinta negra se secó rápido sobre el papel.
Cuando salió del café, el aire frío de la tarde le golpeó la cara. Caminó dos cuadras antes de poder respirar con normalidad.
Al día siguiente, a las once de la mañana, llegó la caja.
Era grande, de cartón negro mate, con una cinta plateada. Luna la abrió en la mesa de la cocina, con Estrella mirando desde la puerta de la pieza.
Dentro, envuelto en papel de seda negro, estaba el vestido. Seda fría y pesada, de un negro profundo que absorbía la luz. Espalda completamente descubierta, escote en V moderado y una falda que caía en pliegues suaves. Debajo, un estuche de terciopelo. Al abrirlo, el collar de diamantes brilló bajo la luz floja del departamento. Aretes a juego. Zapatos de tacón fino, también negros.
Luna pasó los dedos por la tela. Era tan suave que casi no se sentía. El contraste con sus propias ropas gastadas le apretó el pecho. Se quedó mirando el vestido mucho rato, sintiendo el olor a nuevo, a dinero, a algo que no le pertenecía.
Esa noche, después de acostar a Estrella, se lo probó frente al espejo del baño. La luz amarilla del fluorescente no le hacía justicia, pero aun así se reconoció a medias. La mujer del espejo tenía el cuello largo, la espalda desnuda y una expresión que ella misma no sabía interpretar. Se quitó el vestido con cuidado y lo colgó otra vez en la caja, como si pudiera contaminar el resto de su vida.
•••
El viernes por la tarde el departamento olía a avena con leche y a los nervios que la devoraban desde dentro. Luna bañó a Estrella, le contó dos cuentos y la dejó con doña Marta. Cuando regresó, el silencio del departamento le pareció más pesado que nunca. Se duchó con agua tibia, se depiló las piernas con cuidado, se maquilló frente al espejo pequeño. Base ligera, labios de un rojo oscuro, ojos ahumados apenas. El cabello lo recogió en un moño bajo y suelto, dejando algunos mechones caer sobre los hombros.
Cuando se puso el vestido, el frío de la seda le recorrió la piel. El collar pesaba contra la clavícula. Los aretes tiraban suavemente de los lóbulos. Se miró una última vez, ya no era la Luna del departamento con goteras. Era otra.
El auto negro llegó a las ocho en punto. El chofer bajó a abrirle la puerta. Alejandro la esperaba en el asiento trasero. Cuando ella se acomodó a su lado, él la miró de arriba abajo con calma absoluta.
—Te ves exactamente como necesitaba —dijo.
No era un cumplido cálido. Era una evaluación. Luna asintió y cruzó las manos sobre su regazo. El interior del auto olía a cuero y a su colonia. El silencio entre ellos era espeso, pero no incómodo, mientras que él miraba por la ventana, ella miraba sus propias manos, que temblaban ligeramente.
El hotel Marriott se alzaba iluminado como un barco de cristal. Bajaron juntos. Alejandro le ofreció el brazo. Luna lo tomó. La tela del traje era suave bajo sus dedos. Entraron por la puerta principal y el murmullo del salón los envolvió de inmediato: risas contenidas, el tintineo de copas, el olor a perfume caro y a comida elaborada.
Las luces eran cálidas, doradas. Cristales, flores blancas, mesas redondas con manteles impecables. Alejandro la presentó a dos o tres personas. “Consultora externa”, dijo. Ella sonrió, inclinó la cabeza, respondió lo justo. El collar le rozaba la piel cada vez que se movía. El tacón le hacía doler un poco el tobillo, pero no se quejó.
Todo iba según el plan.
Hasta que lo vio.
Estaba al otro lado del salón, junto a la mesa de champán. Más alto de lo que recordaba, o tal vez era el traje negro el que lo hacía parecer más imponente. El cabello un poco más corto, peinado hacia atrás. Conversaba con dos hombres mayores, una copa en la mano, esa sonrisa fácil que ella conocía de memoria. El mismo gesto de levantar una ceja cuando algo le interesaba. El mismo modo de inclinar la cabeza.
Luna sintió que el aire se le detenía en los pulmones.
Cinco años. Cinco años de no verlo. De no oír su voz. De proteger a Estrella de ese nombre. Y ahora estaba ahí, a quince metros de distancia, tan real como el frío del collar contra su piel.
Como si sintiera su mirada, Erick giró la cabeza.
Sus ojos se encontraron.
El tiempo de pronto pareció detenerse.
Primero fue la sorpresa. Luego el reconocimiento lento, casi doloroso. La mirada de él bajó por el vestido, por el collar, por el brazo de Alejandro que seguía enlazado al suyo. Volvió a su cara. La mandíbula se le tensó. Los ojos se le oscurecieron. No era solo sorpresa. Era algo más denso. Confusión. Rabia contenida. Y debajo de todo, una herida antigua que ella no había esperado volver a ver.
Luna sintió que las piernas le fallaban. El salón se volvió demasiado ruidoso, demasiado brillante. El olor a perfume y a comida le revolvió el estómago. Alejandro notó el cambio. Se inclinó ligeramente hacia ella, la voz baja junto a su oído:
—¿Todo bien?
Ella forzó una sonrisa que le dolió en los músculos de la cara.
—Sí. Solo… un poco de calor.
Pero no era calor. Era el pasado atravesándole el pecho como un cuchillo. Erick seguía mirándola. No se movió. No sonrió. Solo la sostuvo con la mirada, como si estuviera midiendo cada segundo que había pasado desde la última vez que se vieron.
Luna apretó el brazo de Alejandro con más fuerza de la necesaria. El diamante del collar le pesaba contra la clavícula. Y por primera vez en cinco años, el secreto que había guardado con tanto cuidado se sintió demasiado grande para su cuerpo.
