Capítulo 5 Apariencias

Apariencias.

No sabía cómo, pero el cuerpo le pesaba como si estuviera hecho de piedra y el collar de diamantes le quemaba la piel cada vez que respiraba. Alejandro la condujo de un grupo a otro con naturalidad, presentándola como “consultora externa”. Ella inclinaba la cabeza, respondía con monosílabos educados y dejaba que él llevara la conversación. Pero su atención no estaba en los inversionistas ni en las risas contenidas. Estaba en la mirada que no la soltaba desde el otro lado del salón.

Erick no se había movido mucho. Seguía cerca de la mesa de champán, copa en mano, conversando con un hombre mayor de traje gris. Sin embargo, cada pocos minutos sus ojos volvían a ella. No era una mirada casual. Era fija, intensa, casi pesada. Como si estuviera tratando de reconstruir los cinco años que los separaban solo con la vista. Luna sentía esa mirada en la nuca, en la espalda desnuda, en la curva del cuello donde el collar descansaba. Cada vez que giraba un poco la cabeza, lo encontraba observándola.

El salón olía a flores blancas, a perfume caro y a carne asada. El tintineo de las copas se mezclaba con el murmullo de conversaciones en inglés y español. Luna bebía solo agua con gas. El frío del vaso le ayudaba a mantener las manos quietas. En un momento, cuando Alejandro se inclinó para escuchar a un inversionista japonés, ella aprovechó para respirar hondo. El aire le entró cortado. El corazón le golpeaba contra las costillas con tanta fuerza que temió que se notara bajo la seda del vestido.

Pasaron cuarenta minutos.

Cincuenta.

Una hora.

Alejandro la guió hacia una mesa más apartada para hablar con un socio. Luna se sentó con elegancia fingida, las piernas cruzadas, la espalda recta. Desde ese ángulo podía ver a Erick con más claridad. Él ya no sonreía. La mandíbula estaba tensa. Conversaba, sí, pero de vez en cuando su mirada cruzaba el salón y se clavaba en ella como un gancho. Luna apartó los ojos. Miró el mantel blanco, las velas, el brillo de su propio collar. Todo le parecía lejano, irreal.

Fue entonces cuando lo vio moverse.

Erick dejó la copa sobre una bandeja y empezó a caminar entre las mesas. No con prisa. Con esa seguridad tranquila que siempre había tenido, como si el mundo debiera abrirse a su paso. Luna sintió que el estómago se le hundía. Quiso levantarse, inventar una excusa, ir al baño… pero Alejandro tenía la mano apoyada en el respaldo de su silla y seguía hablando. No podía escapar.

Erick se detuvo frente a ellos.

—Tío —dijo con voz controlada, aunque Luna notó la tensión debajo—. No sabía que vendrías acompañado esta noche.

Alejandro levantó la vista. Su expresión no cambió. Solo una ceja se arqueó ligeramente.

—Erick. Qué sorpresa. Pensé que estabas en Nueva York hasta el mes que viene.

—Cambié de planes.

La mirada de Erick se deslizó hacia Luna. La sostuvo un segundo más de lo necesario. Luego volvió a su tío.

—¿Me presentas a tu acompañante?

Alejandro hizo un gesto breve.

—Luna. Consultora externa. Luna, este es mi sobrino, Erick.

Luna se puso de pie por cortesía. Las piernas le temblaban. Extendió la mano. Erick la tomó. Su piel estaba caliente, seca. El contacto duró apenas un segundo, pero fue suficiente para que ella sintiera el mismo voltaje de hace cinco años, ahora teñido de algo mucho más oscuro.

—Encantada —dijo ella con voz baja.

—El placer es mío —respondió Erick. Su tono era educado, pero los ojos no. Los ojos la devoraban con una mezcla de incredulidad y algo que se parecía peligrosamente a la rabia.

Alejandro observaba el intercambio en silencio. No parecía notar la tensión… o tal vez sí, y simplemente no le importaba.

Erick no se fue. Se quedó de pie junto a la mesa, la mano en el bolsillo del pantalón, la otra sosteniendo una nueva copa que un mesero le había acercado.

—Tío —dijo después de un momento, con una naturalidad forzada—, ¿de dónde la conoces? No recuerdo haberla visto en ninguno de nuestros eventos.

Alejandro dejó la copa sobre la mesa. Su respuesta fue directa, sin rodeos, como si hablara de un proveedor más.

—La contraté. A través de una página de encuentros discretos. Necesitaba compañía elegante para esta noche y ella cumplía el perfil.

El silencio que siguió fue breve, pero denso.

Luna sintió que la sangre se le helaba. Las palabras de Alejandro cayeron entre los tres como vidrio roto. Erick no dijo nada al principio. Solo la miró. La miró de arriba abajo otra vez, más despacio, como si estuviera recalculando cada detalle: el vestido, el collar, la forma en que estaba sentada junto a su tío. Cuando volvió a hablar, la voz le salió más baja, casi ronca.

—Ya veo.

No agregó nada más. Pero la mirada que le dedicó a Luna fue una herida abierta. Había sorpresa, sí. Había disgusto. Y debajo de todo, una traición que no tenía derecho a sentir, pero que de todos modos estaba ahí, ardiendo.

Alejandro, ajeno o indiferente a la tormenta que acababa de desatar, se levantó.

—Si me disculpan, debo hablar con el señor Yamamoto. Luna, ¿me acompañas?

Ella asintió. Se puso de pie con cuidado, sintiendo que cada movimiento era observado. Al pasar junto a Erick, el brazo de Alejandro otra vez enlazado al suyo, sintió la mirada de él clavársele en la espalda como un cuchillo. No se giró. No podía.

El resto de la velada fue una tortura lenta.

Erick no se acercó otra vez. Pero tampoco dejó de mirarla. Cada vez que Luna se movía por el salón, lo encontraba en algún punto de su campo visual. A veces conversando. A veces solo de pie, copa en mano, observándola con esa intensidad que le robaba el aire. En un momento, cuando Alejandro la presentó a un grupo de socios europeos, Luna sintió que la voz se le quebraba. Tuvo que toser para disimular. El collar le pesaba cada vez más. El vestido, tan hermoso horas antes, ahora le parecía una segunda piel demasiado ajustada, demasiado visible.

A las once y media, Alejandro decidió que era suficiente.

—Nos vamos —le dijo al oído.

Luna asintió con alivio contenido. Caminaron hacia la salida. Justo antes de atravesar las puertas de cristal, no pudo evitar girar la cabeza una última vez.

Erick seguía ahí.

De pie junto a una columna, las manos en los bolsillos, la mirada fija en ella. No sonreía. No hacía ningún gesto. Solo la miraba, como si estuviera grabando cada detalle de esa noche para no olvidarlo jamás.

Luna apartó la vista y salió al aire frío de la noche. El viento le golpeó la cara descubierta. El auto negro ya esperaba. Alejandro le abrió la puerta. Ella se sentó, las manos apretadas sobre el regazo, el corazón todavía desbocado.

Mientras el vehículo se alejaba del hotel, Luna cerró los ojos un segundo. El olor a la colonia de Alejandro llenaba el interior. El collar seguía frío contra su piel. Y en la mente, una sola imagen se repetía una y otra vez: los ojos de Erick, oscuros y furiosos, viéndola del brazo de su tío.

La noche había terminado.

Pero ella sabía, con una certeza helada, que algo mucho más peligroso acababa de comenzar.

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