Capítulo 6 El rostro detrás del mensajero
El rostro detrás del mensajero
La transferencia llegó a las nueve de la mañana del sábado.
Luna se despertó con el sonido de la notificación y, por un segundo, no recordó dónde estaba. Luego la memoria de la noche anterior la golpeó de lleno: el salón iluminado, el collar frío, la mirada de Erick clavada en ella como una acusación. Se sentó en la cama, el corazón todavía acelerado, y abrió la aplicación del banco. El número que aparecía en la pantalla era suficiente para pagar el arriendo, comprar comida para dos semanas y guardar un poco. El alivio fue tan intenso que le temblaron las manos.
Antes del mediodía ya estaba en la oficina del señor López. Le entregó el dinero en efectivo, contado dos veces. El hombre contó los billetes con dedos lentos, asintió y le firmó el recibo.
—Menos mal, Luna. Me alegra que lo hayas solucionado.
Ella solo sonrió con cansancio. Cuando salió a la calle, el sol de mediodía le calentó la cara. Por primera vez en días pudo respirar sin ese peso constante en el pecho.
Por la tarde decidió llevar a Estrella al centro comercial. La niña no cabía en sí de la emoción. Llevaba un vestidito azul que Luna había guardado para una ocasión especial y zapatos blancos que todavía relucían. Caminaron tomadas de la mano entre las luces brillantes, el olor a palomitas y el murmullo constante de gente. Estrella señaló cada tienda de juguetes, pidió probarse gafas de sol de plástico y se rió a carcajadas cuando Luna le compró un helado de vainilla con chispas de colores. Se sentaron en una banca a comerlo. La niña tenía un bigote blanco de helado y los ojos brillantes.
—Mami, ¿podemos venir siempre?
Luna le limpió la boca con una servilleta y le besó la frente.
—No siempre, mi estrella. Pero hoy sí. Hoy podemos.
Durante un rato, el mundo se redujo a eso: la risa de su hija, el frío del helado, el ruido lejano de la fuente del patio de comidas. Por un momento Luna logró no pensar en Erick, ni en Alejandro, ni en el vestido negro que todavía colgaba en el armario como una prueba de lo que había hecho.
Regresaron a casa al atardecer. Estrella se durmió temprano, agotada de tanto caminar y de tanta felicidad. Luna la arropó, le dejó un beso en la mejilla y cerró la puerta de la pieza con cuidado. El departamento quedó en silencio. Solo se oía el zumbido del refrigerador y, a lo lejos, el tráfico de la avenida.
Se sentó en la mesa de la cocina con el laptop viejo. La pantalla iluminó su cara cansada. Entró a la página de arreglos discretos casi sin pensarlo, solo para revisar si había notificaciones. Había una.
Un mensaje nuevo de un usuario verificado.
Abrió la conversación.
El perfil no tenía foto clara, solo una imagen difusa de un traje oscuro. El mensaje era directo, elegante y preciso:
“Busco una dama discreta y elegante para fingir ser mi pareja durante un período de tiempo. Eventos sociales, cenas y algunas apariciones públicas. Pago semanal generoso, depositado cada lunes. No se requiere intimidad de ningún tipo. Solo apariencia convincente y discreción absoluta. Si te interesa, podemos conversar los detalles en persona. Hotel Ritz, suite 1402, mañana a las 19:00. Pregunta por el señor M.”
Luna leyó el mensaje dos veces. Luego una tercera.
El monto que ofrecía era considerablemente más alto que lo que había ganado con Alejandro. Suficiente para no volver a preocuparse por el arriendo durante meses. Suficiente para mudarse a un departamento un poco mejor. Suficiente para que Estrella tuviera cosas que hasta ahora solo había visto en vitrinas.
Cerró los ojos. El recuerdo de la noche anterior regresó con fuerza: la mirada de Erick, la forma en que había apretado la mandíbula al escuchar que ella venía de una página de encuentros. La vergüenza todavía le ardía bajo la piel. Pero también ardía la necesidad. El miedo a volver a quedarse sin nada.
Escribió la respuesta con dedos fríos:
“Me interesa. Estaré allí.”
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Al día siguiente, a las seis y media de la tarde, Luna dejó a Estrella otra vez con doña Marta. Se vistió con el único vestido negro que le quedaba —más sencillo que el de la gala— y se maquilló con cuidado. El taxi la dejó frente al Hotel Ritz. El edificio se alzaba imponente, con puertas de vidrio y personal de uniforme. El lobby olía a mármol frío, a flores blancas y a dinero antiguo. Luna dio su nombre en recepción. La enviaron al ascensor privado del piso catorce.
El corazón le golpeaba con fuerza mientras el ascensor subía. Miró su reflejo en las paredes de acero: una mujer joven, elegante a la fuerza, con los ojos demasiado grandes y la boca tensa. Cuando las puertas se abrieron, caminó por el pasillo silencioso hasta la suite 1402. Tocó la puerta.
Se abrió casi de inmediato.
Y el mundo se detuvo.
Erick estaba de pie en el umbral.
Sin chaqueta, la camisa blanca arremangada hasta los codos, el cabello ligeramente revuelto. La misma cara que había visto dos noches atrás en el salón del Marriott, pero ahora sin la máscara de cortesía social. Solo él. Mirándola con una intensidad que le robó el aire.
Luna sintió que el suelo desaparecía bajo sus pies. La mano todavía estaba levantada, a medio camino de tocar otra vez la puerta. Los ojos se le abrieron. La boca se le entreabrió, pero no salió ningún sonido.
Erick no sonrió. No se sorprendió. Solo la observó en silencio durante un segundo eterno, como si hubiera estado esperando exactamente ese momento.
Luego dio un paso hacia atrás, dejando el camino libre, y habló con voz baja, casi ronca:
—Pasa, Luna.
Ella no se movió.
El pasillo detrás de ella parecía demasiado largo. El ascensor demasiado lejos. El nombre “señor M.” resonaba ahora en su cabeza con un significado cruel. Él la había contactado. Él había escrito ese mensaje. Él la había citado aquí.
Erick esperó. La mirada no se apartó de la suya ni un instante.
Y en ese silencio cargado, Luna comprendió que la noche en el Marriott no había sido el final de nada.
Había sido apenas el comienzo.
