Capítulo 7 La suite 1402

La suite 1402

Luna no entró.

Se quedó paralizada en el umbral, con una mano todavía levantada y el corazón golpeándole la garganta con tanta fuerza que le dolía. Erick no se movió para forzarla. Solo esperó, la puerta abierta, el cuerpo bloqueando parcialmente la vista del interior. La luz cálida de la suite se derramaba sobre él, delineando la camisa blanca arremangada, los antebrazos tensos, la mandíbula apretada.

—Pasa —repitió, más bajo—. O te quedas en el pasillo para que cualquier empleado te vea y empiece a preguntar quién eres.

Esa última frase la empujó. Dio un paso. Luego otro. Cruzó el umbral. La puerta se cerró detrás de ella con un clic suave y definitivo.

El olor la envolvió de inmediato: madera cara, algo cítrico y oscuro, y debajo de todo, él. El mismo aroma que había quedado impregnado en su piel cinco años atrás. La suite era amplia, de tonos grises y negros, con ventanales que daban a la ciudad iluminada. Un sofá de cuero, una mesa baja con una botella de whisky ya abierta, dos vasos. La cama se adivinaba más allá de una puerta entreabierta.

Luna se quedó de pie en el centro de la sala, los brazos pegados al cuerpo, sintiendo cómo el vestido negro se le pegaba a la piel por el sudor frío. Erick caminó hasta la mesa, sirvió dos dedos de whisky en un vaso y se lo bebió de un trago. No le ofreció nada a ella.

—¿Cuánto te pagó mi tío por esa noche? —preguntó sin mirarla.

La voz era ronca, controlada apenas.

Luna tragó saliva. El collar imaginario de diamantes todavía le pesaba en la memoria.

—Eso no te importa.

Él soltó una risa corta, sin humor.

—Me importa desde el momento en que te vi entrar del brazo de él con un vestido que costaba más que lo que ganas en medio año. Me importa desde que supe que te encontró en la misma página de mierda donde yo te busqué después.

Se giró. Los ojos oscuros, brillantes de una rabia contenida que le tensaba todo el cuerpo. Dio un paso hacia ella. Luego otro. Luna retrocedió hasta que la espalda tocó la pared fría.

—¿Creíste que no te iba a reconocer? —continuó, la voz bajando de tono hasta volverse casi un gruñido—. Cinco años y sigues oliendo igual. A jabón barato y a miedo. Y aun así… aun así te pones un vestido de seda y te cuelgas de mi tío como si no me hubieras pertenecido alguna vez.

—Nunca te pertenecí —escupió ella, la voz temblando de furia y de otra cosa que no quería nombrar—. Tú mismo lo dijiste. Fue un juego. Yo era la distracción pobre. La que se abría de piernas fácil.

El golpe de sus propias palabras le dolió en la boca. Erick se quedó inmóvil un segundo. Luego avanzó hasta quedar a escasos centímetros. El calor de su cuerpo le llegó primero. Después el olor. Después la sombra que proyectaba sobre ella.

—Mentí —dijo con crudeza—. Esa noche mentí porque era más fácil. Porque mi padre ya había arreglado el compromiso con Isabella y yo no tenía huevos para romperlo. Te vi llegar con la cara iluminada, lista para decirme algo importante, y preferí destrozarte antes de que me destrozaras tú a mí.

Luna sintió que algo se le rompía dentro del pecho. Las lágrimas le quemaron los ojos, pero no las dejó caer. Apretó los puños.

—¿Y ahora qué? ¿Me citaste aquí para confesarte? ¿Para reírte otra vez? ¿Para ver cómo me hundo?

—Te cité porque desde que te vi con él no puedo pensar en otra cosa —admitió, la voz baja y peligrosa—. Porque la idea de que mi tío te haya tocado, o te haya mirado como te miró esa noche, me pone enfermo. Porque cinco años no bastaron para borrarte. Y porque cuando vi tu perfil en esa página… supe que todavía podía alcanzarte.

Levantó una mano. No la tocó. Solo dejó los dedos suspendidos cerca de su mejilla, lo bastante cerca para que ella sintiera el calor.

—El mensaje era real, Luna. Necesito una mujer que finja ser mi pareja durante unos meses. Eventos, cenas, la fachada perfecta mientras cierro unos negocios delicados. El pago es exactamente el que te ofrecí. Semanal. Generoso. Sin intimidad obligatoria.

Hizo una pausa. La mirada bajó a su boca y volvió a subir.

—Pero yo no soy mi tío. Yo no me voy a conformar con mirarte desde el otro lado de una mesa. Si aceptas… aceptas conmigo. Bajo mis condiciones. Y una de ellas es que dejas de ver a Alejandro. Completamente.

Luna respiraba agitada. El pecho subía y bajaba con fuerza, rozando casi la camisa de él. El miedo y una atracción oscura, indeseada, le revolvían el estómago.

—No tienes derecho a exigir nada —susurró.

—Tengo el dinero que necesitas —respondió él con crudeza—. Y tengo la información que podrías no querer que salga a la luz. Como, por ejemplo… que tienes una hija de cinco años. Una niña que se parece demasiado a mí.

El mundo se detuvo.

Luna sintió que la sangre se le drenaba de la cara. Las piernas le flaquearon. Erick no sonrió. No celebró el golpe. Solo la miró con una intensidad brutal, confirmando que no estaba bluffando.

—¿Cómo…?

—Tengo recursos. Y desde la noche del Marriott no he dejado de investigar. Estrella, ¿verdad? Bonito nombre. Nació siete meses después de que te eché de mi vida. La matemática no miente, Luna.

Ella intentó empujarlo. Las manos contra el pecho firme. Él no se movió ni un centímetro. Solo capturó una de sus muñecas con facilidad, el agarre firme pero no doloroso… todavía.

—Tranquila —dijo contra su oído, la voz baja y áspera—. No voy a hacerle daño. Pero tampoco voy a desaparecer. Tienes dos opciones: aceptas el acuerdo conmigo, bajo mis reglas, y protegemos el secreto juntos… o me niego a seguir callado y mañana mismo empiezo a hacer preguntas incómodas en los lugares correctos.

El aliento de él le rozó la sien. El olor a whisky y a piel limpia la mareó. Luna temblaba de pies a cabeza. El miedo por Estrella era un animal vivo dentro de su pecho. El odio hacia Erick también. Y debajo de todo, esa atracción podrida que nunca había logrado matar del todo.

Él acercó más el rostro. Los labios casi rozándole la comisura de la boca.

—Decide, Luna. Aquí. Ahora. Porque si te vas por esa puerta sin darme una respuesta… no te garantizo lo que haré mañana.

El silencio se estiró, denso, cargado de calor y de amenaza.

Luna abrió la boca para responder—

Y el teléfono de Erick vibró con fuerza sobre la mesa.

Él no apartó la mirada de ella. Ni siquiera parpadeó. Pero la vibración insistente llenó la habitación como un mal presagio.

En la pantalla, visible desde donde Luna estaba, apareció el nombre:

Alejandro Vargas.

Erick sonrió entonces. Una sonrisa lenta, oscura, casi cruel.

—Parece que mi tío también quiere hablar de ti.

No contestó la llamada.

Solo sostuvo a Luna contra la pared con el cuerpo, la muñeca todavía atrapada en su mano, y esperó a que ella hablara…

mientras el teléfono seguía vibrando entre ellos como una bomba a punto de estallar.

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