Capítulo 8 La llamada
La llamada
El teléfono seguía vibrando sobre la mesa de mármol.
Una, dos, tres veces. El nombre de Alejandro Vargas brillaba en la pantalla como una acusación. Erick no apartó la mirada de Luna. Su cuerpo seguía presionándola contra la pared, una mano cerrada alrededor de su muñeca, el calor de su pecho impregnándole la ropa. El olor a whisky y a su colonia cara llenaba el poco espacio que quedaba entre ellos.
—Contesta —susurró Luna, la voz rota—. O déjame ir.
Erick inclinó la cabeza. Una sonrisa lenta, casi cruel, le curvó los labios.
—¿Tienes miedo de lo que diga mi tío si se entera de que estás aquí conmigo?
Antes de que ella pudiera responder, él soltó su muñeca solo para alcanzar el teléfono. Deslizó el dedo por la pantalla y puso la llamada en altavoz. La voz de Alejandro llenó la suite, grave y controlada, pero con un filo de irritación.
—Erick. ¿Dónde estás? Te he estado buscando desde hace una hora.
—En el Ritz —respondió Erick con calma absoluta, sin apartar los ojos de Luna—. Resolviendo un asunto pendiente.
Hubo un silencio breve al otro lado de la línea.
—¿Qué tipo de asunto?
Erick pasó el pulgar por el interior de la muñeca de Luna, justo donde el pulso le latía desbocado. Ella intentó apartar la mano, pero él la sostuvo con firmeza.
—Uno personal. No te preocupes, tío. Mañana hablamos de los números de la fusión.
—No cuelgues —ordenó Alejandro. La voz se había endurecido—. Esa mujer que llevaste el viernes… Luna. Acabo de enterarme de que alguien la contactó a través de la misma plataforma. Si estás haciendo lo que creo que estás haciendo, Erick, te estás metiendo en un problema que no puedes controlar.
Luna sintió que el aire se le escapaba de los pulmones. Erick no parpadeó.
—Ya la controlé —dijo con crudeza—. Ahora cuelga tú.
Cortó la llamada.
El silencio que siguió fue más pesado que cualquier grito. Luna aprovechó el segundo de distracción para empujarlo con ambas manos. Esta vez logró hacerlo retroceder un paso. El pecho le subía y bajaba con fuerza. El vestido negro se le pegaba a la piel por el sudor frío.
—Eres un monstruo —escupió—. Usas a tu propia hija como arma. ¿Qué clase de hombre hace eso?
Erick dejó el teléfono sobre la mesa con un golpe seco. Cuando levantó la vista, ya no había sonrisa. Solo una intensidad oscura que le endurecía toda la cara.
—El tipo de hombre que no vuelve a cometer el mismo error dos veces —respondió—. Hace cinco años te dejé ir porque era un cobarde. Porque preferí el apellido y el dinero de mi padre antes que enfrentar las consecuencias de quererte. No voy a repetirlo.
Dio un paso hacia ella. Luna retrocedió hasta que las piernas le tocaron el borde del sofá de cuero. No tenía más espacio.
—Escúchame bien, porque no lo voy a repetir —continuó él, la voz baja y áspera—. Vas a aceptar el acuerdo. Vas a fingir ser mi pareja durante los próximos tres meses. Vas a aparecer en cada evento que yo diga, con la ropa que yo elija, con la sonrisa que yo necesite. A cambio, te pago lo suficiente para que Estrella no vuelva a pasar un solo día de necesidad. Y me mantengo callado sobre su existencia… por ahora.
Luna sintió un escalofrío recorrerle la espalda.
—¿Y si me niego?
Erick se inclinó hasta que su boca quedó a un centímetro de la de ella. El aliento caliente le rozó los labios.
—Si te niegas, mañana mismo empiezo a hacer las preguntas correctas en los lugares correctos. Abogados. Detectives. Pruebas de ADN. No te quitarei a la niña… todavía. Pero te aseguro que el proceso será largo, público y doloroso. Y tú no tienes el dinero para pelear contra mí.
El miedo le subió por la garganta como bilis. Pensó en Estrella dormida en la cama estrecha del departamento, con el peluche viejo abrazado contra el pecho. Pensó en el señor López, en el refrigerador vacío, en los cinco años de sacrificio que de pronto parecían insuficientes frente a un hombre con ese poder.
—Eres un hijo de puta —susurró, la voz temblando de rabia y de algo más oscuro.
—Lo sé —admitió él sin pestañear—. Pero soy el hijo de puta que puede protegerla… o destruir lo poco que has construido. Tú eliges.
El silencio se estiró. Solo se oía la respiración agitada de Luna y el zumbido lejano de la ciudad a través de los ventanales. Erick no se movió. Esperó. El calor de su cuerpo seguía impregnándola, el olor a whisky y a piel limpia mareándola.
Luna cerró los ojos un segundo. Cuando los abrió, las lágrimas amenazaban con caer, pero las contuvo con rabia.
—Tres meses —dijo al fin, la voz rota—. Solo tres meses. Y no tocas a mi hija. Nunca. Ni siquiera la miras de lejos. ¿Quedó claro?
Erick sostuvo su mirada durante un largo instante. Luego asintió una sola vez.
—Claro como el agua.
Se enderezó. El espacio entre ellos se agrandó de golpe, dejándola fría. Caminó hasta la mesa, abrió un cajón y sacó un sobre negro. Lo dejó sobre el mármol.
—Aquí tienes el primer pago. En efectivo, para que no queden rastros. Mañana a las ocho te recojo. Hay una cena con inversionistas chinos. El vestido ya está encargado. No llegues tarde.
Luna miró el sobre como si pudiera morderla. No lo tocó.
Erick se acercó una última vez. Esta vez no la tocó. Solo se inclinó hasta su oído, la voz baja y peligrosa:
—Y Luna… no intentes hablar con mi tío. Ni una llamada. Ni un mensaje. Si Alejandro se acerca otra vez a ti, me voy a enterar. Y las consecuencias no te van a gustar.
Se apartó. Caminó hasta la puerta y la abrió. El pasillo del hotel se extendía detrás de él, frío e impersonal.
—Puedes irte ahora.
Luna recogió el sobre con manos temblorosas. El papel era grueso, pesado. Cruzó la habitación sin mirarlo. Cuando pasó a su lado, él habló una última vez, casi en un susurro:
—Bienvenida de nuevo a mi vida.
Ella no respondió. Salió al pasillo. Las puertas del ascensor se abrieron de inmediato, como si la hubieran estado esperando. Entró. Apenas se cerraron, las piernas le flaquearon. Se apoyó contra la pared de acero y dejó escapar un temblor completo.
El sobre pesaba en su mano.
El olor de Erick todavía le impregnaba la ropa.
Y en el bolsillo de su vestido, el teléfono vibró con un mensaje nuevo.
Abrió la pantalla con dedos fríos.
Era de un número desconocido.
Solo una frase:
“Ya sé que estuviste con él esta noche. Hablamos mañana. —A.”
Luna sintió que el corazón se le detenía.
El ascensor siguió bajando.
Y ella comprendió, con una claridad helada, que ya no había escapatoria posible.
