Capítulo 5

Durante varias semanas, Caspian regresó a casa a tiempo y cumplió su promesa de cenar con ella.

Hasta que un día se dejó el teléfono en casa.

Veyra lo recogió de la encimera de la cocina. La pantalla se encendió, llena de notificaciones.

No las leyó.

El trayecto hasta la oficina de Caspian duró veinte minutos. Ella nunca había estado allí. Él siempre le decía que era un lugar aburrido y demasiado corporativo, que acabaría detestándolo.

Veyra le había creído.

El edificio era de vidrio y acero. El vestíbulo olía a bergamota.

Estuvo a punto de reírse.

Bergamota. Por supuesto.

Subió al ascensor.

Cuando las puertas se abrieron en la planta ejecutiva, salió y lo vio.

Dorian.

Estaba junto a los ascensores con una tableta en la mano y el cabello oscuro apartado del rostro. Llevaba traje. Parecía más alto, más imponente.

Sus ojos grises encontraron los de Veyra justo antes de que las puertas se cerraran entre ambos.

El estómago le dio un vuelco.

Rogó que no la hubiera reconocido.

Aquella noche había sido otra persona. Una mujer que besaba a desconocidos y se marchaba antes del amanecer. No le había dado su nombre. Tampoco había permitido que le viera bien el rostro a plena luz.

Quizá hubiera estado lo bastante borracho o cansado para que ella no fuera más que un recuerdo borroso.

No tuvo tiempo de asimilar el encuentro. Aún tenía que devolverle el teléfono a Caspian.

Recorrió el pasillo hacia su despacho. Los tacones no hacían ruido sobre la alfombra y su mente seguía atrapada en la súbita aparición del hombre con quien había pasado una noche.

Entonces se detuvo ante la escena que tenía delante.

Caspian estaba dentro.

Su escritorio era enorme, de una madera oscura que parecía carísima. La silla se encontraba girada hacia la ventana.

No estaba solo.

Xiomara permanecía arrodillada frente a él, chupándole la polla erecta.

Sus uñas rojas descansaban sobre los muslos de Caspian. Llevaba el cabello oscuro suelto sobre los hombros. Lo miraba con la misma expresión perezosa y satisfecha que había exhibido en el avión.

Después volvió apenas la cabeza, lo suficiente para distinguir a Veyra al otro lado del cristal.

Y sonrió.

La misma sonrisa de la sala de llegadas.

La que decía: Ya he ganado.

Caspian tenía la cabeza echada hacia atrás y los ojos cerrados.

No vio a Veyra.

No veía nada.

Ella permaneció allí durante tres segundos.

No lloró. No huyó.

Guardó el teléfono de Caspian en el bolsillo del abrigo, sacó el suyo y comenzó a grabar.

Las manos no le temblaron. Se mantuvieron tan firmes que la sorprendieron. Firmes para captar los arañazos rojos que las uñas de Xiomara habían dejado en los muslos de Caspian. Firmes para registrar con claridad la fecha y la hora.

Habían transcurrido seis semanas desde la firma del acuerdo posnupcial.

Ese era el único pensamiento que ocupaba su mente, frío y preciso, como si estuviera comprobando un recibo.

Bajó el teléfono, se dio la vuelta y cerró la puerta con cuidado. Ni siquiera el sonido de sus tacones rompió el silencio de la alfombra.

Veyra se llevó consigo aquella engreída sonrisa de Xiomara mientras abandonaba el edificio. Sin embargo, para cuando llegó al ascensor, ya no la sentía como una amenaza.

Era una prueba.

Se detuvo en la esquina a esperar que cambiara el semáforo. El viento comenzó a soplar. Apretó con más fuerza el teléfono de Caspian, calculando cuándo añadiría aquella grabación al resto de las pruebas y cómo la utilizaría para obligarlo a cumplir la cláusula de los cinco mil millones de dólares.

El semáforo aún no había cambiado cuando oyó un motor acelerando a su espalda.

Se volvió por instinto.

Entonces lo vio con claridad.

El coche no aminoraba.

En cuanto ella se giró, el vehículo dio un volantazo y se dirigió directamente hacia el borde de la acera.

Directamente hacia ella.

No parecía que el conductor hubiera perdido el control.

Parecía que estaba apuntando.

Veyra no tuvo tiempo ni de retroceder.

El coche la golpeó de lado con fuerza suficiente para levantarla del suelo y lanzarla por los aires como una muñeca de trapo.

Su cuerpo se estrelló contra el pavimento.

Primero la cadera.

Después el hombro.

Por último, la nuca.

Oyó un grito y tardó un instante en comprender que había salido de su propia boca.

Su último pensamiento antes de que todo se oscureciera no fue de miedo, sino de confusión.

Aquel coche había tenido espacio de sobra para detenerse.

No lo había hecho.

Después el mundo se desvaneció en una bruma gris y todos los sonidos desaparecieron.

Veyra despertó en la cama de un hospital.

El techo era blanco. Tan blanco que dolía mirarlo. Giró la cabeza y la habitación pareció inclinarse con ella, lenta y nauseabunda, como la cubierta de un barco.

Tenía el tobillo elevado sobre una estructura de almohadas y correas de velcro, envuelto en algo grueso. Su color no parecía normal.

Parpadeó varias veces.

Una enfermera entró en la habitación. Tenía ojos bondadosos y manos cansadas. Le habló de una fractura y de una intervención quirúrgica. Le dijo que había tenido suerte de lesionarse solo el tobillo y no la columna vertebral.

Veyra asintió como si lo entendiera.

No entendía nada.

Después de que la enfermera se marchara, entró un médico joven que hablaba demasiado deprisa. Utilizó palabras como «desplazada», «reducción» y «de seis a ocho semanas».

Veyra firmó un documento.

Entonces, casi como si se tratara de un detalle menor, el médico añadió:

—También está embarazada de unas seis semanas. El feto no parece haber sufrido daños, pero tendremos que vigilar su evolución...

El resto de la frase se desvaneció.

Veyra lo miró. La boca del médico continuaba moviéndose. Veía sus labios formar palabras, pero su cerebro había dejado de interpretarlas.

Solo oía un pitido agudo y constante, como una radio sintonizada en una frecuencia vacía.

Embarazada.

No se acostaba con Caspian desde hacía meses. Desde antes de Navidad. Desde que él había empezado a llegar a casa después de medianoche y a darle la espalda en la cama.

Hizo las cuentas sin proponérselo.

La noche en el bar del hotel.

La habitación de Dorian.

La forma en que él la había tocado, como si estuviera aprendiendo un idioma que deseaba hablar para siempre.

Seis semanas.

Veyra se llevó una mano al vientre. Seguía plano, pero allí dentro había algo.

Una persona.

Un error.

La consecuencia del único acto impulsivo de toda su vida.

El médico continuaba hablando de citas de seguimiento y de no tomar ninguna decisión hasta que la fractura hubiera sanado.

Veyra dejó de escucharlo.

Cuando se quedó sola, permaneció inmóvil, mirando el techo y pensando en sus opciones.

Solo había una.

No podía tener aquel bebé.

No ahora. No de aquella manera.

No tenía dinero. Estaba destrozada. Seguía casada con el hombre que había permitido que su madre muriera. Vivía en una mansión que no era un hogar.

No tenía nada que ofrecerle a un niño salvo su agotamiento y el sabor amargo de la traición.

Abortaría cuando la fractura hubiera sanado y pudiera volver a caminar.

Cerró los ojos y se repitió que era la decisión correcta.


Caspian llegó una hora después.

Irrumpió en la habitación como un hombre en una película. Tenía el cabello revuelto, la camisa fuera del pantalón y los ojos húmedos y enrojecidos.

Parecía exactamente un esposo que acababa de enterarse de que su mujer estaba en el hospital.

Veyra observó su actuación.

Ahora sabía reconocerla.

Vio cómo comprobaba su reflejo en la ventana antes de volverse hacia ella. Cómo ensayaba el temblor de la voz. Cómo caía de rodillas junto a la cama, como si también hubiera practicado aquel gesto.

—Veyra —dijo—. Dios mío. Vine en cuanto me avisaron. La policía dice que el conductor se dio a la fuga. Están buscando el coche. Te juro que encontraré al responsable y haré que pague.

Ella no respondió.

Caspian le tomó la mano y Veyra se lo permitió. Estaba demasiado cansada para apartarla.

—Tenía tanto miedo... —La voz se le quebró en el momento perfecto—. Cuando llamaron del hospital, pensé... Pensé que iba a perderte.

Casi lo hiciste, pensó ella. Pero no de la forma que tú crees.

Contempló su rostro: los ojos rojos, las mejillas mojadas y la boca temblorosa, como si estuviera luchando por contener un sollozo.

Entonces recordó lo que había visto al otro lado de la puerta de cristal.

Xiomara de rodillas, con la boca alrededor de la polla endurecida de Caspian. Las uñas rojas sobre sus muslos. La sonrisa de Xiomara cuando descubrió que Veyra los observaba.

—Estabas con ella —dijo.

Caspian se quedó inmóvil.

—Cuando me atropellaron, tenías la polla metida en la boca de Xiomara.

La mano de él se cerró sobre la suya con excesiva fuerza.

—Veyra, eso no es... No fue...

—No me mientas. —Su voz carecía de emoción—. Te vi a través del cristal. Fui a llevarte el teléfono y te encontré con ella.

Caspian le soltó la mano, se levantó y caminó hasta la ventana. Permaneció de espaldas a Veyra, con los hombros subiendo y bajando demasiado deprisa.

Cuando se volvió, su rostro había cambiado.

La actuación había desaparecido.

Lo que quedaba debajo era más mezquino, más cruel y más desesperado.

—Lo intenté —dijo—. Intenté mantenerme alejado de ella. Pero tú no me tocabas. Dormías todas las noches en la habitación de invitados. Te estremecías cada vez que me acercaba. ¿Qué se suponía que debía hacer?

Veyra lo miró sin dar crédito.

—Soy un hombre. Tengo necesidades. Y tú... Tú me hacías sentir como un monstruo, como si todo lo que hiciera estuviera mal. Sí, volví con ella. Porque al menos Xiomara me miraba como si no fuera basura.

—Me dijiste que habías roto con ella.

—Mentí —admitió sin titubear ni mostrar vergüenza—. Mentí porque sabía que te marcharías si te contaba la verdad. Y no podía... No puedo perderte. Por eso mentí.

Algo se resquebrajó dentro de Veyra.

No era su corazón, sino algo más pequeño y frágil: el último pedazo de sí misma que aún deseaba creer que Caspian podía cambiar.

—Si no hubieras seguido rechazándome —continuó él, elevando la voz—, yo no habría tenido que sufrir así. Xiomara nunca habría tenido una oportunidad. Esto también es culpa tuya, Veyra. Tú me apartaste.

Ella se rio.

No fue una risa alegre. Fue un sonido seco y quebrado que le arañó la garganta.

—Yo te aparté —repitió—. Te aparté porque dejaste morir a mi madre. Porque gastaste dieciocho millones de dólares en otra mujer mientras yo cenaba cereales. Porque me miraste a los ojos y me dijiste que ahorrábamos para nuestro futuro mientras le comprabas anillos de diamantes a tu amante.

Caspian abrió la boca.

—No —lo cortó ella—. No digas que fue un error. No me digas que estabas borracho.

Él volvió a cerrarla.

Veyra contempló al hombre con quien se había casado. Al hombre al que había amado. Al hombre que había destruido su vida pieza a pieza para después culparla por no mantener unidos los fragmentos.

—Quiero el divorcio.

Caspian se quedó completamente inmóvil.

—Y quiero los cinco mil millones de dólares establecidos en nuestro acuerdo. Me engañaste y tengo pruebas. Dame lo que me debes. Me marcharé y no volverás a saber de mí.

Él guardó silencio durante unos segundos.

Después se rio.

Fue un sonido frío.

Aquel era el hombre que se ocultaba bajo todas las máscaras.

—¿De verdad crees que puedes sacarme cinco mil millones de dólares? —Negó con la cabeza—. Estás delirando.

—El acuerdo...

—Ese acuerdo no es más que un trozo de papel. —Se acercó a la cama y su sombra cubrió el rostro de Veyra—. ¿Crees que no puedo contratar abogados mejores que los tuyos? ¿Que algún juez te concederá cinco mil millones solo porque te han herido los sentimientos?

—Mi madre murió...

—Tu madre ya se estaba muriendo. —Su voz se volvió cortante e impaciente—. La operación quizá le habría dado un año más. Dos, como mucho. No iba a salvarla. Hablas como si yo hubiera desconectado a una mujer sana, pero ella ya estaba perdida. Solo nos ahorré a los dos las facturas médicas.

Veyra no podía respirar.

Antes de que consiguiera reunir el aire necesario para responder, llamaron a la puerta.

Un agente de policía entró con una libreta abierta en la mano. Miró a Veyra y después a Caspian. Los saludó con una breve y rutinaria inclinación de cabeza.

—Señora Thorne, hemos identificado el vehículo.

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