
La mejor venganza: casarme con su hermano poderoso
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Introducción
La verdad salió a la luz en el lugar más inesperado: un vuelo de Nochevieja, sentada junto a la amante de su marido.
El hombre por quien tanto se había sacrificado llevaba años ocultándole una fortuna millonaria. Su anillo de bodas adornaba ahora la mano de otra mujer, y los quinientos mil dólares que podrían haber salvado a su madre se habían esfumado entre regalos de lujo y caprichos para su amante.
Después de perder al bebé que esperaba y de ver morir a su madre, Veyra comprendió que ya no quedaba nada de aquel matrimonio por lo que valiera la pena luchar.
Nada más salir del aeropuerto, entró en un bar, eligió al desconocido más peligroso del lugar y lo besó. Aquella noche se refugió en sus brazos; al amanecer, desapareció sin decirle siquiera cómo se llamaba.
Para ella, solo había sido una locura de una noche. La forma de ponerle punto final a una vida destrozada.
Pero aquel hombre no era un desconocido cualquiera.
Se llamaba Dorian y era uno de los multimillonarios más poderosos y enigmáticos del mundo de los negocios.
Cuando el marido de Veyra comprendió por fin lo que había perdido, ya era demasiado tarde. Se arrodilló ante ella, le ofreció un acuerdo posnupcial valorado en miles de millones y juró renunciar a todo si aceptaba volver con él.
Veyra, sin embargo, solo pensaba en recuperar lo que le habían arrebatado. Hasta que un extraño accidente automovilístico volvió a poner a Dorian en su camino y le reveló un secreto inesperado:
El hombre con quien había pasado aquella noche era el hermanastro mayor de su exmarido.
Ahora, uno está dispuesto a cualquier cosa para recuperarla y el otro no piensa dejarla escapar.
Lo siento, exmarido infiel… He elegido a tu hermano.
Capítulo 1
Caspian había pasado todas las vacaciones de Año Nuevo haciendo horas extra, así que Veyra Solenne decidió darle una sorpresa. Volaría hasta allí, llamaría a la puerta de su habitación de hotel y vería cómo su rostro cansado se iluminaba con una sonrisa.
Solo quedaban asientos en clase ejecutiva. Aunque le dolió pagar tanto por el boleto, pensó que valdría la pena.
Llevaba un minuto entero sentada, intentando averiguar cómo desplegar la mesita, cuando la mujer que ocupaba el asiento contiguo soltó una risita. Era impecable, hermosa y poseía esa clase de elegancia aburrida que solo el dinero podía comprar.
—¿Nunca habías volado en clase ejecutiva?
Veyra esbozó una sonrisa incómoda.
—Perdona. Seguro que diriges una empresa o algo por el estilo. Tienes ese aire.
—¿Yo? No. —La mujer agitó una mano de manicura perfecta—. Pero mi benefactor sí. Si no viajo en clase ejecutiva, me manda un jet privado.
—Un benefactor —repitió Veyra—. Deben de ser difíciles de encontrar.
—No tanto. —Los labios de la mujer se curvaron—. Soy su subordinada. No paro de cometer errores que le cuestan una fortuna. Él me regaña hasta hacerme llorar y luego...
Sonrió sin necesidad de terminar la frase.
Un leve escalofrío recorrió la espalda de Veyra, aunque no habría sabido explicar por qué.
—Qué curioso —dijo despacio—. Mi esposo también tiene una compañera de trabajo así. Siempre está cometiendo errores.
—¿Estás casada?
Los ojos de la desconocida la recorrieron de arriba abajo, evaluándola.
—De hecho, la esposa de mi benefactor debe de tener más o menos tu edad.
Se examinó las uñas.
—Dice que se cansó de ella hace siglos. Que tocarla le resulta insípido. Mucho menos interesante que verme sacudir el cabello.
A Veyra se le revolvió el estómago con esa oscura certeza que llega antes de comprender su causa.
—Le dije que quería verlo durante las vacaciones —continuó la mujer, satisfecha de sí misma—. Así que le dijo a su esposa que tenía que trabajar.
Fue entonces cuando Veyra reparó en el anillo de su dedo.
Un diamante con exactamente el mismo corte que el de la alianza que ella había perdido el año anterior.
Se quedó inmóvil.
Caspian es un simple empleado, se dijo. Cálmate. Que dos anillos se parezcan no significa nada.
Aun así, no podía apartar la vista de la joya.
—Es una alianza —dijo con una voz que hasta a ella le resultó extraña—. ¿Te casaste con él?
—¿Esto? —La mujer, que se presentó como Xiomara, alzó la mano para admirar cómo la piedra atrapaba la luz de la cabina—. Le exigí que se la quitara a su esposa.
A Veyra se le vaciaron los pulmones.
—No quería causarle problemas, de verdad —continuó Xiomara—. Pero el día de mi cumpleaños tuvo un aborto espontáneo y lo arrastró al hospital. Me tocó pasarlo sola.
Sin darse cuenta, Veyra se llevó una mano al vientre.
El recuerdo regresó entero y helado: el hielo negro en el camino de vuelta del mercado, aquella caída inesperada, tres meses de embarazo y después nada salvo sangre sobre el cemento congelado. Caspian había permanecido junto a su cama durante tres días seguidos, sin dormir. Cuando despertó, su bebé ya no estaba.
Su anillo tampoco.
No pasa nada, le había dicho él con la voz quebrada. Tendremos otro bebé. Te mandaré hacer un anillo nuevo.
No lo hagas, había respondido ella. Están despidiendo gente. Ahorremos ese dinero. Cuando hayas triunfado, podrás comprarme otro.
En aquel momento, creyó que se trataba de un sacrificio pequeño y noble.
No sabía que estaba entregando su propia alianza a una mujer a la que aún no conocía.
—Así que te dio el anillo de su esposa —dijo con cautela.
—Al principio no quería. Dijo que me compraría algo mejor. —Xiomara inclinó la mano y contempló el reflejo de la luz sobre el diamante—. Pero esa vieja se cree superior solo porque es su esposa. Si no la pongo en su sitio, pensará que el mundo le pertenece.
—Cuando una mujer se rebaja tanto —añadió casi con amabilidad—, ya no hay forma de salvarla.
Veyra se aferró al dobladillo de la manga.
—Si gasta tanto dinero en ti, debe de pagarle una fortuna a ella para que guarde silencio.
Xiomara soltó una risa alegre y despreocupada. Se inclinó lo suficiente para que su perfume envolviera a Veyra por completo.
—Ahí está lo gracioso —susurró—. Esa pobre idiota ni siquiera sabe que él dirige una empresa.
—¿Por qué se lo oculta? —preguntó Veyra.
Algo dentro de ella aún esperaba, con una obstinación estúpida, que existiera una explicación que no condujera adonde temía.
—Porque ¿qué sentido tendría decírselo? —Xiomara volvió a exponer las uñas a la luz de la ventanilla—. Ella ya desperdició sus mejores años matándose a trabajar a su lado mientras él lo levantaba todo. Si fueras hombre y por fin hubieras triunfado, ¿seguirías gastando dinero en una esposa que ya está desgastada? Ninguna fortuna puede devolverle la juventud.
Veyra vio su reflejo en la ventanilla: mejillas hundidas, ojeras y diez años de privaciones grabados en la piel.
Antes tenía mejor aspecto.
Antes se parecía a Xiomara.
—Sabes, hermana, todavía te queda algo de belleza —comentó Xiomara, estudiándola con la cálida frialdad de quien valora ganado—. Unos retoques estéticos no te vendrían mal. Tu esposo no ha estado muy interesado últimamente, ¿verdad?
Veyra no respondió.
—Mi benefactor me da medio millón al mes solo para mis gastos —añadió Xiomara sin que nadie se lo preguntara—. Los tratamientos estéticos van aparte.
—¿Cuánto tiempo lleva pasando esto? —se obligó a preguntar Veyra.
—Desde el doce de junio del año pasado.
Xiomara volvió a mirarse las uñas, aburrida ya de la conversación.
Veyra apretó la manga hasta que los nudillos se le quedaron blancos.
Doce de junio.
El día en que su madre había necesitado quinientos mil dólares para una operación que nunca llegó a recibir.
Caspian había suplicado ayuda a todos sus conocidos y había regresado con trescientos cincuenta mil.
Es todo lo que tengo, le había dicho entre lágrimas.
Ella le creyó. Consiguió reunir otros ochenta mil por su cuenta, pero aun así vio morir a su madre porque les faltaban setenta mil para pagar el tratamiento.
Lo siento, había sollozado él contra su cabello. No sirvo para nada. Ni siquiera pude salvar a tu madre.
Veyra le había secado las lágrimas en lugar de enjugarse las suyas.
Diste todo lo que tenías. Eso basta. Solo espera un poco más.
Entonces él le apretó la mano como un hombre que se ahogaba y juró que no sufrirían para siempre.
Sin embargo, había tenido los otros ciento cincuenta mil desde el principio.
—Qué curioso —dijo Xiomara, observándola ahora con verdadero interés—. La madre de esa mujer necesitaba exactamente quinientos mil ese mismo mes.
Veyra sostuvo su mirada en absoluto silencio.
Xiomara le guiñó un ojo.
—Él pensaba pagarlo. Al principio.
—Tú te quedaste con el dinero —dijo Veyra—. Para tus gastos.
—Por favor. Tenía mucho más de donde sacar. Yo solo le dije que, una vez muerta su madre, esa mujer se quedaría sin familia y sin ningún lugar adonde ir. Si algún día descubría que me mantenía, no se atrevería a montar una escena. —Xiomara sonrió como una gata satisfecha—. Además, aquel mes quería un artículo de Chanel que, casualmente, costaba quinientos mil.
—¿No tienes miedo de que se entere?
—Soy más lista que eso. —Xiomara se estiró, complacida—. Fue idea mía que él le dijera que había reunido todo cuanto podía y la dejara creer que se lo había dado todo. Estaría demasiado agradecida y se sentiría demasiado culpable por lo que faltaba como para sospechar siquiera que había otra persona detrás.
Como si se tratara de un detalle sin importancia, añadió:
—Lo irritante es que solo aceptó porque así, si algún día nos descubrían, su preciosa esposa no podría abandonarlo. —Resopló—. Algunas mujeres tienen toda la suerte.
Veyra la abofeteó antes de decidir que iba a hacerlo.
—¿Qué demonios te pasa? —chilló Xiomara, llevándose una mano a la mejilla.
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