Capítulo 2 "La Trampa De Olivia"
Capitulo 2
Abro la puerta tan lentamente que mis nudillos duelen por la fuerza que ejerzo sobre la manija.
Meto la cabeza hacia el despacho. Ahí está él. Ese hombre que con su sola presencia impone respeto de inmediato. Al escuchar el crujido de la madera, voltea. Sus ojos cafés claros se fijan en los míos. Sostengo esa mirada profunda por un segundo antes de bajar la cabeza hacia mis pies.
—Señorita, ¿Podría terminar de entrar y ponerle seguro a la puerta?—ordena. Su voz es tan firme que me obliga a levantar la mirada.
Doy un paso al frente. Su mirada baja un segundo, recorriendo mi silueta. En ese trayecto corto, mi mano izquierda busca el dobladillo de la falda para jalarlo hacia abajo, pero la tela está tan pegada a mis muslos que no cede ni un milímetro.
Avanzo incómoda por el eco exagerado de los tacones altos contra el suelo, unos zapatos que apenas logro equilibrar.
Doy dos pasos más y noto cómo él desvía la cara hacia los papeles sobre el escritorio. Aprieta la mandíbula y acomoda su postura en la silla con una rigidez repentina. Está incómodo, pero la tensión en su cuello delata que mi presencia provocó algo más que una simple distracción.
A lo lejos un siseo rompe el silencio. Volteo de reojo hacia el estante de libros superior; un difusor automático acaba de soltar una ráfaga de vapor. Qué extraño. A Olivia le molestan los olores fuertes en los espacios cerrados.
—Usted debe de ser Elena. Soy el comandante Maximiliano Trellis. Enseguida le haré unas breves preguntas, por favor tome asiento —aclara la garganta, fijando sus ojos en mis facciones con una atención meticulosa.
Frunzo el ceño. En ese silencio, las órdenes de Olivia resuenan en mi mente: "Seduce al comandante" Mis labios empiezan a temblar. La expresividad de su mirada me intimida tanto que me resulta incomodo mirarlo a la cara.
—Señorita, le estoy hablando. ¿Cuál es su problema? —pregunta él, parpadeando con una mezcla de fastidio y desconcierto.
—Ah... —muestro una sonrisa que se siente falsa en mis propios pómulos — Eh Sí... continúe —murmuro a la vez que tomo asiento.
Mi voz sale apenas en un hilo.
— ¿Qué hacía con esos niños?
Me muerdo el labio inferior, enterrando las uñas en la tela de la falda. Otra ráfaga del difusor esparce un aroma denso a lavanda que me satura la nariz.
—No lo sé. Aquí no hay niños. Yo soy una especie de conserje y las personas que estudian en este lugar son todas mujeres. No tengo idea de cómo aparecieron esos niños.
Las palabras me salen atropelladas, delatando mi nerviosismo.
Maximiliano me observa fijamente. De pronto, se pasa una mano en el pecho, respira hondo y baja un poco el cierre de su chaqueta. “Te irás a la calle... volverás a la porquería”. La amenaza de Olivia me sacude una y otra vez. El pulso se me dispara. En un movimiento desesperado, cruzo las piernas, lo miro directo a los ojos mientras el aire escasea en mis pulmones.
Él se pone de pie, rodea el escritorio y se apoya contra el borde quedando a escasos centímetros de mí. Se quita la chaqueta de cuero con un movimiento brusco y la suelta directamente sobre mis piernas descubiertas.
Su mirada es juzgadora. Sé que ha descifrado mis intenciones con esta ropa tan reveladora. Él aprieta los puños y desvía la cara con brusquedad. Avergonzada, tomo la prenda de cuero para apretarla contra mi regazo.
—Perdón, señor, yo...
Maximiliano une las cejas, soltando un suspiro ruidoso.
— ¿Cómo fue que llegó al jardín, señorita? Si... —intenta tomar aire con normalidad —Si usted dice que... Maldita sea, ¿Por qué hace tanto calor aquí?
Una gota de sudor me resbala por la cien. Lo tengo tan cerca que mi mente se nubla. Él es tan… Guapo…
Qué horror. ¿Qué estoy pensando?
Me pongo de pie asustada de mis propios pensamientos. La chaqueta de cuero resbala hacia el suelo. Cuando él se endereza ambos quedamos a escasa distancia. Su piel luce enrojecida, inusual, y sus puños cerrados marcan con fuerza las venas en el dorso de sus manos.
El difusor vuelve a soltar otra ráfaga. En ese instante, las piezas encajan en mi cabeza. El aroma... Olivia. Volteo los ojos hacia el estante pero antes de que pueda procesarlo, unas manos grandes y calientes me sujetan firmemente de la cintura, asentándose directo sobre la piel desnuda de mi abdomen.
Doy un brinco por la sorpresa. Maximiliano me mira con los ojos encendidos, cargados de un deseo que no puede ocultar. Abro la boca, buscando apoyo en sus brazos para no caer. Huele delicioso, una mezcla de su propia piel y el calor del ambiente.
Siento que la piel me quema. Es una sensación desconocida que lejos de asustarme, me desarma por completo.
Él aprieta los dientes; un ligero temblor le recorre las facciones mientras sus pupilas se dilatan frente a mí. Quiero hablar, quiero advertirle sobre el difusor, pero sus manos me levantan con un movimiento que me deposita sobre la madera del escritorio, quedando él en medio de mis piernas.
—Maldición, ¿Qué me pasa? —gruñe contra mi rostro.
—Señor, tengo que...
Sus labios se estampan sobre los míos. Es ahí cuando la razón me abandona. Maximiliano busca mi cuello, presionando su cuerpo musculoso contra el mío eliminando cualquier rastro de distancia entre los dos.
A través de mi ropa siento su dureza presionando contra mí. Echo la cabeza hacia atrás cerrando los ojos con fuerza, y entreabro los labios mientras mis dedos se clavan en la firmeza de su espalda.
En cuestión de minutos estamos desnudos. De pronto, un dolor agudo y punzante en mi zona baja me corta el aliento por completo. Es una intensidad que me quema por dentro; por instinto muerdo con fuerza su hombro derecho para contener el grito.
Él se queda quieto al descubrir mi inocencia. Un gruñido sale desde el fondo de su garganta. Me sujeta el rostro con ambas manos para mirarme fijamente. Me siento marcada por él, y aunque el pánico me recorre, el desconcierto me empuja a desear que esto no se acabe nunca.
Busco su boca de nuevo para besarlo con torpeza, pero sus labios ya no responden. Se aparta rompiendo el contacto. Nos quedamos fijos el uno en el otro, envueltos en un silencio asfixiante.
La madera fría del escritorio me cala en la parte posterior de los muslos. Estiro la mano para tocarle la mejilla, pero en cuanto mis dedos rozan su piel, él da un paso hacia atrás.
— ¿Qué carajos hicimos? —su voz sale ahogada, ronca.
Las palabras se me quedan trabadas en la garganta. Lo único que hago es bajar de la madera y tomar mis prendas del suelo para vestirme con rapidez. De pronto, la brusquedad de su mano me sujeta el brazo. Me jala hacia él con fuerza.
—Dime… algo… Elena —exige, mirándome con una ira contenida que le deforma las facciones.
Al borde de las lágrimas hago un gesto con los labios. El remordimiento me carcome. Debí pararlo a tiempo.
—Yo…
Antes de que la confesión salga de mi boca, la perilla de la puerta se sacude desde afuera. Siento cómo los dedos de Maximiliano se entierran con más fuerza en la piel de mi brazo, exigiéndome la verdad mientras el cerrojo continúa moviéndose.
