Capítulo 4 ¿Una Hija?

Capítulo 4 

Aprieto el USB hasta que el plástico cruje en mis dedos. Olivia sostiene la mirada con la cabeza en alto, respirando fuerte por la nariz.

—Te dije que me des el maldito USB. No juegues conmigo, niñita. No te conviene.

Mis labios se quedan secos. Las lágrimas me nublan la vista, pero esta vez no le daré el gusto de verme doblegada.

— ¿Por qué haces esto, Olivia? ¿Por qué me grabaste? —La voz se me rompe —Una madre no hace eso.

Ella suelta una risa seca. Me mira como si fuera basura.

— ¿Mamá? Nunca lo he sido. Solo eres la huérfana que recogí por lástima y ahora te toca pagar. ¡Dame el USB! No lo repetiré.

Siento que el mundo se me viene encima. La mujer que juraba protegerme ya no queda rastro de ella, ahora su verdadera cara esta frente a mí. La decepción me sube por la garganta. Con la manga de mi pijama limpio una lágrima tan fuerte que el tejido raspa mi mejilla.

—Entonces… ¿Nunca viste a una hija en mí?

—Déjate de dramas, Elena.

— ¡Pues no! No te daré nada. Es mi intimidad.

Olivia suspira harta de mi resistencia. Da un paso al frente y  me toma de las manos para clavar sus uñas en mi piel. Aun con todo el dolor que siento sigo aferrándome al USB con las pocas fuerzas que me quedan. Ella golpea mis manos con la vara hasta que me duele tanto que pierdo el agarre. El USB rueda. Me suelto de un tirón y me lanzo de rodillas sobre el suelo. Mis dedos tocan el dispositivo pero ella me jala del cabello. Me giro, clavo mis talones y empujo con todas mis fuerzas. Cuando logro soltarme tomo el USB para caminar hacia la puerta pero Olivia corre para bloquearme el paso. Ambas forcejeamos hasta que la empujo y su cabeza impacta contra las patas de una silla. Se queda ahí, con los ojos cerrados por un segundo hasta que los abre para mirarme con ira.

—En cuanto me levante de aquí te hare saber tu suerte estúpida—dice entre dientes.

Retrocedo con pánico. Mi codo por accidente golpea el interruptor que hay en la pared. Un sonido ensordecedor inunda la habitación; acabo de activar la alarma. Salgo corriendo hacia el jardín en donde me escondo entre las ramas, ahí me quedo temblando por el frio de la noche, hasta que tomo la decisión de saltar la barda. Mis heridas han vuelto sangrar  pero aun así por primera vez me siento realmente libre.

Tres días después.

Llevo horas caminando, buscando trabajo en cualquier lado, pero me rechazan una y otra vez. Detengo mis pasos frente a una cafetería elegante, esta es mi última opción. La empleada me mira con asco y me hace señas de que me vaya. Al darme la vuelta, choco contra alguien al que le derramo el café encima.

—Lo siento, lo siento…—intento limpiar las manchas con la manga de mi blusa.

—Ay por Dios. ¡Te dije que te fueras! —la empleada explota contra mí.

—Tranquila, es mi culpa yo me encargo —dice el chico de ojos azules.

—Su camisa, la he arruinado —le digo, sintiendo un nudo en mi garganta.

—No pasa nada. Creo que no te has dado cuenta pero tu estas más empapada que yo ¿Te quemaste? —Me mira preocupado.

—Soy una tonta, no hago nada bien—exploto con los ojos empañados.

Él me mira desconcertado.

—Oye, tranquila.  Te dije que la culpa es mía. ¿Qué tal si te invito a almorzar y te calmas? Por cierto me llamo Julián.

Él me toma de los brazos para sentarse conmigo en una de las mesas. Pasan los minutos y no he tocado la comida; solo pienso en que no tengo a dónde ir.

—Veo que no tienes hambre —dice él — ¿Qué tal si te tomas tu tiempo? Yo me tengo que ir, tengo muchos pendientes. ¿Qué tal si hablamos luego?  Te dejo mi tarjeta. Llámame—muestra una sonrisa.

Se pone de pie, toma su maletín y, al moverlo, cae un folleto.  Mis ojos brillan en cuanto leo: "Se busca niñera"

— ¿Busca una niñera? Yo puedo serlo.  ¡Por favor! Me urge el trabajo.

—No es para mí, es para mi socio. Es alguien estricto —frunce el ceño analizándome detalladamente.

—No se preocupe entiendo—lo miro apenada.

—Está bien, te debo una. Además se ve que eres noble quizás le caigas bien a mi jefe. Ven,  hay que comprar ropa.

—Pero no tengo dinero—niego con las manos.

—Te dije que te ayudaría. Y no te preocupes cuando cobres el primer cheque recuerda invitarme a comer—me sonríe mientras yo asiento con la cabeza.

Julián me deja frente a una mansión inmensa; al verla me siento completamente abrumada por lo enorme que es. Toco el timbre y al mostrar la tarjeta de Julián, la empleada me hace pasar. Mientras camino por el pasillo del jardín a lo lejos se ve una niña de cabello rubio. Ella está viendo hacia el horizonte; me detengo un segundo, sintiendo una empatía extraña al  ver su soledad.

La empleada detiene sus pasos frente a una puerta la cual toca un par de veces con los nudillos. Ella me hace una seña para que entre. El lugar es frio. En el escritorio hay objetos perfectamente alineados, relojes y hasta un perro recostado en la alfombra que parece vigilarme.

Me quedo parada en medio sin saber qué hacer. La empleada se ha ido dejándome sola ante el silencio de esta oficina.

De pronto la puerta detrás del escritorio se abre. ¡No puede ser! ¿Es… Es Maximiliano? Las piernas me flaquean al reconocerlo. Él se queda con la mano en la manija, sus ojos se oscurecen a la vez que me mira, como si estuviera viendo a su peor enemiga.

Èl tensa la mandíbula. Hunde las manos en los bolsillos y camina hacia mí con pasos marcados. Retrocedo hasta que mi espalda choca contra el borde de un estante de caoba.

Él se detiene a centímetros. Sus pulmones se expanden con fuerza bajo su saco. Apoya una mano sobre el borde del estante justo al lado de mi cabeza, de reojo veo cómo las venas le saltan en el dorso.

—Sí que tienes agallas para venir a mostrar tu cara frente a mí. Elena.

Intento hablar pero la voz no me sale.

—No te cansas de ser la marioneta de esa mujer. ¿Quieres que te haga saber quién soy yo?

Se inclina más. Un olor sutil a tabaco me llega de golpe. Por instinto, presiono mis palmas contra su pecho para frenarlo, pero no se mueve ni un centímetro. Siento el calor de sus músculos completamente firmes.

—Se equivoca. Yo... yo he venido por el trabajo de niñera. Se lo juro.

Maximiliano toma mis muñecas retirando mis manos de su camisa con un gesto brusco. Suelta una carcajada breve cargada de desprecio.

— ¿Qué te hace creer que voy a aceptar que una mujer como tú cuide a mi hija?

Mis ojos se abren por completo. La tensión en mis manos desaparece y me quedo quieta procesando la información.

— ¿Usted... usted tiene una hija?

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