Capítulo 5 "La Mansion De Los Trellis"
Capítulo 5
—Mi vida personal no te interesa — ¿De verdad crees que soy tan ingenuo como para caer otra vez en la misma trampa?
Me sujeta de los brazos. Sus dedos se entierran en mi piel con una presión firme. Un gemido se me escapa al sentir dolor en las heridas que traigo ocultas bajo la tela. Él se queda en silencio mientras escanea mi rostro, su agarre se afloja casi al instante.
—Le ruego que me dé una oportunidad. Por favor — lo veo con suplica.
— ¿Quién te dijo sobre el puesto? Esa información es privada.
—Vengo de parte de Julián.
— ¿Julián? ¿Qué tienes que ver tú con él?
— ¡Nada! Lo conocí por accidente en una cafetería. Por favor, señor, solo deme la oportunidad. ¿Sí?
Resopla, molesto por mi insistencia.
—Ese idiota —murmura molesto —Lárgate antes de que yo mismo te saque—se aleja para ponerse de espaldas.
La frialdad con la que me habla lo confirma. Ya no tiene sentido seguir insistiendo; solo quiero salir de aquí. Doy la media vuelta pero las piernas se me traban. El camino se me vuelve borroso, el suelo se me mueve y caigo al vacío antes de dar un paso más.
Perspectiva de Maximiliano.
Un golpe detrás de mí me hace voltear. La veo ahí tirada en el suelo con la respiración un poco débil. Siento un tirón molesto en el pecho. Me agacho y la sujeto de la cintura. Se ve tan frágil y pálida que estoy dudando si sigue viva. La levanto buscando cualquier señal de reacción.
—Elena, despierta —le ordenó — No creas que tu maldita dulzura me dará lástima. Abre los ojos.
La sacudo, pero su cabeza cuelga. Acerco mi rostro al suyo, sus labios están agrietados y las ojeras bajo sus ojos delatan días sin descanso.
Analizo buscando cualquier rastro de debilidad pero me detengo al ver su cuello. Hay marcas. La curiosidad me gana; con cuidado levanto la tela de su manga hacia arriba y hay más manchas obscuras que se extienden por sus brazos. No hace falta ser un genio para entender que la directora la ha tratado como un animal de carga. Si ella la ha usado de esta manera. Esta chica no es una amenaza, es el cabo suelto que necesito para descubrir lo que sea que este escondiendo Olivia. Si esta chiquilla quiere entrar a mi casa para jugar a la Niñera, se lo permitiré. La mantendré cerca, bajo mi supervisión, asì será la forma más fácil de vigilar sus pasos hasta que se le escape la verdad.
Perspectiva de Elena…
Al día siguiente…
Mis parpados se sienten tan pesados que me cuesta abrir los ojos. Estoy en una cama; las sábanas se sienten demasiado suaves, casi ajenas. Me esfuerzo por sentarme con el pulso latiéndome en las cienes. Antes de hacer cualquier otra cosa, me aseguro de mantener el USB en mis pechos. Luego me tomo un momento para respirar mientras recuerdo lo que paso en aquel despacho.
El sonido de la manija girando me hace voltear. Maximiliano aparece. Al verlo es obvio que sigo en su casa. Él no se mueve de inmediato, se queda ahí, observándome con una calma que me desconcierta, luego camina hacia adentro, se acerca a la silla y se sienta. Mantiene la espalda recta mientras no aparta la vista de mí.
— ¿Qué fue lo que pasó? —mi voz sale rasposa.
Maximiliano ni siquiera parpadea.
—Acepto, Elena —dice.
— ¿De qué habla? No entiendo…
Me quedo en blanco esperando su respuesta, hasta que el rompe el silencio.
— ¿Qué es lo que entiende, Elena? El puesto es suyo. Acepto que cuide a mi hija. Sin embargo le sugiero no traicionar mi confianza.
Una parte de mi sonríe internamente, al fin tengo el trabajo que tanto necesitaba. Aunque ese alivio se apaga al instante cuando lo veo mirarme tan fijamente. Sus últimas palabras no son una sugerencia; son un aviso de que, si doy un paso en falso, no habrá marcha atrás.
Me esfuerzo por mantenerle la mirada, aunque el miedo me quiera hacer retroceder.
— ¿Es enserio? ¿Me dará el puesto?
Maximiliano no se inmuta. Sus ojos parecen buscar alguna fisura, es como si estuviera esperando a que me eche atrás en el último momento.
—Tan en serio, que te diré las tres reglas más importantes. Primera: mi hija es frágil, no puedes regañarla ni cuestionarla, yo mismo la corregiré. Segunda: llevarás un diario con sus actividades. Tercera: te quedarás a dormir aquí. No quiero que andes deambulando en la madrugada, menos cuando escuches música ¿Entendido?
Proceso cada una de esas reglas la cuales me parecen algo extrañas, incluso difíciles de digerir, sobre todo la tercera, esa me ha dejado totalmente desconcertada. Al parecer esto no va a hacer fácil pero estoy dispuesta a enfrentarlo.
Asiento confirmando que he comprendido. Él se levanta, se ajusta el saco y con un movimiento fluido saca una carpeta que llevaba oculta en su interior. Da dos pasos hacia mí y la deposita en mis piernas.
— ¿Supongo que sabes leer? —pregunta.
Lo miro apretando la carpeta contra mí.
—Lo básico —respondo viéndolo fijamente.
—Lee el contrato y fírmalo. En cuanto lo entregues conocerás a Mia.
— ¿Mía? —pregunto, dejándome llevar por la curiosidad.
—Así se llama mi hija.
— Entiendo… ¿Su madre está de acuerdo con que yo sea su niñera? —la pregunta se me escapa antes de poder morderme la lengua.
Al instante se le cae el semblante. El silencio se vuelve tan insoportable que termino por desviar la mirada hacia las sabanas.
—Lo… Lo siento. Creo que no debí preguntar…
—Exacto. No preguntes cosas que no te interesan saber por ahora.
Maximiliano se ajusta la corbata con un movimiento brusco. Sin añadir ninguna palabra más, se da la vuelta y sale de la habitación a paso firme.
El tiempo transcurre lento, quizá ya ha pasado una hora o dos. Por fin he firmado el contrato, siendo asì salgo de la habitación. El pasillo es tan enorme que parece no tener fin, camino durante un momento hasta que al girar en una esquina, me detengo al ver a dos chicas concentradas limpiando un ventanal. Iba a llamarlas para preguntar por Maximiliano pero a poca distancia sus voces me detienen.
—Ya supiste que habrá nueva niñera.
—Veamos cuánto le dura, todas se van. Él debería de conseguir novia y no una niñera.
— ¡Cállate! No ves que él mantiene la esperanza de que su esposa vuelva.
Pestañeo un par de veces procesando lo que acabo de escuchar. Antes de dar un paso, un golpe firme resuena en el suelo. Ambas se quedan petrificadas al ver a Maximiliano salir del corredor lateral; su sola presencia basta para que el trapo de una de ellas caiga al suelo.
—Al parecer tienen demasiado tiempo libre, tanto que lo usan para estar murmurando sobre mi vida privada—sentencia él —Tendré que ajustar la lista para mantenerlas ocupadas hasta la madrugada. ¡Fuera de aquí!
Las chicas no se atreven ni a parpadear toman sus herramientas y se van casi corriendo. Maximiliano gira la cabeza hacia mí, su mirada destila una molestia que no le preocupa ocultar. Sin decir palabra empieza a caminar hacia donde estoy acortando el espacio entre ambos.
— ¿Qué haces escuchando conversaciones ajenas? —me reclama en un tono molesto.
—Yo... lo estaba buscando. Ya tengo el contrato firmado —respondo intentando que mi voz no tiemble.
Le extiendo la carpeta. Maximiliano la toma y cuando lo hace, nuestros dedos rozan. Sus ojos recorren mi rostro con una lentitud analizando cada gesto de mi parte.
—Bien, Elena. Espero que estés consciente de que, al firmar este contrato, eres y serás exclusivamente mía.
